Hay mujeres que empiezan a tejer para ganarse unos pesos y terminan recuperando algo mucho más valioso: la certeza de que todavía tienen mucho por hacer, por aprender y por aportar.
Eso es lo que he aprendido con las mujeres de Hilando a la Rueda Rueda.
Cuando comenzamos este proyecto, hablábamos de tejido, de crochet, de bordados, de productos para la casa y de piezas de moda. Hablábamos de aprender un oficio y, por supuesto, de generar ingresos.
Pero nunca imaginamos todo lo que iba a pasar alrededor de una aguja.
Porque una aguja puede unir una hebra, pero también puede unir personas.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Mujeres que quizás pasaban demasiado tiempo solas encontraron un grupo. Mujeres que habían dejado de creer en sus capacidades volvieron a descubrir que podían aprender. Mujeres que sentían que sus días eran todos iguales encontraron una razón para levantarse y cumplir con algo que dependía de ellas.
Y algunas encontraron algo todavía más profundo: un propósito.
Una de ellas me contó que tejer había significado tanto para ella que había dejado de tomar el medicamento que utilizaba para la depresión.
No quiero convertir esto en una historia de milagros ni mucho menos decir que tejer sustituye un tratamiento médico. No lo hace.
Pero sí quiero hablar de algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos de bienestar: la necesidad humana de sentirse útil, acompañada, valorada y parte de algo.
Eso también alimenta el alma.
Y entonces entendí que estábamos hablando de mucho más que plata.
Porque sí, queremos que ganen dinero.
Queremos que su trabajo sea justamente remunerado.
Queremos que crezcan.
Queremos que sus productos se vendan.
Y hoy podemos celebrar algo enorme: ya estamos en una tienda de cadena.
Pero llegar hasta allí no es solamente haber conseguido un comprador.
Detrás de ese logro hay 2.500 servilletas de tela, cada una terminada con su borde en crochet.
Dos mil quinientas veces una mujer se sentó, tomó una aguja, escogió una hebra y dijo, de alguna manera: yo puedo hacer esto.
Dos mil quinientas veces hubo paciencia.
Dos mil quinientas veces hubo disciplina.
Dos mil quinientas veces hubo trabajo.
Y detrás de cada una hay una historia.
Por eso, cuando me preguntan cuánto han ganado estas mujeres, podría hablar de dinero.
Pero me cuesta quedarme solamente con esa cifra.
Han ganado autoestima.
Han ganado independencia.
Han ganado amigas.
Han ganado disciplina.
Han ganado confianza.
Han ganado un lugar donde sentirse acompañadas.
Han ganado el orgullo de ver algo terminado y poder decir: “Esto lo hice yo.”
Han ganado la posibilidad de enseñar lo que aprendieron.
Y han ganado algo que a veces perdemos incluso teniendo todo: un propósito.
Quizás esa sea una de las grandes conversaciones que tenemos pendientes cuando hablamos de las mujeres.
Durante años nos dijeron que triunfar era ganar más, ocupar un cargo más alto, tener una empresa, producir más, llegar más lejos.
Y todo eso está bien.
Pero hay otra pregunta que deberíamos hacernos:
¿Cuánto ha ganado una mujer cuando vuelve a sentirse importante para sí misma?
Porque hay victorias que no aparecen en una nómina.
No tienen certificado.
No reciben una medalla.
No salen en una fotografía.
Pero cambian una vida.
Como cuando una mujer que llevaba meses sintiéndose triste vuelve a reírse con sus compañeras.
Como cuando una mujer descubre que puede aprender algo nuevo.
Como cuando recibe su primer pago y entiende que aquello que hacía con sus manos también tiene valor.
Como cuando una mujer deja de decir “yo no sé” y empieza a decir “yo puedo”.
Eso es lo que estamos hilando.
No solamente productos.
Estamos hilando oportunidades.
Estamos hilando autoestima.
Estamos hilando comunidad.
Estamos hilando dignidad.
Y ahora que nuestros productos llegaron a las tiendas de cadena D1, quiero celebrar la venta, claro que sí.
Pero quiero celebrar todavía más lo que hubo que construir antes para llegar hasta allí.
Porque 2.500 servilletas pueden ocupar una estantería.
Pero las mujeres que las hicieron ocupan un lugar mucho más grande.
Y esa es, para mí, la verdadera medida del éxito: que una mujer pueda volver a mirarse al espejo y reconocer todo lo que todavía es capaz de hacer.
Lo demás —incluso la plata— viene después.
Puntada a puntada.
Vivi Barguil Bechara, directora de la Fundación A la Rueda Rueda
