Según el Decreto 2590 de 2022, el Presupuesto General de la Nación para el Congreso en 2023 fue de 945.259.289.350 pesos, casi un billón. Paradójicamente, este desembolso monumental no se traduce en un desempeño mejorado, sino que destaca la urgencia imperante de una transformación radical en el mismo.
¿Cómo justificar semejante gasto cuando la ciudadanía percibe una institución desgastada, corrupta y poco efectiva?
¿Cómo no estar de acuerdo en que este debe ser reducido por lo menos a la mitad?
¿Cómo no estar asqueados de la galería en que este se volvió, en que las acusaciones de radio-pasillo que han transcendido a las esferas judiciales hablan de acoso sexual, consumo de drogas, peleas por coimas, etc.?
A lo largo de los años hemos sido testigos del progresivo desprestigio de nuestras instituciones, con el Congreso de la República a la cabeza, afectado por razones políticas, económicas, chantajes y bandidajes.
Es lamentable ver cómo algunos partidos políticos se reúnen a puerta cerrada con ministros del Gobierno Petro para negociar la votación de las reformas y, al tiempo, ante la opinión pública, asumen una posición de rechazo a las mismas para engañar a la gente.
Este juego de doble discurso arroja sombras sobre la transparencia y la honestidad que debería caracterizar nuestra democracia.
El deterioro moral y profesional de esta institución ha superado todas las preocupaciones previas, sorprendiendo por su magnitud.
Los congresistas actuales, inmersos en coimas y empeñados en aprobar reformas nefastas, exhiben con orgullo una pobreza ética e intelectual nunca antes vista, transformando el Congreso en un circo de pueblo, lejos de su función original.
A poco más de dos años de las elecciones para renovarlo, es imperativo analizar con juicio a estos inescrupulosos personajes, determinando a quiénes castigaremos democráticamente con nuestro voto, para que nunca vuelvan a representarnos.
Paralelamente, debemos prepararnos para elegir en el nuevo Congreso líderes con solvencia política y moral, capaces de corregir el rumbo desastroso que nos dejará el Pacto Histórico.
Responsabilidad igual tiene el CNE, quien en una feria frenética y sin ningún reato se dedicaron a retrotraer nuestra democracia a las nefastas épocas de los partidos de garaje. A hoy han autorizado 34 de las más diferentes pelambres. Así es imposible ejercer un verdadero control sobre los actores de nuestra actividad política.
Esta arbitraria decisión ha terminado por fracturar la necesaria dirección de los partidos, otrora desempeñada por grandes figuras de nuestra patria.
Hoy, estas famiempresas se volvieron dirigencias parlamentarias, donde son estos y no sus directores quienes mandan.
El deterioro llega a tal punto que las necesarias listas cerradas, donde se podrían filtrar nombres y capacidades, jamás se dieron como paso en el Pacto Histórico, y hoy sufrimos las consecuencias de tal proceder.
Adenda 1: Quienes se sorprenden por las condecoraciones del presidente Petro a sus funcionarios más cuestionados olvidan que Calígula nombró cónsul a Incitatus, su caballo preferido.
