OPINIÓN

Carolina Gómez

Del abandono de las regiones al primer empalme regional de la historia

Petro gobernó de espalda a los territorios; Abelardo empieza escuchando a los alcaldes y gobernadores en el primer empalme regional de la historia.
9 de julio de 2026 a las 10:00 a. m.

Hay conversaciones que explican mejor un gobierno que cualquier discurso presidencial y eso me pasó hace unos días cuando entrevisté en el programa Al punto de Red+ Noticias, a la gobernadora del Meta y presidenta de la Federación Nacional de Departamentos, Rafaela Cortés.

Su reflexión fue demoledora: los gobernadores no fueron escuchados por Gustavo Petro y las regiones terminaron relegadas en las prioridades del Gobierno.

No me sorprendió.

Porque si algo caracterizó a Petro fue la obsesión por las batallas ideológicas, incluso cuando el país pedía a gritos soluciones. En muchas oportunidades parecía que para el presidente Petro era más importante ganar una discusión política, que resolver los problemas de millones de colombianos.

Uno de los ejemplos más evidentes fue el Metro de Bogotá.

Mientras la ciudad esperaba que por fin, después de décadas de promesas la obra avanzara, el presidente decidió insistir en cambiar el proyecto. Incluso viajó a China para abordar ese tema con el presidente de ese país y lograr el retraso del avance de la obra. El episodio simbolizó un Gobierno más concentrado en librar un pulso político con la administración de Carlos Fernando Galán que en permitir que una obra estratégica siguiera su curso. Hoy, el metro ha avanzado pero no de la forma que se esperaba si tan solo el Gobierno Petro no hubiese puesto tanto palo en la rueda.

Ese estilo fue el mismo en la relación con los departamentos. Colombia tiene 32 gobernadores y más de mil alcaldes elegidos por voto popular. Gobernar con ellos no debería ser una concesión; debería ser una obligación democrática, porque cuando las regiones no son escuchadas, el país entero pierde.

Con Petro los departamentos reclamaban mayor seguridad, vías, inversión y presencia institucional, pero el Gobierno hablaba un idioma distinto.

Las regiones pedían gestión y desde Bogotá llegaban discursos. Las regiones pedían coordinación y recibían confrontación. Las regiones pedían Estado y encontraban distancia.

Por eso el primer empalme regional de la historia colombiana convocado por el presidente electo, Abelardo De La Espriella, con alcaldes y gobernadores en Norte de Santander marca el inicio de un nuevo orden y el reconocimiento de que quienes administran los territorios también deben ayudar a construir las prioridades nacionales.

Eso nunca debió ser una novedad. Pero terminó siéndolo gracias al desgobierno de Gustavo Petro.

Escribo esta columna también desde mi propia historia.

Nací en Arauca. Llegué siendo niña a Bogotá junto a mi familia buscando las oportunidades que la violencia y el abandono estatal nos negaban en nuestra tierra. Como millones de colombianos, crecí entendiendo que hay un país que rara vez aparece en los grandes discursos, pero que carga sobre sus hombros las consecuencias de las malas decisiones de los gobiernos.

Por eso me indigna ver como durante cuatro años las regiones fueron un asunto sin importancia. Porque cuando el Estado le da la espalda a los territorios, no está abandonando un mapa; está abandonando a millones de personas.

Pero hoy Colombia tiene la oportunidad de cambiar esa lógica con el Gobierno de Abelardo De La Espriella.

La seguridad no se recupera desde los escritorios de Bogotá. La prosperidad no nace de discursos ideológicos. El desarrollo no se decreta desde una tarima. Se construye escuchando a quienes conocen las necesidades del país EN LAS REGIONES.

Pero el futuro es prometedor con el punto de partida: el empalme regional en Cúcuta.

El presidente electo, Abelardo de la Espriella, con esa decisión, entendió que Colombia no se gobierna para alimentar egos políticos ni para librar guerras ideológicas. Se gobierna para que un niño de Arauca, del Catatumbo, del Chocó, del Cauca, de La Guajira o del Putumayo no tenga que abandonar su tierra buscando en otra ciudad las oportunidades que el Estado fue incapaz de garantizarle.

Y ojalá ese sea siempre el sello del nuevo Gobierno. Menos confrontación ideológica y más resultados. Menos discursos eternos para las redes sociales y más decisiones para la gente.

Porque las regiones necesitan un Estado que las escuche, las respete y las gobierne. Si ese cambio se consolida, el mayor contraste del Gobierno entrante con el gobierno Petro será que por fin, Colombia empezó a gobernarse desde donde siempre debió hacerlo: desde sus regiones.