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Opinión

  • | 2019/01/28 01:07

    Función pública

    La libertad de prensa es a la democracia como la censura a la dictadura: imprescindible. Un indicador de la democracia de un país es la cantidad de medios de comunicación que funcionan y la cantidad de agresiones o cierres que han sufrido.

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No hace falta estar en el reino de la indignaditis de Twitter, para escuchar que la gente se queja de los medios, prensa, radio y televisión. Desde el tono de voz del periodista hasta el sesgo de sus preguntas, pasando por la mala ortografía o la peor redacción, el trabajo periodístico es foco de críticas permanentes, y así se espera que sea. Ejercer el periodismo implica no solo la responsabilidad de informar sin faltar a la verdad, sino también ocupar un lugar en la sociedad, con los políticos y los funcionarios estatales, expuesto a la crítica debido a su notoriedad y el rol que cumplen.

Los medios de comunicación son empresas privadas que cumplen una función pública, informar. Pero muchos olvidan convenientemente esta función pública en aras de intereses comerciales o políticos que meten dentro de su agenda noticiosa como si se tratara de información relevante y veraz. A los consumidores de noticias nos indignan los sesgos y las mentiras, pero al parecer somos una especie en vía de extinción. Cuando los medios (y sus periodistas) olvidan la función social que cumplen, entregan productos noticiosos de fácil digestión para la audiencia, que desconocen las diferentes dimensiones que todo suceso tiene; no buscan crear reflexión sino facilitar la indignación, haciendo de la noticia un circo de una sola pista.

Y se los puede criticar públicamente por esto, y por muchas más cosas, cómo no. Y se les puede echar al olvido y no volver a parar el dial ahí, cambiar de canal o dejar de abrir sus enlaces, menos mal hay opciones y la competencia es feroz. Y se puede gritar por las redes la incompetencia de los periodistas en el ejercicio de su oficio, y denunciar sus malas prácticas. Pero el gremio periodístico es muy sensible a la crítica, entre otras cosas por el tamaño del ego que los periodistas suelen tener, de manera que su reacción suele ser arrogante y pendenciera. Pero nada de esto justifica hacer acciones que atenten contra el funcionamiento mismo del medio, como el vandalismo o el terrorismo, ni la utilización de la injuria y la calumnia para callarlo, ni ejercer el poder de la censura impidiendo la emisión o publicación de sus contenidos.

A nadie que sea demócrata se le ocurre pensar que como hay tanto congresista corrupto, y tanto funcionario de ministerio recibiendo coimas, entonces hay que acabar con el Congreso y la Presidencia de la República, desaparecer las instituciones; lo mismo aplica para los medios, aunque haya tanto periodista mediocre no es deseable que se cierren medios de comunicación. La libertad de prensa es a la democracia como la censura a la dictadura: imprescindible. Un indicador de la democracia de un país es la cantidad de medios de comunicación que funcionan y la cantidad de agresiones o cierres que han sufrido.

Pero no corren buenos vientos para las libertades, incluidas la de prensa y la de expresión, y el fenómeno cunde en el planeta. En Venezuela para mediados del año pasado habían cerrado tres cuartas partes de los periódicos, y en un año clausuraron 40 estaciones de radio. En Estados Unidos el presidente declaró a los medios “enemigos del pueblo (norte) americano”. En el consulado de Arabia en Turquía decapitaron a un periodista que escribía cosas que no le gustaban al régimen. Y así, en muchos países. Colombia también pone su cuota en el panorama espeso de la censura, ejerciéndola desde los medios públicos que el gobierno recibe para su administración, pero de los que se cree el dueño, el patrón, el amo.

Así lo demostró la ignorancia rampante del exdirector de RTVC Juan Pablo Bieri, a quien le pudimos conocer de viva voz la clase de criterio con que se quiere manejar la red de medios públicos del país al referirse al presentador de Los Puros Criollos y ordenar matar el programa. En lo que lleva este gobierno, han ocurrido al menos 2 episodios más de censura en los medios públicos, con La Señal de la Mañana de Radio Nacional y con el programa Mimbre del Canal Institucional.

Si les exigimos veracidad, imparcialidad y calidad a los medios de comunicación privados, con los medios públicos la exigencia debe ser absoluta, porque su operación se hace con recursos públicos, que nos pertenecen a todos los colombianos. Debería hacerse una veeduría ciudadana a la elección del próximo director de RTVC, para que al menos se garantice que cumple con el mínimo requisito, entender en dónde va a estar sentado.

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