Organizar la Euro y ganarla. Esa pensó Michel D’Hooge, presidente de la Federación Belga de Fútbol en el año 2000, cuando su país albergó el campeonato de selecciones del antiguo continente. Su pretensión era olvidar el pésimo desempeño del Mundial de Francia 1998 cuando no lograron superar la primera fase después de empatar en sus tres presentaciones contra Corea del Sur, Holanda y México. Toda la esperanza recayó sobre los hombros del entrenador Robert Waseige, nombrado meses atrás, quien se esperaba que fuera un aire fresco de renovación. Sin embargo, el proyecto, en esa edición de la Eurocopa, no pudo ser calificado de una forma distinta a un rotundo fracaso.
La victoria por 2 a 1 ante Suecia en el debut y una derrota 2 a 0 frente a Italia obligó al equipo a jugarse la vida en su tercer partido contra Turquía. Aproximadamente, 40 mil personas llenaron las gradas del Estadio Rey Balduino de Bruselas para ver a su selección realizar una penosa actuación que los condenó a la eliminación. Una oscura tarde del guardameta Filip de Wilde y la efectividad de Hakan Sukur fueron determinantes para que Bélgica se despidiera rápidamente del torneo que organizó.
Lo que se proyectó para que fuera un resurgir culminó en la reafirmación de una cultura perdedora a nivel futbolístico. La coyuntura demandaba un cambio drástico, pero el camino a seguir no se percibía con claridad. D’Hooge, ante la oleada de críticas que le caían, decidió contactar a Michel Sablon, modesto ex futbolista de un club local que había hecho parte del cuerpo técnico de Bélgica en las Copas del Mundo de 1986, 1990 y 1994, para que tomara el timón de las selecciones de fútbol en todas sus categorías. Este fue el momento en que la revolución comenzó.
Sablon fue contundente y calificó el juego empleado ante Turquía como rígido y sin variantes. Consideró correcto deshacerse del clásico y poco ambicioso 4-4-2, pero para esto necesitaba encontrar un reemplazo. Quería saber con total certidumbre si existía un dibujo táctico ideal o, por lo menos, uno que sobresaliera por encima del resto. Se empeñó en la consecución de lo que parecía un capricho irrealizable.
Prontamente convocó a las universidades de Lieja, Lovaina, Leuven y Gante para que trazaran un mapa del paisaje futbolístico, con especial énfasis en las divisiones menores. A su vez, trabajó conjuntamente con el profesor Werner Helsen del Departamento de Control de Movimiento y Neuroplasticidad de la Universidad de Leuven para que, mediante el estudio de más de mil horas de vídeos de partidos de fútbol, para descubrir en qué se estaba fallando y encontrar la solución. Sablon admitiría que este paso fue clave.
“Si les mostrábamos a los clubes que las formaciones que utilizaban con los niños y niñas que jugaban en categorías de ocho y nueve años solo les permitía tocar el balón dos veces cada media hora, podíamos decir que algo andaba mal. Teníamos la prueba”, dijo en una entrevista.
Más conclusiones surgieron del estudio. Una de ellas, quizá la más valiosa, fue la misma a la que había llegado Johan Cruyff durante su etapa como director técnico en el F.C Barcelona. El recordado ´Dream Team´ del holandés había hecho del 4-3-3 un baluarte que sirvió como base para que el equipo catalán lo implementara en todas las categorías. Desde los chiquillos que a temprana edad aún daban sus primeros toques a la pelota, hasta Guardiola, Stoichkov y Koeman aprendieron a usar este modelo en cada uno de sus encuentros.
En el caso belga, se perseguía una exploración de la capacidad creativa e individual de los jóvenes. La idea era relativamente sencilla, partiendo de la base de que cada jugador tiene una posición habitual en donde se desenvuelve, había que encontrar la forma de que el jugador se sintiera empoderado y capacitado dentro del sistema táctico. El 4-3-3 era idóneo para este objetivo. Gracias a la distribución de los elementos alrededor del terreno de juego, cada uno gozaba de un espacio de libertad, como si estuviera en una burbuja de su pertenencia, en donde podía discernir qué era lo mejor para la jugada una vez el balón llegara a sus pies.
“Con el 4-4-2 o el 3-5-2, predominantemente se producen corredores y trabajadores” afirma en tono crítico Bob Browaeys. Él dirigió a Bélgica en el Mundial Sub17 del 2015 cuando consiguieron el tercer puesto y ha sido un defensor de las políticas promovidas por Sablon.
Adicionalmente, se persuadió a los diferentes equipos y escuelas de formación para que fomentaran los enfrentamientos 2 vs 2, 5 vs 5 y 8 vs 8 en sus prácticas para cultivar las capacidades de drible y pases diagonales de los futuros futbolistas. Esta condición se puede ver hoy en Hazard, Mertens, De Bruyne y otros.
Al momento de buscar jóvenes promesas y reclutarlos para que hicieran parte de las categorías inferiores, Sablon estableció una lista de criterios indispensables que deberían ser tenidos en cuenta. Mentalidad ganadora, estabilidad emocional, explosividad, visión de juego, personalidad y control del cuerpo y el balón fueron los aspectos que buscarían con lupa los scouts.
De esta búsqueda resultó más de un integrante de Selección Masculina de Bélgica. Por temas generacionales, no todos han coincidido, pero han sido beneficiarios del mismo programa. Los grandes clubes del país como el Brujas, Anderlecht y Standard Lieja han unido esfuerzos con escuelas locales para aumentar el contacto que se tiene con los jugadores.
Incluso el Gobierno se emocionó con la iniciativa y contribuyó con capital. Se eligieron ocho colegios dentro del país para que allí fueran enviados los jóvenes más talentosos entre los 14 y 18 años. Se les proporcionó una mejor capacitación, rodeados de expertos y los mejores equipos, para que su futuro como profesionales del deporte estuviera plenamente asegurado. Se adaptó su currículo académico para que entrenaran cuatro mañanas a la semana, lo que ayudó a una preparación más adecuada y un seguimiento individual extremadamente eficaz.
Fue así como Kevin De Bruyne, Mousa Dembélé, Nacer Chadli, Axel Witzel, Thibaut Courtois, Dries Mertens y Steven Defour, todos jugadores del equipo que está en el Mundial de Rusia, dieron sus primeros pasos.
Esta armonía entre educación y deporte ha sido perfeccionada con el paso de los años por el Anderlecht, un club histórico del fútbol belga y que tuvo entre sus filas a Romelu Lukaku. Las academias construidas para albergar a sus jugadores de las fuerzas básicas manejan unas reglas que exigen buen desempeño tanto en el campo de juego como en las aulas. Jean Kindermans, director de las divisiones inferiores del equipo, hace énfasis en el compromiso que tienen como institución de no solo preparar jóvenes para el fútbol, sino también para que se proyecten como miembros útiles de la sociedad.
“En Anderlecht, todos los días, 220 jóvenes, desde los 6 hasta los 21 años, sueñan con ser futbolistas profesionales. ¿Cuántos cumplen esta meta? Máximo el 10%. Cuando no eres un buen educador, puedes decir que los 200 que no llegan al equipo profesional no son tu problema. Yo digo: ‘Si lo son, son mi problema’. Nuestro deber es mostrarles que, si no llegan a ser profesionales, bien sea por una lesión, falta de confianza, mal desarrollo o una situación familiar, de quedarse en Anderlecht pueden conseguir un diploma de colegio y aumentar sus posibilidades de tener un trabajo, de ser seres humanos con habilidades e intelecto”, asegura.
A pesar del esfuerzo y el alza en el balompié belga, las decisiones de Sablon y compañía fueron severamente atacadas en su momento. En sus inicios, cuando las derrotas se convertían en una constante, los seguidores se cuestionaban las razones por las que se la daba prioridad al estilo de juego por encima del resultado. Las Copas del Mundo de 2006 y 2010 pasarían sin tener a Bélgica entre sus participantes. Luego, el panorama cambiaría.
Ahora, con Roberto Martínez en la dirección técnica y una increíble camada de jugadores, el país sueña con un obtener el trofeo más importante del fútbol. Algo que parecía distante y ridículo antes de Sablon. Otra prueba de que los proyectos a largo plazo si valen la pena.
