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En Monterrey la cumbia y el vallenato están de moda. Conozca el fenómeno de la Kolombia regia

La pasión por estos dos géneros musicales dio vida a este movimiento social que terminó convertido en un símbolo de cultura e identidad regional.

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25 de septiembre de 2026 a las 5:00 p. m.
Un pedacito de Colombia en Monterrey.
Un pedacito de Colombia en Monterrey. Foto: @sabotaje.media

La cumbia es la espina dorsal sonora de nuestro continente. De la psicodelia peruana de Los Destellos y Los Mirlos a la cumbia villera argentina y la tecnocumbia de Selena Quintanilla, este ritmo atraviesa fronteras sobre aires de acordeón y hace bailar el viejo sueño de una América unida.

Nacida del encuentro entre influencias castellanas, indígenas y africanas en la sabana del Caribe colombiano, la cumbia viajó en discos desde los años setenta hasta conquistar geografías lejanas. De América a Japón, Polonia y Australia, la cumbia ha venido tomándose el mundo. No obstante, si la historia de la cumbia se escribe desde el suelo colombiano, otro capítulo transcurre en las calles de colonias populares de la industrial Monterrey, un espacio liminal que han apodado, con cariño, la Kolombia regia, resquicio geográfico reducido en el que los “cholombianos”, regiomontanos enamorados de la música tropical colombiana, han formado una república sonora independiente.

Colombia en Monterrey

Aunque músicos caribeños colombianos como Luis Carlos Meyer y Carmencita Pernet ya se habían instalado en Ciudad de México en los años cincuenta, la cumbia ganó popularidad en la década siguiente gracias a grupos paisas como Los Hispanos, Los Black Stars y Los Graduados, que fusionaron el rock con raíces tropicales, según recordó Jaime Monsalve en un artículo publicado en la antología periodística Cumbia Somos. Sin embargo, la llegada del género, junto con otros ritmos tropicales colombianos al noreste mexicano siguió una trayectoria propia, vinculada a Monterrey.

Es una larga genealogía que ha estudiado Sabotaje Media, colectivo liderado por los hermanos Jorge y Óscar González Balleza que, durante más de una década, se ha encargado de catalogar y recoger los testimonios y materiales que dan razón a la presencia musical colombiana en las zonas populares regiomontanas. “Yo creo que esta historia está todavía inconclusa. La línea del tiempo no está escrita porque creo que van a seguir saliendo más historias”, explicó González Balleza.

La música terminó dando una nueva identidad a los jóvenes de Monterrey, a quienes a principios del milenio los llamaron 'Kolombias'.
La música terminó dando una nueva identidad a los jóvenes de Monterrey, a quienes a principios del milenio los llamaron 'Kolombias'. Foto: @sabotaje.media

No obstante, es posible ofrecer pistas sobre cómo ritmos que dialogan directamente con la tradición costera colombiana, como el vallenato y la cumbia, terminaron dando una identidad propia a los jóvenes del Monterrey de principios de milenio, a quienes llamaron kolombias o cholombianos.

Dentro de este relato, el papel de los sonideros, selectores que llevaban sus equipos y colecciones de discos a bailes callejeros y fiestas particulares, es fundamental. Ellos fueron centrales en la difusión de la música colombiana, dando origen a la cumbia rebajada. Es una historia material en la que la circulación discográfica, prácticas identitarias propias y el acordeón colombiano llevan la batuta.

Nostalgia en la ciudad gris

Monterrey es una ciudad industrial de contrastes, dividida por la barrera geográfica de la Loma Larga. Mientras San Pedro Garza García, una localidad del Área Metropolitana, ostenta el título del municipio con el PIB más alto per cápita de México, las colonias pobladas por migrantes internos sufrían condiciones de pobreza, violencia y un profundo sentido de desarraigo.

Es el caso de La Independencia, una colonia que es el prototipo de muchos otros barrios que van a asentarse en las décadas posteriores. Aquí, la música colombiana echó raíces con particular fuerza y empezó a fraguarse un consumo cultural propio. “A medida que se iba expandiendo la ciudad, te ibas encontrando con otros barrios periféricos que ya empezaban a tener tradición de lo colombiano, de la Kolombia regia”, explicó González Balleza.

Migrantes provenientes de San Luis Potosí, Zacatecas o Hidalgo encontraron en la cumbia y el vallenato colombianos materiales para construir un nuevo sentido de pertenencia. En su trabajo de documentación, los hermanos González Balleza “llegamos a [la conclusión de que las personas que estábamos entrevistando tienen una nostalgia de algo que vivieron más allá de sí mismos. Están poniendo música colombiana porque atienden a una nostalgia de algo que vivieron sus abuelos, que es vivir en la costa, que es vivir en la montaña, que es vivir en la sierra”. Una conexión macondiana, como la ha descrito Toy Selectah, entre una ciudad industrial del norte mexicano y un Caribe que muchos conocieron primero, quizás únicamente, a través de sus discos.

Sonideros, discos de oro y kolombias

A finales de los setenta, los puestos de casetes del Puente del Papa convivían con los sonideros. Por esos circuitos circulaban cumbias, vallenatos, porros y otras músicas colombianas que difícilmente podían escucharse por otros medios. Gabriel Dueñez, originario de Zacatecas, fue uno de esos sonideros y es, casi a sus 80 años, una leyenda viva de la historia tropical de Monterrey.

Después de que su tocadiscos, por exceso de uso, empezaran a reproducir sus vinilos más lentamente y que la gente reunida, a pesar de la extrañeza, no dejara de bailar, Dueñez empezó a ralentizar su colección en su propio estudio casero. Modificando los aparatos a mano, logró que las alegres flautas indígenas de nuestras latitudes se convirtieran en un hechizo espectral que hipnotizaría a bailarines locales, mientras los acordeones de botones se hacían más lentos, cadenciosos, casi hipnóticos.

El disco de oro para los sonidos de Monterrey.
El disco de oro para los sonidos de Monterrey. Foto: @sabotaje.media

La práctica de Dueñez se popularizó y, rápidamente, la alteración de los pitchs y las revoluciones por minuto para hacer el sonido más lento se convirtió en la marca de identidad de toda una ciudad. Fue el azaroso nacimiento de la cumbia rebajada, ritmo de trance que orquesta la movida cholombiana o kolombiana posterior.

Su circulación encontró un punto clave en la Discoteca Popular, un local de Gabino Hernández, que durante los años ochenta abasteció a sonideros y aficionados con música que venía de Colombia. El conocimiento que Hernández tenía de ese público llevó a Peerless a encargarle una selección de éxitos para la serie Disco de Oro. Sonidos de Monterrey, cuyos volúmenes reunieron nombres como Aníbal Velásquez, Lisandro Meza, Pachito Rada y Los Corraleros de Majagual.

La circulación de música colombiana en Monterrey tampoco se limitó a la cumbia. González Balleza recuerda que los compilados de Discos Fuentes convirtieron en “himnos” locales a músicos como Andrés Landero, Aníbal Velásquez o Alfredo Gutiérrez. La industria respondió a ese interés con nuevos lanzamientos y compilados como Pioneros Vallenatos y Tropicales, cuyo primer volumen apareció en 1991, mientras espacios como la Discoteca Popular y los propios sonideros funcionaban como nodos para hacer circular esos discos.

Para los noventa, aquella relación había desbordado la escucha musical. Jóvenes identificados como kolombias, a los que también llamaron cholombianos, hicieron de la cumbia y el vallenato códigos de pertenencia alrededor de los que surgieron pandillas, colectivos y espacios comunitarios como las Casas Colombia, en los que algunos aprendieron incluso a tocar el acordeón.

Primero llegaron los Cumbiamberos, quienes, a través de la dinámica del grafiti, empezaron a llevar letras de cumbias y vallenatos al resto de la ciudad al rayarlas en paredes y autobuses. Como un acto de apropiación simbólica del espacio, la música colombiana dejó de circular únicamente en los barrios para tomarse la plenitud del paisaje urbano.

Así, una identidad que llevaba décadas fraguándose en Monterrey encontró nuevas formas de expresión en los cholombianos o kolombias. “El sonidero pone el vinilo, es lo que hay y eso es lo que se va a escuchar hoy. Ya en el mundo de cumbiamberos, de la pandilla, pues ya hay casetes, ya hay intercambio, ya hay mixtape, ya se habla de la radio, ya va cambiando la capacidad de escuchar la música”, explicó Sabotaje Media.

Sin ubicarse en el espacio específico del sonidero, la cultura de los kolombias, acto subversivo desde la identidad ortográfica, inauguró nuevas formas de habitar la ciudad desde la periferia social.

A pesar de su influencia en la cultura regiomontana durante las dos primeras décadas de los 2000, ser kolombia se criminalizó socialmente. Más allá de los epítetos clasistas, la policía de Monterrey implementó detenciones arbitrarias basadas en la apariencia y era común que las patrullas subieran a los jóvenes y les cortaran las patillas a la fuerza con tijeras o navajas, obligándolos a mimetizarse y cambiar su vestimenta para proteger sus vidas.

Como movimiento callejero masivo, los kolombias o cholombianos ya desaparecieron de las calles de Monterrey, pero su legado musical y cultural sigue vivo. Hoy es extraño ver a jóvenes caminando por el centro con las patillas gigantes con gel o los escapularios tejidos a mano, pero, cada fin de semana, en colonias de los cerros como La Independencia o La Campana, la cumbia rebajada y el vallenato siguen orquestando patios y azoteas. Siempre habrá un pedacito de Colombia en Monterrey.