opinión

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- Foto: Juan Carlos Sierra

Tarot

Para la ciencia el futuro no existe y el destino no está escrito en ninguna parte, pero hay trayectorias que hacen parcialmente predecible el desenlace de ciertos hechos pues existen leyes en la naturaleza que lo permiten.


Por: Brigitte Baptiste

Es tiempo de predicciones de principio de año y todos los autoproclamados brujos y brujas compiten para responder a los incautos que se preguntan si conseguirán pareja, si ganará su candidato en las elecciones, o cierto equipo el campeonato. ¿Habrá futuro para mi negocio? ¿Firmará la paz el ELN? ¿Sobrevivirá la humanidad al cambio climático?

A muchos científicos se les hacen las mismas preguntas, con la esperanza de que sus malabares estadísticos sean más confiables que las entrañas del águila o una tirada de dados, mostrando cómo la incertidumbre juega un papel curioso en nuestras vidas. Por un lado es el fundamento de la libertad, por el otro del miedo al porvenir. Para la ciencia el futuro no existe y el destino no está escrito en ninguna parte, pero hay trayectorias que hacen parcialmente predecible el desenlace de ciertos hechos pues existen leyes en la naturaleza que lo permiten (a menudo deducidas de las entrañas de ratones… de laboratorio). Las personas crecemos en medio de las tensiones que implican lo efímero del presente, pues todo es un instante y al tiempo un tejido de expectativas y recuerdos que dan la impresión de cierta extensión, aunque en sentido estricto el tiempo sea ilusorio.

Pese al triunfo aparente del racionalismo, los oráculos persisten y se manifiestan torpemente en las revistas de medio pelo como placebo para la frustración de quienes actúan como si estuviesen atrapados por el destino, inexorablemente condenados por la crudeza de los hechos cotidianos, incapaces de crear su futuro. Predicciones imposibles con el número de la suerte o de amantes en el porvenir abren puertas de esperanza, pero al tiempo entregan la voluntad. Sin embargo, existen algunos tarotistas extraños que no hacen eso y saben que utilizar un mecanismo ritual para atacar la ilusión del tiempo linear y la falacia del destino es posible: abren, textualmente, otras cartas para liberar la mente de sus propias limitaciones.

Jodorowsy, uno de los grandes lectores del tarot, reconoce la complejidad de nuestras mentes y personalidades y usa en consonancia el poder desatado por otros lenguajes, palabras y artes para empoderar el presente, no para capturar el futuro. Mis amigas tarotistas saben que al fin y al cabo la brujas nacieron como científicas conscientes de la imposibilidad de convencer al mundo para actuar solo con evidencias simples, siempre incompletas, de hechos que responden a dinámicas complejas y que por tanto se requiere provocar rupturas en aquellas narraciones cotidianas que acaban por convertirse en rutinas letales, trampas mortales tejidas por “el sistema”: la única manera de hacernos conscientes de que el futuro está en nuestras manos.

El tarot no es más absurdo que muchas terapias si se entiende como una búsqueda estética de horizontes basada en la superación de las limitaciones de pensamiento lineal, que no tiene nada que ver con las constelaciones, ni los ángeles, ni las gemas, ni las “energías” de los vendedores de carreta, pero sí con los misterios del inconsciente que afectan nuestro comportamiento. Si se entiende que no es para hacer predicciones, ayudará a traer a la cotidianidad la posibilidad de zafarnos de ellas.