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La historia de los jóvenes que salieron del Bronx y conocieron al papa Francisco

Ferney y Anyeli son dos de los antiguos habitantes de calle que se encontraron con el pontífice de la Iglesia católica a su arribo a la Nunciatura.

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"El primer día que yo llegué acá estaba flaco, estaba pesando 50 kilos… llegué con una sudadera de mujer al revés y una chaqueta de una empresa que me había encontrado por acá cerca. ¿Que cómo llegué a El Oasis? Como muchos, por la ruta. Después de los operativos del Bronx, un día me desperté como a las seis de la mañana, vuelto mierda, cansado y uno de los profesores de territorio, de los que traen chaquetica azul, me dijo: muchachos, ¡vengan! hay un lugar donde pueden tener su baño, donde les pueden lavar la ropa, donde pueden dormir… Así que yo fui, miré, me gustó lo que vi y me quedé.

La verdad es que me salí un tiempo por el vicio… volví a probar el bazuco y me perdí en la olla de San Bernardo unos días. Pero ahora quiero hacer las cosas bien. Dar el discurso de bienvenida al papa… no sé como explicarlo, ¡es lo más grande que me ha pasado! Si no me rehabilito con la venida del papa, ¡ya no tengo solución!".

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Entre risas y sollozos, Ferney David Vázquez Bernal alterna de un estado emocional al otro desde el momento en el que inicia una frase hasta que la termina. Su vida ha sido dura. A pesar de que tiene conocimientos de reparación y mantenimiento de maquinaria pesada y sabe algo de cocina, durante más de siete años se dedicó a rapear en TransMilenio para poder comprar una dosis de bazuco (un residuo de cocaína procesado con ácido sulfúrico y queroseno) con la que saciaba su adicción.

Pero cuando habla del futuro encuentro que tendrá con el máximo jerarca de la Iglesia católica, abre grande los ojos y parece, durante unos segundos, un niño frente a un regalo de navidad.

A primera vista, la sede del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y de la Juventud (Idiprón) conocida como El Oasis, en la que reside, parece una fortaleza, con sus muros altos y su guardia en la entrada. Pero aquí cualquiera es libre de salir cuando lo desea. Es el primer punto por el que ingresan los habitantes de calle de entre 8 y 28 años que quieren acogerse al programa que creó el Concejo de Bogotá en 1967, para “garantizar el pleno desarrollo del goce efectivo de los derechos de los jóvenes y el desarrollo integral de la niñez y la adolescencia en el distrito capital”.

Desde que la Alcaldía, junto con la Policía y el Ejército intervinieron el barrio del Bronx, en el que se reunían los habitantes de calle en el centro de Bogotá, la cifra de jóvenes que vienen a tocar la puerta del instituto aumentó sensiblemente. Según la Fiscalía, cerca de 200 menores de edad fueron rescatados y entregados al ICBF, pero para Ferney, eso también dejó en el desamparo a otros cientos de jóvenes mayores de edad que ya no tuvieron a dónde acudir. Al punto en el que El Oasis ha tenido que invertir recursos para ampliar su sede.

Para los jóvenes que residen en el centro, la visita del papa fue desdeel principio un evento importante, sobre todo desde que la arquidiócesis dio a conocer que era voluntad del pontífice encontrarse con poblaciones vulnerables durante su paso por Colombia.

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Cuando Ferney acudió por primera vez al Idiprón, hace dos años, recuerda haber estado nervioso y a la defensiva. “Allá afuera es la jungla, no confías en nadie. Cualquiera te puede chuzar simplemente porque te ven las botas buenas ¡y paila! o por lo que sea, así que llegas un poco nervioso…” explica, para justificar el ambiente tenso que reina en la sala de primer ingreso del instituto.

Sin embargo, un poco más allá de la entrada, los ánimos se relajan, en particular entre los que llevan más tiempo en el lugar y han comenzado el proceso de resocialización conocido como semáforo, destinado a capacitar y ofrecer empleo a los chicos que logren deshacerse de sus adicciones y readaptarse pronto al mundo laboral.

A diario, cerca de 270 hombres y mujeres acuden a El Oasis y cerca de 1.400 conviven en el Idiprón, entre los que duermen allí (internados) y los que solo pasan el día en la sede (externados).

De estos, cerca de 70 ingresan al proceso de semáforos y 30 por ciento permanecen hasta el final. Esa cifra de 270 corresponde aproximadamente al número de jóvenes que han encontrado empleo gracias a los convenios interadministrativos realizados por la empresa con las secretarías de movilidad o de planeación; así como con empresas como Hard Rock Café.

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En una oportunidad, Ferney pudo subirse al escenario del Hard Rock Café de Bogotá, en donde acompañó a su compañero Freddy durante una presentación musical y hasta quedó grabado en la foto de la revista que ilustró el momento.

A la fecha, eso es algo que agradece al Idiprón, el que le haya permitido aprender un poco más de manualidades y sobre todo de técnica artística para cantar y aprender las gamas musicales básicas.

Si él fue una de las tres personas que conocieron al papa para entregarle obsequios del instituto, fue porque Ferney es uno de los chicos a los que mejor les ha ido en el centro. Se encuentra en etapa avanzada de resocialización y espera pronto poder “ponerse la chaqueta”, como dice. Quiere ser educador y tratar con gente de la calle para explicarles que hay opciones para los que se encuentran por fuera del sistema.

Pero si ese trabajo no le sale, también aceptará laborar en el TransMilenio con el chaleco naranja o con los paleteros, que son los que visten de fosforecente gris y limpian los postes de la ciudad.

Anyeli Saaved Parra también conoció al jefe de Estado del Vaticano, pero su situación es un poco diferente de la de Ferney.

Ella no vivía en el Bronx, tan solo acudía de vez en cuando a comprar sus drogas y se regresaba a su barrio para consumirlas en la calle.

Sentada en una de las camas dobles que decoran al cuarto de mujeres, -un poco más cálido que el de hombres y cerrado a llave durante el día por seguridad- Aniely cuenta cómo la droga la alejó de su familia a la que no ha visto en cerca de año y medio y relata las dificultades de convivir en un lugar en el que todo el mundo proviene de la calle.

“Aquí la relación con las compañeras es dura, porque como hay muchachas bien, también hay muchachas que pelean por todo, pero hay que ser paciente y pues yo soy muy pasiva”, reconoce.

Al igual que Ferney, su rostro se ilumina cuando habla del encuentro con el papa. Le entregaron una ruana, una vela y el discurso del Idiprón durante la primera manifestación pública que sostuvo el pontífice. 

“Yo sí creo en Dios, no sé cómo sea el nombre específico, pero es un dios muy grande. Conocer al papa es como una bendición, él representa a ese dios. Yo en realidad quiero cambiar, quiero darle todo a mis hijos, darles un buen futuro, porque ellos están chiquiticos”.

Ferney también tiene dos hijos, un niño de 3 años de edad que se llama Julián David y una chica de 8 llamada Heily Michel que es la “reina de sus ojos”, como dice.

Por eso espera que el encuentro con el jerarca católico lo ayude a rehabilitarse. Pero más allá de eso, también asume su papel de embajador frente a “un papa latinoamericano (...) que viene en un momento en el que estamos cerrando un proceso de paz”, como una tarea que buscará devolver la esperanza a cientos de jóvenes que algún día llegaron a El Oasis y buscan salirse del círculo vicioso en el que los encerraron la droga y la vida en la calle.

Las palabras de Francisco frente a los chicos fue una respuesta a esos anhelos: "No se dejen robar la esperanza".

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