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Opinión

  • | 2019/04/13 23:07

    Con esos amigos...

    En tiempos de elecciones, es mucho más fácil echarle la culpa a Colombia, al enemigo externo, que encarar sus propias derrotas.

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Hace un año, Colombia era el país que emergía luego de haber logrado acabar con una de las guerras más largas del mundo. Por primera vez se nos reconocía no solo como un nuevo destino turístico sino como un país bueno para invertir.

Un año después, las cosas han cambiado drásticamente. Desde que el presidente Iván Duque llegó al poder la Unión Europea empieza a perder confianza en la voluntad que tiene este Gobierno para implementar el acuerdo de paz y los Estados Unidos, nuestro mejor aliado, nos trata como si fuéramos el demonio y su peor enemigo.

Aún más sorprendente es que Trump le haya dado por vapulear a un presidente como Duque que ha sido tan especialmente servil y genuflexo.  

Duque ha aceptado todo lo que Trump le ha impuesto en materia de la lucha contra las drogas: está haciendo hasta lo imposible para que vuelva la fumigación aérea con glifosato, así eso suponga un problema de salud pública; se ha esforzado por ponerle palos en la rueda a la JEP por habérsele atravesado a los Estados Unidos en la extradición de Jesús Santrich. 

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Se ha convertido en la punta de lanza de la estrategia de Washington para sacar del poder a Maduro, a sabiendas de lo que podría significarle a Colombia una eventual decisión de fuerza. Y por si fuera poco hay indicios de que el lobby farmacéutico, que en su gran mayoría es republicano, se ha reunido con el embajador Francisco Santos con el propósito de frenar la política farmacéutica que planteó el Gobierno anterior e impedir que sigan bajando el precio de los medicamentos.

Más genuflexión, imposible y sin embargo, repito, públicamente Trump lo considera un fracasado porque no ha podido solucionar el aumento de cultivos de coca en el país. 

Pero hay más: Cúcuta, la ciudad a la que van todos los congresistas norteamericanos y a la que va a ir Mike Pompeo en los próximos días, –en ella ha estado hasta el todopoderoso senador Marco Rubio–, fue incluida esta semana en la lista de los lugares más peligrosos para los turistas estadounidenses en la que además, según información publicada por El Espectador, “Colombia figura como uno de los países más peligrosos del mundo”. Otro revés diplomático para Duque, un presidente que no ha hecho sino complacer a Trump en todos sus designios.

Es decir, Cúcuta sí sirve de plataforma política para que los congresistas norteamericanos puedan ir allá a demostrarles a sus votantes hispanos que están haciendo todo para acabar con Maduro; hasta Mike Pompeo puede ir sin ningún temor, lo mismo que los músicos internacionales y presidentes latinoamericanos, pero resulta muy inseguro para los turistas norteamericanos. ¿Qué nos pasa? 

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Hoy nuestro mejor aliado nos trata con el mismo desdén con que Washington nos trataba en los ochenta, cuando Pablo Escobar y sus socios manejaban la distribución y producción de cocaína mientras ponían bombas en los centros comerciales, volaban aviones y mataban a candidatos, policías y periodistas. A Trump se le olvida que los muertos en esta guerra de las drogas, que funciona como una bicicleta estática, los hemos puesto los colombianos. 

Trump está molesto por el aumento de los cultivos de coca, pero Duque, el abyecto, no ha sido capaz de recabar en la  responsabilidad que cargan los Estados Unidos en materia de consumo ni cuestionar el poco éxito que ha tenido la administración Trump en el control de la epidemia de consumo de opiáceos que padece su país.

Al parecer, Colombia es hoy el trompo de poner en los rallys electorales de Trump para justificar el alto consumo de drogas que hay en su país. Los Estados Unidos están ante una de las peores epidemias de consumo de opiáceos de su historia: 70.000 personas murieron el año pasado y por primera vez se ha registrado una disminución en la esperanza de vida de ese país. 

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Es cierto que el aumento considerable en las hectáreas cultivadas de coca es un desafío que deber ser enfrentado aprendiendo de las lecciones del pasado para evitar volver a cometer los mismos errores. Pero no se le puede achacar el problema de consumo que padece Estados Unidos a lo que sucede en Colombia. 

Ahora bien, en tiempos de elecciones, es mucho más fácil echarle la culpa a Colombia, al enemigo externo, que encarar sus propias derrotas.

Ahora bien, en tiempos de elecciones, es mucho más fácil echarle la culpa a Colombia, al enemigo externo, que encarar sus propias derrotas. El problema de las drogas en Estados Unidos no es culpa de Colombia; es sobre todo un problema interno que socava a su sociedad. El enemigo no es Colombia, son ellos mismos.  

Trump quiere convertir a Colombia en el instrumento para ganar las próximas elecciones especialmente en La Florida, estado que necesita tener a su favor para poder salir airoso. Ojalá nuestra diplomacia genuflexa se dé cuenta a tiempo de lo que se nos viene pierna arriba y cambie de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Con esos amigos, para qué enemigos. 

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