Nos enseñaron que el amor consiste en encontrar a alguien con quien compartirlo todo. La casa, el dinero, los sueños, los hijos, las rutinas, los secretos, la vida entera. Y quizá ahí empezó uno de los grandes malentendidos del amor contemporáneo: confundimos intimidad con fusión.
Dos conversaciones recientes me hicieron volver sobre esto desde lugares aparentemente opuestos. Esther Perel, una de las terapeutas de pareja más influyentes del mundo, habla del deseo, de la soledad moderna y de esa capacidad misteriosa de seguir viendo al otro como alguien que todavía puede sorprendernos. James Sexton, abogado especializado en divorcios, habla de contratos, patrimonio y de las consecuencias de todo aquello que las parejas prefieren no conversar mientras están enamoradas. Una habla del dormitorio. El otro, de los acuerdos. Y ambos, sin proponérselo, terminan hablando de lo mismo: de libertad.
El deseo necesita espacio. Perel plantea una paradoja incómoda: aquello que nos hace sentir seguros en una relación no siempre es lo que mantiene vivo el deseo. Queremos conocer todo del otro, compartirlo todo, hacerlo todo juntos. Pero cuando la pareja deja de ser dos personas que se encuentran y se convierte en una sola unidad que administra una vida, algo empieza a apagarse. El deseo necesita curiosidad. Necesita cierta distancia. Necesita volver a mirar al otro y pensar: todavía hay algo aquí que no conozco. Algunas relaciones no mueren por falta de amor, sino por exceso de familiaridad. Nos sabemos de memoria. Y cuando dejamos de descubrirnos, dejamos también de imaginarnos.
Perel insiste en algo que en su consultorio ve todos los días: estamos pidiéndole a una sola persona lo que antes pedíamos a una aldea entera. Queremos que sea amante, mejor amigo, socio financiero, terapeuta, compañero de aventuras, madre o padre de nuestros hijos, confidente, familia, hogar y fuente permanente de felicidad. Y después nos sorprende que la relación se sienta pesada. Le pedimos al amor que lo resuelva todo. Pero el amor no debería tener que hacerlo.
Y entonces aparece el otro lado. Sexton llega desde un territorio que casi nadie quiere pisar: el del final. Y trae un dato que desarma cualquier romanticismo. Las parejas que firman acuerdos prenupciales tienden a permanecer casadas más tiempo y a reportar relaciones más satisfactorias que quienes no los firman. Suena contraintuitivo hasta que se entiende el mecanismo: no es el papel lo que protege la relación. Es la conversación que el papel obliga a tener.
Porque para redactar un acuerdo así hay que sentarse a hablar de dinero, deudas, expectativas, de qué pasaría si todo cambia. Hay que nombrar valores, miedos y límites. Hay que ser vulnerable de una manera que la vida cotidiana rara vez exige. Y ese ejercicio, que parece frío, resulta ser una de las formas más honestas de intimidad que existen.
Hablar de patrimonio antes de casarse puede parecer poco romántico. Puede sentirse incluso como una forma de sabotear el amor. Pero quizá sea exactamente lo contrario. Decir en voz alta lo que pasaría si esto termina no es desconfianza: es adultez. Amar a alguien no significa asumir que jamás cambiará. Significa reconocer que las personas cambian, que las circunstancias cambian, y que incluso las historias más bonitas pueden llegar a su final.
Escribo también esto desde otro lugar. Llevo años trabajando en el mundo de los seguros, que es el oficio de conversar con la gente sobre lo que nadie quiere imaginar. He visto lo que ocurre cuando una mujer construye toda su seguridad sobre una estructura que no está a su nombre. He visto la diferencia entre quien conoce sus números y quien delegó esa conversación por amor, por pudor o por costumbre. Y aprendí algo que no se enseña en ningún lado: la autonomía económica de una mujer no es un plan de contingencia contra el desamor. Es la condición que le permite amar sin miedo.
Hay una frase que resume para mí el punto donde Perel y Sexton se encuentran: no quiero que te quedes porque me necesitas, quiero que puedas quedarte porque me eliges. Y para elegir hace falta libertad. Libertad emocional, económica, intelectual, libertad para tener amigos, proyectos, intereses y una identidad que no desaparezca cuando aparece el ‘nosotros’.
Hay algo profundamente romántico en ser independiente. Porque cuando una persona puede sostenerse sola y aun así decide compartir su vida contigo, la relación adquiere otra dimensión. Ya no es sin ti no puedo. Es puedo sola, pero contigo quiero construir. Y esa diferencia transforma también el deseo, porque la libertad que protege nuestra identidad es una de las condiciones que mantiene viva la atracción. Nadie desea profundamente a quien depende de uno para existir. Se desea a quien elige, cada día, quedarse.
Una pareja puede acompañarnos sin completarnos. Puede darnos seguridad sin quitarnos autonomía. Puede conocernos profundamente sin dejar de descubrirnos. Puede construir patrimonio con nosotras sin que nuestra identidad dependa de él. Puede compartir una vida sin convertirse en una sola persona.
Quizá necesitamos un nuevo contrato del amor. No uno jurídico; uno mucho más profundo. Un contrato que diga: te amo, pero no voy a abandonarme para estar contigo. Quiero intimidad, pero también conservar mi individualidad. Quiero compartir mi vida contigo, pero no entregar mi capacidad de decidir sobre ella. Quiero conocerte profundamente, pero no asumir que ya te conozco por completo. Quiero construir contigo, pero también tener claridad sobre lo que estamos construyendo. Quiero seguridad, pero no a costa de mi libertad. Y sobre todo: quiero que nuestra relación sea un lugar al que ambos podamos entrar libremente, no un lugar del que ninguno pueda salir.
Tal vez esa sea una de las grandes preguntas del amor contemporáneo. No solamente con quién quiero pasar mi vida, sino quién quiero seguir siendo mientras la comparto.
Porque amar profundamente y conservarse a una misma no son proyectos opuestos. Son, precisamente, las dos condiciones para que el amor pueda durar.
Natalia Badillo es fundadora y CEO de PotensIA y Agencia de Seguros Abril
