OPINIÓN

Harold Castilla Devoz

Colombia tiene documentos sobre IA, lo que no tiene es una política

Un país no gana claridad repitiendo consignas sobre la innovación, sino sometiendo sus decisiones tecnológicas al escrutinio.
25 de agosto de 2026 a las 10:00 a. m.

Hace 15 días se posesionó un gobierno nuevo. En su discurso prometió incorporar a Colombia a la cuarta revolución industrial, priorizar la educación en inteligencia artificial, programación, ciencia de datos y robótica, y afirmó que nuestros jóvenes deben ser creadores y no simples consumidores de tecnología ajena. Aunque la orientación es correcta, no incluyó una sola cifra, meta ni asignación presupuestal. No lo señalo como reproche a una administración de 12 días, sino porque describe con exactitud el estado del país: llevamos años hablando de inteligencia artificial sin haber tomado una decisión política de fondo. Y la claridad política, en este caso, no consiste en tener una opinión sobre la tecnología, sino en decidir, financiar lo decidido y responder por el resultado.

Empecemos por el inventario honesto, porque no partimos de cero. Colombia adoptó el primer marco ético de inteligencia artificial para el sector público de América Latina; se aprobó el Conpes 4144, la Política Nacional de Inteligencia Artificial; se presentó, con la Unesco, el informe de evaluación de preparación del país en gobernanza ética; y se sancionó la Ley 2502. Ahora, veamos el otro lado del balance. El proyecto de ley que regula la inteligencia artificial se radicó, pero se hundió, se volvió a radicar, recibió mensaje de urgencia presidencial y en mayo de 2026 seguía en primer debate. De los diez proyectos tramitados en la legislatura 2024-2025, se aprobó uno y se archivaron nueve. La reforma a la ley de protección de datos fue archivada. La ley de datos del Estado se quedó en el tercer debate. Y del Conpes 4144 no hay informe público de avance. Tenemos documentos, pero lo que no tenemos es una política. La diferencia entre las dos cosas es sencilla: un documento describe; una política decide y paga. Y ahí la prueba es aritmética. El presupuesto, por ejemplo, de MinCiencias pasó de cerca de 267.000 millones de pesos en 2025 a poco más de 120.000 millones en el proyecto de 2026. Invertimos alrededor del 0,3 % del PIB en investigación y desarrollo frente al 2,71 % del promedio de la OCDE, graduamos 18,3 doctores por millón de habitantes cuando el promedio latinoamericano es 65, y bajamos del puesto 61 al 71 en el Índice Global de Innovación. Este deterioro viene de varios períodos y de varios colores políticos, y no se corrige con un cambio de gobierno, sino con un acuerdo de Estado que sobreviva a los gobiernos.

En la política educativa es donde el problema se vuelve estructural. Según el formulario C600 del DANE, 21.343 sedes educativas del país no tienen internet, y 5.450 no tienen servicio eléctrico. En las pruebas Pisa 2022 obtuvimos 383 puntos en matemáticas frente a 472 del promedio de la OCDE. En Saber 11 de 2025, la brecha entre colegios privados y oficiales creció a 31 puntos y la brecha urbano-rural, a 26. Sobre esa base material queremos formar creadores de tecnología. Mientras tanto, estudiantes y docentes ya decidieron sin esperarnos, porque la usan sin haber recibido ninguna formación, siendo primeros en adoptarlas. Y no existe un lineamiento vinculante del Ministerio de Educación sobre su uso en el aula.

Traducido a política pública: sin reglas, la inteligencia artificial no cierra las brechas educativas del país; las ensancha. Y no decidir también es decidir, solo que por omisión y a costa de los mismos de siempre. No se trata de hacer más diagnósticos o de formular preguntas retóricas sobre la inteligencia artificial, sino de actuar para crear la política necesaria y definir bajo qué fines se diseña, con qué datos se alimenta, quién la gobierna, cómo se regula y a quién rinde cuentas.

Un país no gana claridad repitiendo consignas sobre la innovación, sino sometiendo sus decisiones tecnológicas al escrutinio, al dato y a la rendición de cuentas. Colombia difícilmente va a liderar esta transformación, pero sí está a tiempo de decidir qué papel quiere desempeñar en ella. Porque un país que no decide sobre su tecnología no se queda neutral: acepta, sin haberla discutido, la decisión de otros.