Selva, edificios, arena y mar. El avión desciende sobre una costa turquesa que, durante décadas se transformó hasta convertirse en una de las grandes marcas turísticas de México: la Riviera Maya.
El fenómeno no fue espontáneo. Inició en los setenta con Cancún como epicentro y, con el paso del tiempo, se extendió al sur para consolidar una franja que reúne lugares como Tulum, Puerto Morelos y Playa del Carmen. Aquí, las postales de las agencias turísticas se hacen realidad: playas paradisiacas, cenotes cristalinos, sitios arqueológicos mayas y clubes nocturnos donde una botella de champagne puede costar miles de dólares ¿Parece exagerado? No lo es.
La Riviera Maya es hoy el corazón vacacional mexicano. Un corazón frágil y hermoso, atravesado por los precios altos, la disputa entre estructuras criminales y el sargazo en las costas. En este contexto aparece, además, un fenómeno menos visible: la gentrificación, un proceso, a veces lento, a veces rápido, que cambia los territorios en favor de los extranjeros y en detrimento de los locales.
“La gentrificación ha comenzado a afectar estos lugares, antes populares y visitables, hoy caros y esnobistas. Se han vuelto sitios exclusivos, llenos de boutiques, del malinterpretado sentido de lo artesanal. Es posible que los turistas tengan estos lugares como un must, algo que no debe faltar en la visita al país, (...) pero se ha vuelto un montaje capaz de expulsar a la gente originaria a los márgenes”, dijo Alberto Peralta de Legarreta, investigador nacional en Turismo, Historia y Gastronomía de la Universidad Anáhuac.
Pese a esto, señaló el académico, hay otro grupo de turistas que miran hacia un México cotidiano donde la gastronomía callejera, el arte y la cultura pueden ser el eje de sus vacaciones. Ese país atractivo para el turismo cultural comenzó a ser visto con interés alrededor de 2015, añadió el experto. “Los turistas querían venir a pueblear, a salirse de los all-inclusive para asistir a los mercados y a las festividades populares. Evitaron las guías y comenzaron a meterse en lugares recónditos, siguiendo recomendaciones y preguntando”.

Un pueblo fantasma lleno de vida
Olvidar las guías y seguir las letras. Preguntar, preguntar como lo hacía el personaje Juan Preciado en las páginas de Pedro Páramo para llegar a aquel pueblo situado “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”. Aunque la novela de Juan Rulfo es espectral, se contrapone a lo que en realidad es este municipio ubicado a los pies del Volcán de Fuego, al oeste del país, en el estado de Colima.
“Asistir a un pueblo mágico como Comala es viajar a un mundo que el turista conoció primero a través de los ojos de alguien más –dijo Peralta de Legarreta–. Rulfo inventó un lenguaje propio para describir lo indescriptible, pues cuando uno va al Comala real nota que no es el pueblo muerto que la novela narra, sino un lugar lleno de vida, música, personas alegres, patrimonio y gastronomía única”.
Una de las mejores formas de reinterpretar el Comala de Pedro Páramo es hacer la ruta ‘Entre letras y pinceles’, un trayecto de cuatro horas que desanda los escenarios rulfianos, pero que también recorre espacios como la Casa de la Abuela Chuy, emblema arquitectónico en el que se ofrecen tradicionales ponches de mezcal, café y tamarindo; el Puente de los Suspiros, ligado a los relatos de las leyendas locales; y el Ecoparque Nogueras, refugio natural donde vivió el pintor Alejandro Rangel Hidalgo.
La experiencia se complementa con la visita al Museo Universitario, que conserva buena parte de la obra rangeliana y presenta su particular estilo de trazos geométricos, coloridos, casi infantiles, más ligados a la autenticidad comalense. En ese choque de visiones –una lúgubre y la otra armoniosa– surgió la amistad y colaboración artística entre dos genios. Incluso, antes de que el escritor publicara su obra cumbre, el pintor ya ilustraba los cuentos rulfianos en revistas literarias que, a la postre, serían el origen de El llano en llamas.

“Las experiencias locales no fortalecen el mito del Comala de Pedro Páramo, por el contrario, lo cuestionan y enfrentan. Ahí lo que se encuentra es un pueblo vivo y blanco, aunque igual de abrasador que el de Rulfo. Entonces, el turista comienza a valorar lo que ve. Se preguntará si el pueblo prosperó y ahora luce hermoso. Recorrerá las calles en busca de imágenes heredadas y no las encontrará. Abrirá los oídos al lenguaje de los personajes de Rulfo y no los escuchará. Comala es un pueblo de invención y de realidades contrastantes, violentas para bien, porque tanto el pueblo como sus alrededores saben a arte, saben a gente y saben a historia”, añadió el profesor de la Universidad Anáhuac.
Arte bajo el cielo
La tabla sobre su cabeza sostiene a una docena de hombrecillos. Parecen guardar equilibrio; parecen divertirse. Otros dos, asustados de caer al vacío, se aferran al antebrazo izquierdo; mientras que un anciano y un niño, sentados en el bíceps derecho, miran al horizonte. El gigante barbado del que cuelgan los cuerpos mide seis metros y pesa 1,5 toneladas. Se llama ‘El Señor de los Monitos’ y es una de las piezas artísticas ubicadas a lo largo de la Galería a Cielo Abierto en el Andador Independencia de Tlaquepaque, Jalisco.
Quien visita este estado del oeste y solo busca el rastro de Vicente Fernández, de Maná, de Santana, de Peso Pluma, está en lo correcto, pero también está equivocado. Muestra de ello es la colosal escultura –descrita en el anterior párrafo– creada por Camilo Ramírez, quien junto a otros artistas plásticos estatales y nacionales, con el apoyo del Fideicomiso de Turismo de la Zona Metropolitana de Guadalajara, montó una intervención escultórica que proyecta el origen de un pueblo tradicional donde los artesanos son sus íconos más antiguos.

“Tlaquepaque tiene un prestigio que no se logró en cinco años, ni en 20; yo creo que en más de 100. Ese prestigio se debe a tantos héroes en el anonimato que son nuestros artesanos de épocas pasadas”, sostuvo Ramírez tras inaugurar la obra en 2020. En este corredor cultural, rodeado de antiguas casonas, conviven las artesanías de vidrio soplado, cerámicas y todo tipo de muebles, con obras callejeras de gran envergadura como San Miguel Arcángel de Agustín Parra, Equilibrio Necesario de Rodo Padilla, Alegre Naturaleza de Gabriela Cantú y Mami, papi, ¿juegan conmigo? de Carlos Bustos.
“Este tipo de proyectos sacan el arte de los espacios tradicionalmente dedicados a él y lo llevan directamente a la calle. De alguna manera, permite romper con cierto elitismo, pues no hace falta entrar a un museo para haber decidido “ir a ver arte”. Uno se encuentra con las obras simplemente caminando por la ciudad. Eso amplía muchísimo los públicos y hace que el arte forme parte de la experiencia cotidiana del espacio público, en lugar de quedar reservado a ciertos sitios o a ciertos sectores de la población”, señaló Rozenn Le Mur, doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Guadalajara.
San Ángel
Al sur de la Ciudad de México se encuentra un barrio que empezó a formarse hace 490 años; su nombre es San Ángel y es un oasis colonial dentro de la urbe inmensa y moderna. En este espacio, los turistas experimentan el arte popular en un centro histórico que alberga más de 80 monumentos, parroquias, el Museo del Carmen y la Plaza San Jacinto, donde los pintores, fotógrafos y escultores exponen sus obras y las venden sin intermediarios desde 1958.
Una casona, frente al mercado de las artes, encierra otro tesoro de San Ángel: el Bazar del sábado, que, como su nombre lo dice, solo abre los sábados de diez de la mañana a siete de la tarde, y donde se exhiben artesanías autóctonas de la cultura mexicana. No se trata de un espacio con souvenirs creados en masa; es, por el contrario, un recinto que da cuenta de los oficios tradicionales heredados por años.
En medio de la oferta artesanal, como los molcajetes de piedra, las cerámicas de barro negro de San Bartolo Coyotepec o los alebrijes de Oaxaca, el bazar ofrece otro de los atractivos que hacen de México un país único: la gastronomía. En el centro de la casona del siglo XVI se puede probar una variedad culinaria que va desde sopes con frijoles, queso y salsa, hasta quesadillas de huitlacoche, mole poblano, carne asada y las aguas frescas de jamaica o limón, un refresco popular que conocimos, antes de viajar al país azteca, con El Chavo del 8.
Aunque el bazar puede parecer artificioso, quizás incluso una escenografía, concluyó Alberto Peralta de Legarreta, lo que allí sucede es auténtico en todos los sentidos. “Aquí se encuentran representadas algunas de las maravillas que puede hacer el mexicano al expresar su identidad milenaria”. Ahí están, pues, lejos de las sombrillas bajo el sol y de las costosas caipiriñas de mango o fresa, otros mundos mexicanos.
