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Opinión

  • | 2018/01/17 08:33

    Punto de inflexión

    Agotada, al parecer, la posibilidad de continuar la implementación normativa del Acuerdo con las Farc, todavía el actual gobierno puede realizar importantes aportes

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El Gobierno siempre tuvo claro que los tiempos del ciclo político corrían en su contra. Por eso presionó hasta donde pudo al Congreso para que convalidara el portafolio de convenios pactado con las Farc. Su magnitud es tal que resulta casi inevitable asumir que Colombia era un Estado fallido, ominosa condición de la que vienen a salvarnos, gracias al Acuerdo Final, los antiguos alzados en armas. ¡Vaya paradoja!

Todavía no sabemos si la disputa judicial con el Congreso, propiciada con tanta audacia por el Gobierno, culminará con la aprobación de los 16 curules temporales que han resuelto denominar, con laxitud lingüística e ingenuidad, para las “víctimas”, aunque sí podemos conjeturar que esa querella puede haber liquidado las magras mayorías parlamentarias que le quedaban. Si esta hipótesis es correcta, es cercana a cero la posibilidad de que la compleja arquitectura de la JEP -sin duda, eje del Acuerdo- pueda funcionar a plenitud antes de que se posesione el nuevo gobierno.

Recuerden ustedes que está pendiente el fallo de la Corte sobre la ley estatutaria votada a fines del año, el cual se conocerá en un par de meses, y vendrá a completar lo que podríamos llamar el “hardware” de la justicia especial. Será menester enseguida definir el “software”, es decir, las normas de procedimiento judicial, tarea que corresponderá ejecutar a los nuevos magistrados, las cuales, luego de aprobadas por el Congreso, deberán pasar el examen de la Corte. Desde esta óptica es irrelevante la posesión de buena parte de los magistrados que por estos días se ha realizado; pueden pedalear, pero en bicicleta estática.

Esta tardanza tiene consecuencias importantes, malas y buenas. Malo -y grave- es que vivimos en una situación de impunidad total con relación a los crímenes cometidos durante el conflicto. La justicia ordinaria está paralizada y los nuevos jueces carecen, por ahora, de competencia para asumir causas penales. ¿Nada que decir señoras y señores que contienden por la Presidencia?

Hay, sin embargo, un aspecto positivo: será necesaria la intervención de los congresistas y del presidente que elijamos en las urnas para que el sistema de justicia estipulado con las Farc pueda operar. Esta circunstancia abre la posibilidad de que no solo con relación a la JEP, sino con todos los asuntos determinados en el Acuerdo, se pueda lograr un consenso político que garantice su sostenibilidad. La solución consistente en bloquear la Constitución para proteger los designios de unas mayorías que mañana pueden dejar de serlo no fue adecuada. Es posible que se convierta en un bumerán electoral.

Ya en plena campaña, anhelo que los candidatos a la presidencia y al Parlamento que han respaldado el actual proceso se convenzan de que, siendo valioso finiquitar el conflicto con las Farc, el precio no puede consistir en el mantenimiento de la grieta profunda que hoy divide a los colombianos. A comienzos del siglo pasado y, luego, a media centuria, los partidos políticos, a pesar de sus hondas divergencias, fueron capaces de encontrar fórmulas de reconciliación que garantizaron paz y progreso. Los acuerdos de Neerlandia y el buque Wisconsin, en 1902, nos sacaron de la Guerra de los Mil Días. Los pactos de Benidorm, en 1956, y Sitges el año siguiente, hicieron posible superar la era trágica que conocemos como de “La Violencia”.

A su vez, quienes pretendan triunfar en las elecciones convencidos de que el país requiere un cambio de rumbo, incluyendo ajustes en los convenios con la guerrilla, deberán advertir que el reloj de la historia nunca retrocede; que cuando ya se ha atravesado más de la mitad de una corriente turbulenta, craso error sería tratar de regresar al punto de partida. O en concreto: que hay que preservar el gran logro de la desmovilización de las Farc, objetivo que todos los gobiernos, desde la Administración Turbay, persiguieron sin lograrlo. Por eso las amnistías y espacios políticos ya concedidos, al igual que las medidas para reintegrar los antiguos alzados en armas, tendrían que ser respetados.

El Gobierno, que tardíamente descubre la inusitada expansión de los cultivos de coca, hace lo que puede para recuperar el tiempo perdido. Parte de su estrategia consiste en la erradicación voluntaria de los cultivos. Bien que así sea por razones humanitarias. Pero seamos conscientes de los riesgos que ello implica: nada impide volver a sembrar una vez se reciban las recompensas prometidas, (si es que ellas llegan); cultivar maíz, palma, cacao u otros cultivos lícitos en los mismos terrenos puede ser un disparate, tanto agrológico como ambiental; la logística para colocar esos productos en el mercado tal vez carezca de factibilidad.

Cabría pensar en un plan ambicioso de colonización voluntaria apoyado por el Estado para aquellas familias dedicadas al cultivo de coca en ciertas zonas de los departamentos de Nariño, Putumayo y Chocó. Se trataría de hacerles una oferta integral de bienes y servicios para que, en tierras mejores por su calidad y ubicación, puedan iniciar una nueva vida.  Esta propuesta cuenta a su favor con un antecedente notable: el proceso de colonización antioqueña hacia el sur de Colombia por ambas vertientes de la cordillera central. El motor económico de esa migración, que duró más de cien años, fue el café. Que generó riqueza y distribuyó el ingreso, financió la industrialización, la infraestructura vial y la electrificación, y permitió establecer las primeras redes de seguridad social.

No tiene el presidente Santos el tiempo necesario para poner en obra un plan tan ambicioso como el que aquí se esboza. Podría, sin embargo, constituir una misión, técnicamente calificada y plural desde la óptica política, para que siente las bases de un proyecto que podría permitirnos abrir, en los campos de Colombia, un nuevo ciclo de paz y progreso. Que somos capaces de lograrlo está demostrado por la historia.

Briznas poéticas. Wislawa Szymborska mira con asombro: “Golondrina espina de la nube,/ áncora del aire,/ Ícaro mejorado,/ frac ascendido al cielo/ golondrina, caligrafía,/ manecilla sin minutos,/ gótico temprano de pájaros/ estrabismo en los cielos,/...silencio cortante,/ luto alegre,/ aureola de los amantes/”.

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