El flamante exministro de Salud de Petro, Guillermo Alfonso Jaramillo, en días pasados salió públicamente a defender “su buen nombre” frente a los claros señalamientos que la nueva administración del Ministerio de Salud hizo con base en los hallazgos y evidencias de su gestión.
Con toda la información y los argumentos encontrados, seguramente habrá mucha tela que cortar. Aun faltando actividades y decisiones por auditar, el señor Jaramillo —como corresponde— tendrá que responder ante las autoridades pertinentes. Sin embargo, hay un asunto que por sus cifras marca un exabrupto: el de los equipos comunitarios de salud que se inventó la exministra Corcho y que Jaramillo —según su opinión y la de su jefe— extendió por todo el país.
Transcurridos casi cuatro años desde que el gobierno Petro lanzó en Aracataca (Magdalena) el “Modelo de salud preventivo y predictivo”, fundamentado en los equipos básicos, a estas alturas el país permanece en la más profunda oscuridad sobre los resultados y desenlaces de la ‘inefable estrategia’.
De acuerdo con el propio documento de lineamientos del Ministerio de Salud y Protección Social, se ‘invirtieron’ 6,8 billones de pesos entre 2022 y 2026. La mayoría de estos recursos fueron dineros esquilmados de la unidad por capitación (UPC) que sustenta el aseguramiento y la atención en salud de todos los colombianos. Esa friolera de medios financieros fueron los faltantes que ocasionaron directamente el más grande desabastecimiento de servicios y medicamentos que han sufrido los colombianos en las últimas cuatro décadas, y que hoy tiene al borde de la muerte a más de 35.000 compatriotas.
Son varias las inquietudes de fondo que nos asaltan hoy: ¿cómo puede un ente público invertir tantos billones de pesos en un programa sin que se planteara la más estricta evaluación de metas y resultados sobre la salud de los colombianos? ¿Cómo es posible que no exista ni el tablero más básico de resultados de este proceso para que los investigadores e interesados pudieran conocer qué pasó?
La experiencia cualitativa recogida en diferentes informes periodísticos reveló que, mientras Petro hablaba de 10.800 equipos básicos y 90.000 enfermeras y médicos movilizados por todo el país, la realidad fue que los equipos “contratados” figuraron como inactivos dentro del repositorio contractual del propio Ministerio. Una total opacidad imperó hasta enero de este año, cuando la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas denunció que el Ministerio de Salud de Jaramillo no había entregado respuestas de fondo que permitieran evaluar la millonaria inversión. Fácilmente la Contraloría General de la República tiene allí que investigar varios hallazgos administrativos, fiscales, disciplinarios y penales.
En algunos resultados de fondo deberíamos ya conocer cuántas visitas se efectuaron a los 7,5 millones de hogares que el Ministerio aseguraba haber realizado. ¿Dónde está la base de datos verificable de los 90.000 profesionales vinculados? ¿Cuántos casos fueron atendidos y cuántos derivados a hospitales y EPS para la continuidad de la atención?
El éxito de un programa no se puede medir cualitativamente en volumen físico y contratación. Los directores de los hospitales públicos deberán demostrar cómo invirtieron esos recursos ante las múltiples indicaciones de que porciones importantes de los dineros entregados fueron dedicadas a otros rubros de gasto. Petro se dedicó a propalar que la inercial reducción de la mortalidad infantil se debía a los equipos básicos, sin evidencia verificable y contrastable alguna.
Colombia no puede pasar la página de este desastre sin aprender y determinar responsabilidades directas, pecuniarias y penales. Los organismos de control no pueden simplemente quedarse en acciones de advertencia e inocuos informes detectando fallas operativas.
Finalmente, la dificultad no es el buen nombre del exministro. El problema moral y de fondo son los miles de colombianos que se enfermaron sin acceso a servicios. Esto sin contar aquellos que murieron mientras los dineros de su salud pasaban por la centrifuga de un programa, sin norte diferente al más descarnado populismo.
