Las tardes en diciembre en Trujillo, Perú, son polvorientas y calurosas. Sobre la ciudad corre muy poco viento y casi siempre está acompañado de arena que se levanta de las extensas playas muy cerca de la ciudad y desde los cerros sin vegetación, que la observan vigilantes desde sus cimas.
En esa ciudad pasamos muchas veces las festividades de fin de año. Era el momento en que mis padres nos llevaban a visitar a los abuelos maternos y mis 12 primos. Recuerdo como mi abuelo, hombre generoso y trabajador, me daba en secreto una moneda de 100 soles para que los gastara en la tienda de al frente de la casa. Ese pedazo de metal plateado gigante me hacía sentir amado y al tiempo poderoso, ya que me daba capital suficiente para comprar un Doña Pepa y con el resto un Sublime, dos deliciosos dulces locales que aún se pueden conseguir en el mercado.
Sin embargo, de un momento a otro y solo con la distancia de una Navidad, descubrí dos cosas que me rompieron el corazón. Era 1986 cuando mi abuelo Lucho me dio la misma moneda que venía dándome hacía años, y siguiendo el mismo ritual procedí a ir a la tienda. En el lugar, sorpresivamente, me encontré a uno de mis primos. Le pregunté qué estaba haciendo ahí, y él, muy orgulloso y digno, me dijo que mi abuelo le había dado una moneda igual. Procedimos a efectuar la acostumbrada compra, pero la tendera, en medio de carcajadas, nos aclaró que por el alza de los precios esos 100 soles no servían para nada. A la brava aprendí sobre la inflación y los celos.
¿Qué pasó entre Navidad y Navidad?: Alan García, uno de los presidentes más nefastos que haya tenido Perú. El político, conocido también como “caballo loco” por sus destempladas, desafiantes y continuas declaraciones en medios, destruyó la economía de su país a una velocidad sin precedentes. Como un animal desbocado, el presidente emprendió una guerra contra el fantasma imperialista anunciando la cesación de pagos a los entes multilaterales, fijando el valor del dólar a una tasa dispuesta previamente y estableciendo el control de precios para evitar la inflación.
García, quien luego se suicidaría en su casa, siempre aturdido por sus miedos y rasgos de su personalidad, tras un segundo mandato menos malo y de pasar años en Colombia, fue uno de los precursores del destructor pero contagioso socialismo del siglo XXI. Fue tan malo su gobierno que logró lo que nadie hasta ahora ha podido igualar en Perú: llevar el desempleo hasta el 61 por ciento y la inflación a 2.000 por ciento.
Las señales que emanan de la administración de Gustavo Petro me provocan pavor y traen a mi memoria cómo en cuestión de nada se puede destruir económicamente un país. En menos de dos meses, el Gobierno ha sugerido control de cambio; desanimado la inversión extranjera, principalmente la petrolera, que ha entendido que el país no quiere explorar ni explotar más gas o crudo; dado declaraciones que asustan a los empresarios e inversionistas, emprendido una pelea imaginaria con Estados Unidos y, para rematar, presentado una millonaria reforma tributaria.
Colombia ha implementado un discurso tipo Alan García en el que prevalecen dogmas traídos de las teorías económicas y sociales y en el que hay una ausencia de realismo y pragmatismo de mercado.Los pasos en falso del Gobierno están dejando a Colombia como un caballo loco económico o, mejor, como un venado ensangrentado y jadeante al acecho de los buitres especuladores para que ataquen su moneda y lo terminen de matar económicamente. En colombiano, estamos dando papaya.
Pero el Gobierno se niega a aceptar su responsabilidad en este descalabro económico. Aunque es cierto que hay dinámicas que vienen del Gobierno anterior y el escenario internacional es negativo, también es cierto que las riendas del caballo las tienen en esta administración y que, por lo tanto, es su responsabilidad navegar de la mejor forma posible la tormenta por la que estamos atravesando. Más pronto que tarde, el Gobierno Petro tiene que dejar de trasladarle la culpa a todo el mundo, para empezar a asumir, gobernar y solucionar, que fue para lo que lo eligieron.
La fórmula es sencilla: aplacen su objetivo de dejar de explorar y explotar petróleo. Colombia simplemente no puede dejar de producir crudo porque con eso acaba la mayor fuente de ingresos con la que cuenta. Segundo, reemplacen a su ministra de Minas. Sus declaraciones les han generado mucha inquietud a los inversionistas, y procedan a poner en su lugar a alguien que conozca los menesteres de la cartera y represente credibilidad entre su gremio. Creen protocolos para los mensajes de Twitter del presidente. Debe existir algún tipo de filtro para que el presidente se exprese como jefe de Estado y no como un candidato o un irascible ciudadano común y corriente. Cuarto, háganle caso al ministro Ocampo y comprométanlo públicamente para que permanezca en el Gobierno por lo menos dos años más. Y, por último, y tal vez más importante, desistan, por ahora, de la reforma tributaria.
Por estos días recuerdo mucho a la moneda de 100 soles que nos daba mi abuelo y el apodo “caballo loco” no deja de dar vueltas en mi cabeza.









