OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

Destruir el pasado

La pretensión de reescribir la historia, destruyendo los mojones que la recuerdan, es absurdo. Se requiere un dialogo profundo sobre lo que somos como nación única y plural
19 de octubre de 2021 a las 5:41 p. m.

En el año 385 d. C. el templo de la diosa Venus en la ciudad de Palmira, ubicada en el desierto sirio, fue destruido por una turba iconoclasta. Se conserva casi intacta la bellísima cabeza de la diosa esculpida en mármol a la que le fue grabada en su frente una cruz. Esta es una acción emblemática entre las muchas realizadas por los cristianos, una vez lograron conquistar el imperio romano, para arrasar las culturas antiguas, actitud que marca un contraste notable con la de los romanos cuando se impusieron sobre los griegos. En vez de avasallar su rica cultura resolvieron hacerla propia, tal vez un caso único en la historia. Escrita siete siglos después de la Ilíada y la Odisea, la Eneida, epopeya fundamental de los romanos, comienza en el asedio de Troya; Eneas, su protagonista, es retomado por Virgilio en donde Homero lo dejó: luchando por su ciudad. La magia de la literatura permite salvar un abismo temporal enorme.

La fractura de la Iglesia generada por la rebelión de Lutero en el siglo XVI, dio origen a una intensa ola de destrucción de imágenes religiosas en aquellas partes de Europa en donde el protestantismo se impuso: como Dios no puede ser representado sin menoscabo de su divinidad, son heréticos los esfuerzos que con ese objetivo se realicen. La catedral de Ginebra, emblema del calvinismo, contrasta en su desnudez absoluta con la basílica de San Pedro en el Vaticano, un recinto pletórico de imágenes. El ritual católico, abundante en iconografías, se parece mucho al paganismo antiguo.

Ese mismo furor destructivo de los cristianos contra las culturas de los pueblos politeístas por ellos dominados se manifestó en la conquista de América, un encuentro entre los pueblos originarios y los europeos en el que aquellos fueron los perdedores. Más que por el poder bélico de los conquistadores, la población aborigen fue diezmada por los virus traídos de ignotas tierras. Desde el punto de vista cultural, impusieron su religión, su lengua y sus instituciones, e hicieron lo que estuvo a su alcance por avasallar las antiguas. Tuvieron éxito. Las guerras de independencia fueron entre españoles nacidos en la metrópoli y sus descendientes. Los indígenas poco contaron.

Al igual que en otras partes, aquí hemos vivido una nueva ola iconoclasta. Tres son sus características. (i) Es de orden político, no religioso; (ii) sus protagonistas fundamentales han sido los integrantes de una sola etnia -los misak o guámbianos-; (iii) y la respuesta del Estado ha consistido, en lo esencial, en no hacer reproches y retirar las estatuas que considera amenazadas. Esta es la estrategia del avestruz que hunde la cabeza en la arena cuando arrecia el vendaval. Tampoco es adecuada la política seguida en México, que consiste en sustituir la estatua de Cristóbal Colón en el paseo de La Reforma por una figura indígena, y pedir a España que presente excusas por los crímenes cometidos durante el periodo colonial. Con esta misma lógica España tendría que reclamar a los países árabes por su presencia de siglos en Iberia, e Inglaterra a Noruega por las invasiones vikingas. Para colmo López Obrador omite considerar que nuestros países son resultado de un mestizaje profundo e irreversible.

Lo primero que habría que hacer es reconocer que, en efecto, tenemos un conflicto político no resuelto que puede estallar de nuevo. Esto fue evidente durante los terribles días de las movilizaciones y bloqueos de hace unos meses. Para mi resulta evidente que las marchas indígenas sobre Cali fueron desafiantes y desbordaron el ámbito del derecho de protesta. Los documentos de entonces plantean reivindicaciones de tal calado que parecen difíciles de armonizar con la unidad nacional bajo las normas propias de la república. En alguno de ellos de manera subliminal se plantea que la vía panamericana pertenece a ciertas etnias y que, por lo tanto, ellas tienen el derecho a cerrarla como tantas veces ha sucedido.

No fue menos preocupante la respuesta de algunos dirigentes políticos y de la sociedad civil. El presidente del Partido Conservador señaló que los indígenas salen de “su hábitat natural a perturbar la vida ciudadana” (postura que muchos comparten), sin advertir que los indígenas gozan, al igual que nosotros, del derecho a movilizarse por todo el territorio nacional. De manera espontánea -porque eso es lo que escuchaban en las calles- los reporteros hablaron de enfrentamientos entre indígenas y ciudadanos, como si fueren categorías antagónicas. No lo son, en teoría, pero que así se perciba es indicativo de la brecha que nos separa.

Así como las erupciones volcánicas son súbitas, la calma de estos días no implica que los problemas estén superados. Es este el momento para adelantar debates académicos y políticos adecuadamente estructurados para entender a cabalidad lo que nos pasa y explorar los caminos para resolverlos. Es un buen comienzo sustituir el día de la raza, que celebra exclusivamente el ancestro hispánico, por el de la diversidad étnica, que se encuentra más a tono con los valores y la cultura de hoy. Las experiencias de otros países, tales como Canadá y Australia, podrían servirnos. En cualquier caso, no esperemos a estar de nuevo a ambos lados de una barricada, rodeados de llantas quemadas y gases lacrimógenos, intentando conversar a los gritos. La protesta social es un derecho; también manifestación clara del fracaso de la sociedad para resolver sus problemas.

Algo deberían hacer los aspirantes a gobernarnos en el próximo turno que tan empecinados andan en derrotarse entre sí. Frente a los indígenas tengo la impresión de que Petro les lleva kilómetros de ventaja. ¡Ojo al 2022!

Briznas poéticas. Un fragmento de Virginia Woolf: Si aquel azul pudiera durar eternamente, si aquel hueco entre las nubes pudiera durar eternamente, si este instante pudiera durar para siempre.