Siento que hay libros que siempre quedan por ahí sonando en la cabeza. Tuvo su época el Club de las 5:00 a. m., por ejemplo. Aunque sé que algunas personas lo sintieron como demasiada presión y un imposible.
Yo amé ese libro y la dinámica que propone, pero es obvio soy un animal madrugador que ya tenía esta práctica en su cotidianidad, la cosa es que no sabía que esto podía ser un “club”. En últimas, a uno le gusta lo que le gusta, punto.
Y en esos libros que resuenan, hace unos meses volví a leer Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen Covey. Aunque es uno de esos libros que figuran en casi todas las listas de liderazgo, esta vez hubo una idea que me golpeó de manera distinta y es la diferencia entre la personalidad y el carácter.
He visto por años que el mundo corporativo nos enseña a perfeccionar la personalidad. Hoy invertimos enormes cantidades de tiempo y recursos en desarrollar competencias visibles, en hablar mejor, en lograr inspirar, en estudiar para saber más. Sin embargo, Covey plantea algo incómodo y es que el verdadero liderazgo no se sostiene sobre lo que mostramos, sino sobre quiénes somos cuando nadie nos observa. Esto sí que pone difícil el asunto de la imagen genuina que tantos dicen proyectar.
Pensar en esto me llevó a una pregunta que considero urgente en las organizaciones actuales: ¿estamos formando líderes o simplemente profesionales que saben proyectar liderazgo? Debo confesar que me quede pensando en la respuesta adecuada y es que la diferencia parece sutil, pero no lo es.
Vivimos una época en la que la velocidad es premiada, la opinión es inmediata y la visibilidad se ha convertido en una forma de capital social. En ese contexto, resulta fácil confundir presencia con influencia y notoriedad con liderazgo. A veces me aburre tanta palabra melosa en las redes profesionales, tantos discursos incoherentes y felicitaciones de cosas que incluso uno debería guardarse para su propia intimidad.
Pero no pierdo la esperanza y sé que hay muchos líderes reales, que conectan (no solo en redes). Basta observar a aquellos que dejan una huella positiva para notar que comparten algo diferente y es el hecho de no ser recordados por tener siempre la respuesta correcta, sino por crear espacios donde las mejores respuestas podían emerger.
Tal vez el gran desafío del liderazgo moderno no sea aprender a dirigir personas, sino aprender a escucharlas. Y escuchar de verdad es mucho más complejo de lo que parece. Sencillamente, no nos escuchamos porque vale más la pena dejarse seducir por lo que dice el propio ego que incomodarse pensando en entender al otro.
Escuchar implica suspender el juicio, cuestionar nuestras propias certezas y admitir la posibilidad de que quienes trabajan con nosotros vean aspectos de la realidad que nosotros no vemos. Requiere humildad. Una virtud poco mencionada en los manuales de comunicación y crisis, pero esencial para construir confianza.
Adicionalmente, con frecuencia asociamos el liderazgo con fortaleza. Sin embargo, las personas no siguen a quienes aparentan ser invulnerables, yo creo que siguen a quienes son coherentes, a quienes reconocen sus errores y a quienes cumplen la palabra dada. A quienes entienden que la autoridad se otorga mediante un cargo, pero la credibilidad se gana cada día, como se gana el respeto.
Quizás por eso los libros de liderazgo que perduran no suelen hablarnos de técnicas sofisticadas ni de fórmulas mágicas. Nos devuelven a preguntas profundamente humanas. ¿Qué principios guían mis decisiones? ¿Quién soy cuando tengo poder? ¿Cómo trato a las personas cuando no necesito nada de ellas? ¿Si me quitan mi cargo o renuncio a él, cuántos amigos de corazón me quedan?
Tal vez la conversación más importante siga siendo la misma de siempre y es cuál es la calidad de nuestro carácter. Al final, los equipos olvidan muchas cosas, por ejemplo, olvidan presentaciones, estrategias, presupuesto incumplidos e incluso resultados. Lo que rara vez olvidan es cómo los hizo sentir un líder. Si los escuchó. Si los respetó. Si los hizo crecer.
Y quizás ahí esté la lección más poderosa que encontré al releer ese libro, el liderazgo no comienza cuando alguien nos sigue, sino que comienza cuando decidimos ser coherentes con quienes nos siguen y con quienes decidimos seguir.
