Durante mucho tiempo entendimos el liderazgo empresarial como la capacidad de alcanzar resultados, por lo que crecer, innovar, competir y cumplir metas fueron —y siguen siendo— algunos de los principales indicadores para evaluar a quienes tienen la responsabilidad de dirigir una organización.
Pero el contexto cambió y con él debería cambiar también nuestra definición de liderazgo. Pues quienes estamos hoy al frente de organizaciones deberíamos hacernos una pregunta con mayor frecuencia: ¿qué estamos protegiendo mientras avanzamos?
Esta no es una preocupación teórica, de hecho, más de 44 billones de dólares del valor económico generado globalmente dependen directamente de la naturaleza, según el Foro Económico Mundial. Esto significa que proteger los recursos naturales no es solamente una responsabilidad ambiental, sino que también es una condición para preservar la actividad económica y la competitividad empresarial.
La relación es cada vez más evidente. Una empresa depende de materias primas, agua, energía, infraestructura, comunidades y cadenas de abastecimiento que, a su vez, dependen de ecosistemas funcionales y de condiciones sociales estables. Cuando alguno de estos elementos se deteriora, el impacto ambiental termina convirtiéndose también en un riesgo económico.
El cambio climático lo demuestra. Una investigación del Foro Económico Mundial estima que las empresas que no se adapten a los riesgos climáticos podrían perder hasta 7 por ciento de sus ganancias anuales para 2035, debido al impacto de fenómenos como el calor extremo y otros eventos climáticos sobre sus activos, operaciones y cadenas de suministro. Ante esta realidad, la sostenibilidad no puede seguir tratándose como una conversación paralela al negocio, debe formar parte de las decisiones que determinan cómo crecemos, cómo producimos y cómo competimos.
Además, la evidencia comienza a cuestionar la idea de que sostenibilidad y rentabilidad son objetivos opuestos. Un análisis de Bain & Company y EcoVadis sobre más de 100.000 empresas encontró una correlación positiva entre las prácticas Ambientales, Sociales y de Gobernanza (ESG por sus siglas en inglés) y variables como el crecimiento de los ingresos y la rentabilidad.
Esto abre una conversación particularmente relevante sobre la economía circular. Mantener los materiales en circulación no solo permite reducir la presión sobre los recursos naturales; también puede crear nuevas industrias, mercados y fuentes de valor. En este aspecto, Accenture estima que los modelos de economía circular podrían generar hasta 4,5 billones de dólares de valor adicional para la economía global hacia 2030.
El desafío, entonces, es cambiar la pregunta. No deberíamos preguntarnos únicamente cómo producir más utilizando menos recursos, sino cómo conseguir que aquello que hoy consideramos un residuo conserve su valor y pueda volver a los ciclos productivos. Pero esta transformación no depende únicamente de las empresas, las expectativas de los consumidores también están cambiando y EY lo confirma, pues encontró que el 43 por ciento está dispuesto a comprar más a compañías que generan beneficios sociales, incluso cuando sus productos cuestan más. Así, la sostenibilidad se está consolidando como un factor que influye en la relación entre las organizaciones y las personas.
Esto es especialmente importante en sectores como la agricultura, la construcción y los alimentos, que generan cerca de 7,9 billones de dólares y dependen críticamente de los ecosistemas, según el Foro Económico Mundial. Su transformación requiere algo que ningún actor puede ofrecer por sí solo: colaboración.
Gobiernos, empresas, consumidores, comunidades y academia tienen responsabilidades diferentes, pero comparten una misma realidad. Liderar también significa reconocer que no tenemos todas las respuestas y tener la capacidad de construirlas con otros. Además, significa pensar más allá del corto plazo.
Las decisiones empresariales suelen evaluarse en ciclos trimestrales o anuales, mientras que transformar cadenas productivas, desarrollar tecnologías o recuperar ecosistemas requiere años. Liderar implica, entonces, responder al presente sin comprometer las posibilidades del futuro y por eso necesitamos ampliar nuestra definición de éxito.
No solamente deberíamos preguntarnos cuánto crecimos, cuánto vendimos o qué tan eficientes fuimos. También deberíamos preguntarnos qué recursos conseguimos preservar, qué impactos logramos reducir, qué capacidades dejamos instaladas y qué oportunidades estamos creando para quienes vendrán después.
Cuidar no significa detenerse, significa avanzar con conciencia. Quizás el liderazgo de las próximas décadas consista precisamente en eso: generar resultados sin consumir las condiciones que permiten que esos resultados existan. Al final, un buen líder no debería ser recordado solamente por lo que consiguió, también por lo que decidió proteger mientras lo conseguía, porque alcanzar resultados demuestra nuestra capacidad para avanzar; pero cuidar lo que importa demuestra que sabemos hacia dónde queremos llegar.
Marcela Velásquez, directora general de Tetra Pak para la región Andina
