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Opinión

  • | 2019/08/31 01:38

    Una farsa grave

    El discurso de Iván Márquez es un revoltijo. A la vez lírico y jurídico. Muy colombiano. Pero es cierto que ni el gobierno de Santos ni el de Duque han cumplido los compromisos del Estado en la mesa.

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El anuncio de Iván Márquez de que él y algunos de sus compañeros vuelven a la guerrilla armada no es ninguna sorpresa. Se venía sospechando que eso iba a suceder desde que desapareció hace más de un año, descontento con la marcha de los acuerdos de paz de los cuales había sido en La Habana el jefe negociador por parte de las Farc. Y tampoco es novedad que en el grupo de reincidentes estén Santrich, el Paisa y Romaña. Se veía venir.

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Más reveladora que el anuncio es la vestimenta de la veintena de guerrilleros, hombres y mujeres, que aparecen en el video de YouTube por el cual le anunciaron “al mundo” su intención. Márquez, ceñido de correajes y con dos pistolones, lleva un uniforme verde claro como los de la Guardia venezolana. Santrich, que carga un descomunal fusil de asalto –qué susto, en manos de un ciego–, su habitual kefia blanca pespunteada de negro de combatiente palestino, una boina negra nuevecita, más de diseño de “ranger” norteamericano en Bolivia que de Che Guevara, y un uniforme verdegris oscuro, y, sorpresa, un audífono (¿será que también es sordo, y es por eso que…) A su lado una guerrillera sin armas, de suéter verde oliva y con una mano en el bolsillo, con actitud y aspecto de civil, incluida la pashmina blanca y gris. Otros varios guerrilleros con distintos modelos de traje de camuflaje y varios modelos de fusil, varias gorras diferentes, y uno o dos sombreros de ala levantada hacia la copa como el que usan los carabineros contraguerrilleros de Tolemaida. Un revoltijo.

También es un revoltijo de temas y de tonos el discurso de Iván Márquez. A la vez lírico y jurídico: muy colombiano. Banderas tremolantes, la ternura de las aguas frescas del río Inírida, el Ave Fénix, y los incisos de la ley. La gloria de Bolívar y la maldad de Santander. Agresivo –guerra– pero a la vez ostentosamente moderado –secuestros no, aunque sí extorsión y vacunas, y, por supuesto, narcotráfico.

Detrás del aspecto de farsa, como suele suceder en Colombia, la cosa es grave.

Primero, porque aunque no tengan razón, Márquez y sus compañeros tienen razones para volver al monte. Más o menos las mismas que los llevaron al monte hace medio siglo. Sin duda es una insensatez alzarse en armas de nuevo, pues de sobra está comprobada su inutilidad. Uno de los guerrilleros de más de sesenta años que negociaron la paz decía ilustrativamente: “Pero si ya no podemos ni alzar las armas”. Pero es cierto que ni el gobierno de Santos, ni mucho menos el de Duque han cumplido los compromisos adquiridos por el Estado en esa negociación. Ha habido de su parte, como dice ahora Márquez, “trampa, traición y perfidia”.

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Y en segundo lugar, porque aunque es bastante fácil organizar un grupo armado en Colombia, y por eso hay veinte, lo que es difícil es darle dimensión política. Así que aunque los alzados sigan teniendo razones, quien tiene la razón en este caso es el presidente Duque, que anuncia que los nuevos insurgentes no serán tratados como tales, sino como delincuentes comunes. No como una guerrilla, sino como una simple banda criminal.

Duque explica –y tampoco es sorpresa– que la nueva banda tiene el apoyo del gobierno venezolano de Maduro. Pero vuelve a la farsa: para contrarrestarlo le pide, él, apoyo a Guaidó, que aunque quisiera no podrá dárselo porque no tiene con qué. Y, como es habitual, ofrece recompensas: tres mil millones por cabeza. Los gremios económicos y los banqueros dicen que si Márquez y los suyos quieren guerra hay que darles guerra. El alto comisionado de la paz Miguel Ceballos recurre a la muletilla habitual de este gobierno: “Hay que ser muy claros”. Lo de siempre. El jefe del partido Farc, Timochenko, dice que el alzamiento de sus antiguos compañeros es una equivocación delirante. Sí. Pero es de delirio en delirio como hemos hecho la sangrienta historia de Colombia.

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