Desde tiempos inmemoriales, México y Colombia hemos sido pueblos hermanos. Nuestros países han mantenido una cooperación y un intercambio constante en los ámbitos económico, político, social y cultural, pero esta cercanía va mucho más atrás de la creación de nuestras repúblicas. Antes de ser naciones independientes, ya existían entre nuestros pueblos vínculos que hablaban de intercambio, de conocimiento y de una historia compartida.
Solo basta con visitar el Museo Nacional de Antropología e Historia de México para encontrar vestigios que dan cuenta de esa relación. En este emblemático lugar, ubicado en la Ciudad de México, se encuentran en exhibición los atuendos de los antiguos emperadores mexicas, mejor conocidos como aztecas, que lucen incrustaciones de esmeraldas colombianas. Es una imagen que, por sí sola, habla de una relación cultural y comercial que se remonta a tiempos ancestrales y que nos recuerda que nuestros pueblos ya estaban conectados mucho antes de que existieran las fronteras que hoy conocemos.
Colombia fue el primer país que reconoció la independencia de México a través de su presidente Simón Bolívar, el 10 de octubre de 1821, al designar como primer embajador en nuestra recién creada nación a Miguel de Santamaría. El acercamiento formal se consolidó el 3 de octubre de 1823, con la firma del primer tratado internacional del México independiente, conocido como ‘El Tratado de Amistad, Liga y Confederación entre la República de Colombia y la Nación Mexicana’.
Desde entonces, aquella relación que comenzó con un gesto de reconocimiento y amistad se ha fortalecido año tras año en diversos sectores. Hoy, la cultura, la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación; la economía, el comercio y el turismo; la justicia, la seguridad y la defensa, así como la migración, dan cuenta de los múltiples lazos que unen a nuestras sociedades.
Pero nuestra hermandad no se explica únicamente a través de tratados, acuerdos o intercambios comerciales. También vive en aquello que compartimos y que hace parte de nuestra identidad. Está en nuestra gastronomía, en nuestras tradiciones y, de manera especial, en nuestra música. La cumbia es una muestra de ello, una expresión cultural que cruzó fronteras y encontró en México un lugar donde arraigarse, transformarse y seguir contando historias.
También hay que hablar de los colombianos y colombianas ilustres que han vivido en nuestro país y que, con su presencia, han enriquecido la historia y la cultura de toda Latinoamérica. Un ejemplo de ello es el expresidente José María Melo, quien vivió en México y luchó al lado de nuestro prócer más universal, Benito Juárez García, apoyando la consolidación de nuestra independencia en el año de 1854.
Y cómo no mencionar a Gabriel García Márquez, el afamado Nobel de Literatura, quien recibió el galardón en 1982 cuando vivía en México. Su historia es, quizá, una de las expresiones más conocidas de ese vínculo. México fue también hogar para uno de los escritores más importantes de Colombia y, desde allí, su voz alcanzó al mundo entero.
Si quisiéramos hablar mucho más de la relación tan profunda y ancestral que existe entre ambos países, tendríamos que escribir libros completos para plasmar todo lo que ha significado, a lo largo de la historia, la unión entre Colombia y México. Porque nuestra relación no se limita a la diplomacia ni cabe en las páginas de un tratado. Está hecha de personas, de historias, de cultura y de caminos que se han cruzado durante siglos.
