OPINIÓN

katherine Andrea Lozano Rojas

Cuando la sensibilidad se convierte en una forma de servicio

En esta columna, una reflexión sobre la sensibilidad como una forma de comprender a los demás, servir, reconocer las emociones y aprender a poner límites sin perder la humanidad ni la fe.
1 de octubre de 2026 a las 9:45 p. m.

En un país donde la dureza suele confundirse con fortaleza, hablar de sensibilidad parece un acto contracorriente. Sin embargo, hay personas, y me incluyo, que han construido su vida desde ese lugar íntimo donde se escucha lo que otros callan. No es un rasgo de carácter; es un don. Un radar emocional que, en mi caso, siempre he sentido como un regalo de Dios.

Servir ha sido mi oficio y mi vocación. Acompañar, orientar, resolver. En cada espacio donde he trabajado, en cada comunidad que he tocado, he encontrado historias que me han marcado. No solo por sus dificultades, sino por la sinceridad con la que algunas personas me han abierto su corazón. Ese gesto, tan escaso en tiempos de prisa, desconfianza y ruido, es algo que valoro profundamente. Me llena de amor y me recuerda que la humanidad sigue viva, incluso en medio de la incertidumbre social que atravesamos.

Sin embargo, la sensibilidad también tiene su contraparte. En el ejercicio de servir, uno aprende a detectar cuando la palabra no coincide con la intención. Cuando la mirada esquiva anuncia una verdad incompleta. Cuando la presencia de alguien trae más sombra que luz. Y, en esos momentos, mi intuición, esa alerta silenciosa que Dios puso en mí, me ha obligado a dar un paso atrás. No por orgullo, sino por protección.

He llorado por los desplantes que no merecía. He sentido el peso de la decepción en espacios donde esperaba cooperación y encontré indiferencia. Pero también, en medio de esas experiencias, he sido testigo de algo que merece ser contado: la generosidad auténtica existe y, cuando aparece, también se transforma.

Cuando Dios teje el camino

En medio de mis experiencias, he conocido personas que han confiado en mí sin reservas. Personas que me han compartido su historia con una honestidad que conmueve. Personas que, lejos de herir, sanan. Por eso, es a ellas a quienes dedico esta columna. Porque, en un país donde la desconfianza parece ser la norma, la sinceridad es un acto de resistencia emocional.

La sensibilidad, lejos de ser una debilidad, es una herramienta social. Permite leer el contexto, anticipar conflictos, comprender el dolor ajeno y construir puentes donde otros solo ven muros. Además, cuando se combina con la fe, se convierte en una forma de servicio que no se agota.

Hoy sigo sirviendo, pero con una mirada más consciente. Más agradecida. Más selectiva. Más humana. Porque cada persona que me ha abierto su corazón ha dejado en mí una huella que atesoro. Y porque Dios, en su manera discreta de actuar, siempre pone en el camino a quienes iluminan, incluso después de que otros hayan intentado apagar.

La sensibilidad no es un lujo. Es una forma de entender el país, de relacionarse con la gente y de construir comunidad. Y es, sobre todo, una manera de amar sin perderse.

katherine Andrea Lozano Rojas, CEO y fundadora Opertrans de Colombia SAS