Eran conmigo cincuenta en un salón de Derecho de la Universidad de Nariño, cincuenta historias distintas, cincuenta maneras de llegar a las siete de la mañana. Yo llegaba con más angustias que libros.
Han pasado más de veinticinco años y todavía me cuesta poner en palabras lo que fueron esos días, fueron los más duros de mi vida. Viví lo que nadie quisiera vivir: problemas económicos que no daban tregua, preocupaciones que no me dejaban dormir y momentos en los que seguir parecía más un acto de terquedad que de esperanza. Sin embargo, no estuve sola.
En ese salón conocí lo que es un verdadero amigo. Personas que no se imaginaban nada, que no pretendían absolutamente nada a cambio. Simplemente decidieron que “Anita” era alguien con quien valía la pena compartir. Compartir el almuerzo, los apuntes, el pasaje, la palabra justa en el momento adecuado. Hoy, cuando se los recuerdo, se sorprenden. Para ellos fue algo normal, para mí fue la diferencia entre rendirme y seguir.
Por eso tengo el corazón lleno de gratitud, y creo que es uno de los amuletos más poderosos que alguien pueda llevar consigo para avanzar y alcanzar sus metas. La gratitud es sinónimo de humildad, porque nos obliga a reconocer que nadie llega solo a ningún lugar, es sinónimo de buen corazón, porque solo quien tiene el alma dispuesta sabe mirar hacia atrás y reconocer las manos que lo sostuvieron.
Pero hay algo que he aprendido con los años, la gratitud que no se dice se queda a medias.
La ciencia lo respalda. En 2018, los investigadores Amit Kumar y Nicholas Epley publicaron en la revista Psychological Science una serie de experimentos en los que pidieron a varias personas escribir cartas de agradecimiento para alguien importante en sus vidas. Los resultados fueron reveladores, quienes escribían las cartas subestimaban de forma sistemática cuánto iban a alegrar a quien las recibía, y sobrestimaban lo incómodo que sería para esa persona. En otras palabras, callamos porque creemos que nuestro agradecimiento no importará tanto, o incluso, que incomodará. Y nos equivocamos.
Años antes, el psicólogo Martin Seligman, uno de los padres de la psicología positiva, había probado un ejercicio sencillo que llamó la “visita de gratitud”: escribir una carta a alguien que nos ayudó y entregársela en persona, leyéndola en voz alta. Entre todos los ejercicios que evaluó, fue uno de los que produjo el mayor aumento de bienestar, y sus efectos se mantuvieron durante semanas. La gratitud expresada transforma a quien la recibe y también a quien la da.
Por eso no me gusta la gratitud silenciosa. Me refiero a esa que se queda en el pensamiento, o al emoji con las manos juntas en un grupo de WhatsApp -enviado casi por reflejo-, o el “gracias” tibio que se escribe por cumplir y se olvida al segundo. Es la gratitud que se reserva para los discursos de despedida o para los funerales, cuando ya es tarde para que el otro la escuche.
La gratitud silenciosa es cómoda. No compromete, no expone ni cuesta, precisamente por eso vale tan poco. Hay algo de hipocresía en sentir que le debemos tanto a alguien y no decírselo nunca, en guardar el reconocimiento como si fuera un secreto vergonzoso, o en reconocerle el mérito a alguien solo a sus espaldas.
En cambio, la verdadera gratitud es ruidosa. Se dice, se repite, se escribe y, sobre todo, se demuestra. Aparece en la llamada inesperada, en la visita sin motivo, en el favor devuelto sin que alguien lo pida y en el nombre mencionado en público con orgullo. A mis amigos de la universidad se los digo, se los repito, se los escribo y se los demuestro, tanto que a veces se sorprenden. Y está bien que se sorprendan, porque las buenas personas casi nunca saben todo lo que hacen por los demás.
Hoy le propongo algo a quien lee estas líneas, piense en una persona que le cambió la vida. No le mande un mensaje; llámela, visítela, mírela a los ojos y dígale exactamente qué hizo por usted y lo que eso significó, probablemente ella no lo recuerda. Usted sí.
Porque la gratitud, como el amor, no se presume; se demuestra. Si me van a agradecer, que sea con ruido. No en silencio.
Por Ana Ibarra, presidenta de la junta directiva de Grupo Axir y Distrito Moda
