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Cowboys al estilo mexicano: así se vive la tradición del jaripeo en el estado de San Luis Potosí

San Luis Potosí, al noroeste del país, es reconocido por conservar una de las tradiciones más apasionantes del México rural: el jaripeo.

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25 de septiembre de 2026 a las 5:00 p. m.
San Luis Potosí alberga el mayor número de plazas de toros activas del país, lo que consolida al jaripeo como un pilar cultural vivo de la identidad rural del Estado.
San Luis Potosí alberga el mayor número de plazas de toros activas del país, lo que consolida al jaripeo como un pilar cultural vivo de la identidad rural del Estado. Foto: Adobe Stock

Varios municipios de San Luis Potosí son ejemplo de la vigencia del jaripeo, gracias a sus más de 100 ruedos y el arraigo profundo de esta tradición en las fiestas patronales que se celebran anualmente en poblaciones como Rioverde, Tierra Nueva, Charcas, Villa Juárez y Cerro de San Pedro.

En la actualidad, San Luis Potosí alberga el mayor número de plazas de toros activas del país, lo que consolida al jaripeo como un pilar cultural vivo de la identidad rural del Estado. En la memoria popular de estas localidades, aún se narran las historias sobre los orígenes del jaripeo, surgido en las haciendas del siglo XVIII, en donde peones indígenas y mestizos se convirtieron en vaqueros expertos en el arreo y domesticación de terneros salvajes.

De acuerdo con un artículo publicado en el diario La Jornada de México por Marisol Montoya González, licenciada en antropología de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, el jaripeo tradicional en esta región continúa siendo una forma de vida “que se aprende desde chico, cuando en el corral de la casa los niños juegan montando los becerros. Para los migrantes es una forma de seguir perteneciendo a su pueblo. Es el evento del año, ideal para interactuar con los vecinos de otras localidades, reforzar lazos en el interior de las familias y, para los más jóvenes, es una oportunidad de conseguir pareja o bien para huir con la misma”.

Para entender la vigencia del jaripeo potosino es inevitable participar de las noches ruidosas y multitudinarias de la Feria de Rioverde y los tradicionales eventos de Charcas, Ciudad del Maíz o Villa de Arriaga, en donde no es considerado un espectáculo de relleno, sino el epicentro de las celebraciones patronales.

La complicidad espontánea entre público y jinete se extiende hasta que el vaquero logre bajarse del toro por su propio pie.
La complicidad espontánea entre público y jinete se extiende hasta que el vaquero logre bajarse del toro por su propio pie. Foto: Suministrada por la Secretaría de Turismo de San Luis Potosí - Foto de Diego Cruz

En medio del calor, la música estruendosa de las bandas de pueblo y la romería incesante de turistas y pobladores, los ruedos se transforman en santuarios atiborrados de espectadores, en donde la adrenalina del peligro coexiste con la solemnidad de la fe. Un territorio sagrado en el que los jinetes y el público detienen el tiempo para reconocer la fragilidad humana ante la fuerza de los toros.

Mucho antes de que el primer ejemplar taurino se lance a la arena, los corrales y los camerinos improvisados se transforman en altares vistosos adornados con ofrendas florales, estampas de la Virgen de Guadalupe o escapularios ofrecidos en tributo al Señor de los Milagros.

Un público animado también va dejando velas y cirios que se mantienen encendidos para pedir protección y un regreso sin accidentes mortales para los jinetes, tras la intensa faena de los vaqueros para someter o cansar a los toros y agradecer también mediante el festejo los milagros recibidos durante el año.

Pero el momento cumbre de la comunión mística entre el espectáculo taurino y la juerga municipal ocurre cuando la banda musical se silencia y el animador del rodeo toma el micrófono para guiar a la multitud rugiente a la Oración del jinete, una breve plegaria de protección: “Señor, nosotros los jinetes no te pedimos favores especiales, solamente nos des valor y destreza para realizar nuestras montas en cada uno de los jaripeos donde arriesgamos la vida”.

El instante es sobrecogedor. Hombres y mujeres ponen sus sombreros en el pecho e inclinan sus cabezas en un gesto de respeto y se suman en voz baja al ruego colectivo para que los jinetes vuelvan a casa vivos junto a sus familias. La comunión convierte a los jaripeos en actos de fe compartidos, que preceden a los rituales en que el jinete se persigna varias veces antes de subir a los lomos del toro.

La complicidad espontánea entre público y jinete se extiende hasta que el vaquero logre bajarse del toro por su propio pie, agite sus manos para trazar una señal de la cruz y eleve una mirada al cielo en signo de agradecimiento por haber salió con vida en la disputa física por mantenerse sobre el animal, que pesa de 500 a 1.000 kilogramos.

Los jinetes del jaripeo potosino no solo montan toros, también dominan el peligro con la destreza y el orgullo que solo se heredan en los ruedos de San Luis.
Los jinetes del jaripeo potosino no solo montan toros, también dominan el peligro con la destreza y el orgullo que solo se heredan en los ruedos de San Luis. Foto: Suministrada por la Secretaría de Turismo de San Luis Potosí - Foto de Diego Cruz

La batalla de la memoria

Para los amantes del jaripeo, San Luis Potosí también ha logrado con el tiempo construir su propia técnica, reconocida como el estilo potosino, que lo diferencia de algunos estados del sur y oeste de México. Además, hay estilos distintos como el lazo o el grapa, donde se utilizan posiciones específicas de la cuerda para liberar al toro.

Bajo esta modalidad, el objetivo es montar al toro y el jinete se sujeta a una cuerda gruesa atada directamente a los cuernos del animal, hasta que deje de corcovear por completo y quede bajo control, en lugar del conteo de los ocho segundos, tan popular en el rodeo americano.

Los jinetes del jaripeo potosino no solo montan toros, también dominan el peligro con la destreza y el orgullo que solo se heredan en los ruedos de San Luis. Algunos de ellos como Julio Torres, Johnny Robles, Alejandro Aguilar, Víctor Aguilar, Eduardo González, Pedro Padrón, Jorge Rojas, Gustavo Gómez, Larel Hernández, Gregorio Villanueva, entre otros, han logrado reconocimientos en ruedos y campeonatos locales e internacionales.

En el caso de Julio Torres, su destreza y habilidad para las montas de toros peligrosos y su pasión por la vida del campo se convirtieron en canciones populares como El corrido de Julio Torres, que interpretaron conjuntos como los Vaqueros del Norte de Cornelio Villanueva, que cuentan sus hazañas en plazas como La Loma y Ojo de Agua de Cerritos, ubicadas en la zona media del estado de San Luis Potosí.

Al caer la tarde en cualquier municipio potosino y cada vez que un animador tome el micrófono y suene el primer toque de trompeta, los seguidores del jaripeo se preparan para participar de una experiencia que libera emociones y genera una conexión tribal tan antigua como las que vivieron sus ancestros en las haciendas ganaderas del siglo XVIII. Una demostración contundente y plena de orgullo. En San Luis Potosí, el jaripeo no es una pieza de museo, sino una tradición que se mantiene en pie mientras un toro repare y un sombrero se levante en el aire.