Uno de los hombres que mejor describió los paisajes del Caribe colombiano no podía verlos.
Leandro Díaz nació ciego.
Y, sin embargo, pocos compositores consiguieron hacernos imaginar con tanta precisión los ríos, los pájaros, las sabanas, las mujeres y los caminos de esta región.
Alonso Sánchez Baute reconstruye en su novela Leandro una escena que siempre me ha resultado estremecedora. El padre del recién nacido, Abel Rafael Duarte Díaz, descubre que el niño no reacciona ante la luz. Lo entrega entonces a María Ignacia Díaz, Nacha, su madre, y pronuncia tres palabras:
“Tu hijo es ciego”.
No “mi hijo”.
No “nuestro hijo”.
“Tu hijo”.
El análisis de Johnattan Farouk Caballero sobre la novela se detiene precisamente en ese posesivo y lo interpreta como una señal de distanciamiento del padre frente al niño.
Hay algo profundamente humano en esa escena. Antes de que Leandro pudiera decir quién era, otros ya empezaban a decidir lo que podía llegar a ser.
Y allí comienza, quizás, la primera pregunta filosófica de su vida:
¿Somos aquello que somos o aquello que los demás creen que podemos ser?
El niño al que inicialmente miraron desde aquello que le faltaba terminaría desarrollando otras maneras de relacionarse con el mundo.
Su primera escuela fue la naturaleza.
Aprendió a reconocer los cantos de cucaracheros, turpiales, palomas, sinsontes, jilgueros, mirlas y azulejos. El estudio sobre su vida describe cómo esos sonidos fueron convirtiéndose en una suerte de academia natural para quien años después sería uno de los grandes compositores de la música vallenata.
Antes del pentagrama estuvieron los pájaros.
Antes de la teoría estuvo la escucha.
Y antes de la academia estuvo el territorio.
Leandro tampoco veía los colores, pero aprendió a construirlos.
Escuchaba las descripciones de quienes lo rodeaban, memorizaba relaciones entre objetos y tonalidades, y terminaba convirtiendo el color en emoción. En la reconstrucción literaria de Sánchez Baute, el amarillo puede asociarse a las fotografías envejecidas, al pasado y a la nostalgia.
El hombre que no podía mirar una imagen aprendió a fabricarla con palabras.
Por eso, quizás, la pregunta correcta no es cómo pudo un ciego describir tan bellamente el mundo.
La pregunta es otra:
¿Qué significa realmente ver?
Durante siglos, la filosofía ha intentado responder preguntas semejantes. ¿Cómo nos conocemos? ¿Qué permanece cuando todo cambia? ¿Cómo debemos vivir? ¿Por qué sufrimos? ¿Qué significa amar? ¿Qué hacemos frente a la muerte? ¿Existe algo que nos sostiene cuando nuestras propias fuerzas no bastan?
Leandro Díaz no respondió esas preguntas mediante un sistema filosófico.
Las cantó.
Por eso me atrevo a proponer una lectura: Leandro Díaz puede entenderse como un filósofo popular de la experiencia.
No porque sepamos que estudió a Kant, Heráclito, Aristóteles o Kierkegaard. No hay que inventar influencias para engrandecerlo.
Lo interesante es justamente lo contrario.
Desde una geografía, una experiencia y una tradición completamente distintas, Leandro llegó a algunas de las grandes preguntas que han acompañado al pensamiento humano.
Heráclito pensó el cambio.
Leandro escribió:
“Yo comprendo que en este mundo nada es estable”.
La coincidencia no significa influencia.
Significa universalidad.
Heráclito observó el devenir del mundo. Leandro observó cómo cambia el amor, cómo cambia la fortuna, cómo cambian los amigos y cómo cambia la consideración que los demás tienen de nosotros.
Y hay algo revelador en el título de aquella canción:
Yo comprendo.
No “yo sufro”.
No “me ocurrió”.
“Yo comprendo”.
La experiencia se transforma en reflexión.
En otra de sus canciones, Leandro escribe:
“El amor entra de pronto, pero para salir demora”.
¿Es simplemente un verso romántico?
Tal vez.
Pero también contiene una pregunta antiquísima: ¿hasta dónde somos dueños de nuestros sentimientos?
En Libre corazón lleva todavía más lejos el problema de la autonomía:
“Este corazón tan bueno, sencillo, tan noble es mío; no lo alquilo, no se vende, no se presta ni se fía”.
El amor aparece entonces no solo como sentimiento, sino como territorio de libertad, decisión y dignidad.
Leandro también filosofó desde el sufrimiento.
El título Cultivo de penas ya contiene una imagen extraordinaria.
Un hombre formado en el mundo rural utiliza la lógica de la tierra para explicar su interioridad.
La pena se siembra.
Crece.
Se cultiva.
Y eventualmente se cosecha.
Aristóteles utilizó la palabra catarsis para pensar la capacidad del arte de hacernos atravesar emociones intensas. El vallenato ha cumplido muchas veces una función semejante: transformar una experiencia privada en un sentimiento compartido.
Tal vez por eso escuchamos canciones tristes precisamente cuando estamos tristes.
No siempre buscamos que una canción nos quite el dolor.
A veces necesitamos que alguien lo nombre.
Y cuando el oyente piensa “eso también me ocurrió a mí”, la canción deja de pertenecer únicamente al compositor.
El dolor de uno se convierte en lenguaje para muchos.
También está el Leandro que resiste.
En El cardón guajiro se identifica con una planta capaz de sobrevivir al sol y a la sequía:
“Yo soy el cardón guajiro que no lo marchita el sol”.
La naturaleza ya no es decoración.
Es una forma de pensar.
El cardón se convierte en metáfora del ser humano que atraviesa la adversidad sin perder su identidad.
Y después aparece Dios.
Dios no me deja es, para mí, una de las canciones esenciales para comprender su pensamiento.
Leandro no propone un Dios que elimina el sufrimiento. Su intuición es más compleja: cuando siente que va a flaquear, hay algo que no lo deja caer.
La fe no borra la prueba.
Transforma la manera de atravesarla.
Ahí podemos encontrar un diálogo posible con Kierkegaard, que pensó la fe, la angustia y la elección individual.
Nuevamente, no porque Leandro lo haya leído, sino porque dos hombres separados por siglos, lenguas y geografías pueden enfrentarse a una misma pregunta:
¿Qué sostiene al ser humano cuando ya no puede sostenerse solo?
Y finalmente aparece el tiempo.
La muerte.
La memoria.
Leandro escribió canciones en las que se pregunta qué permanece después de nosotros. Esa preocupación alcanza una dimensión especial cuando recordamos que el hombre que temió al olvido terminó convertido en memoria colectiva.
Uno de sus versos entró incluso en la literatura universal: La Diosa Coronada fue utilizada por Gabriel García Márquez como epígrafe de El amor en los tiempos del cólera.
Y está, por supuesto, Matilde Lina.
Allí ocurre algo extraordinario:
“Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”.
El hombre que nunca vio una sabana sonreír hizo que millones de personas pudieran verla.
El estudio sobre la obra de Leandro identifica precisamente Matilde Lina como una culminación de ese proceso creativo en el que se unen naturaleza, pájaros, geografía, lenguaje y emoción.
Quizás allí esté una de las claves.
La filosofía no vive exclusivamente en las bibliotecas.
Un pueblo también piensa a través de sus refranes, sus relatos, sus metáforas, sus canciones.
El vallenato tradicional fue crónica, memoria, conversación y explicación del mundo. Y algunos de sus grandes compositores hicieron algo más: transformaron acontecimientos cotidianos en preguntas universales.
Leandro Díaz no escribió una Crítica de la razón pura.
No escribió una Ética a Nicómaco.
No escribió un tratado sobre la muerte.
Escribió canciones.
Pero en ellas preguntó quiénes somos, cómo conocemos, por qué amamos, por qué sufrimos, qué significa resistir, dónde encontrar esperanza y qué queda de nosotros cuando el tiempo pasa.
Por eso, tal vez, la pregunta inicial estaba mal formulada.
No se trata únicamente de preguntar si un vallenato puede hacer filosofía.
Quizás debamos preguntarnos cuánta filosofía hemos escuchado durante años sin reconocerla como tal.
Porque algunos hombres escriben su filosofía.
Leandro Díaz la cantó.
Julieth Peraza, gestora cultural y directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina
