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Opinión

  • | 1982/10/18 00:00

    EL ESPEJO DE UN PASADO

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Nuestra última gestión en el Líbano fue la de tratar de entrevistar a Gemayel. Hacía dos horas habíamos abandonado Beirut occidental y estábamos en el cuartel general de la milicia falangista, en Ain El-Remmaneh, en el corazón de Beirut oriental, tierra sagrada del Kataeb.
Si no fuera por la presencia de los milicianos, el cuartel general de la falange podría pasar desapercibido o mejor, asimilarse a un convento. Por todas partes estatuas y estampas de la Virgen.
Los propios milicianos llevaban en sus uniformes una cruz y una pequeña estampita de la Virgen. El servicio de prensa del Kataeb, el partido de Gemayel, nos había sugerido abandonar el lugar y seguir nuestra ruta, sin detenernos, hacia Damasco. El haber pasado varios días cubriendo la crisis libanesa en Beirut occidental, nos marcaba como una terrible tara frente a los falangistas... Se nos miraba como "periodistas que venían de Fakhani", donde estaba situado el cuartel general de la OLP.
Una miliciana de unos 19 años, con revólver al cinto y capucha cubriendo su rostro, nos dijo en francés "Están locos. El Sheik no les va a dar ni el saludo. Lo mejor es que abandonen cuanto antes este lugar". Eso nos disponíamos a hacer cuando, de repente, apareció Gemayel. Estaba acompañado de su guardia personal, unas 20 personas, varias mujeres con el rostro cubierto, Jean Nader su número dos y Karim Pakradoumi quien manejaba las relaciones exteriores de la Falange. La charla fué fugaz.
Llevaba una chaqueta beige con charreteras donde había dos cruces bordadas. Al igual que sus hombres, portaba sobre los bolsillos, a la altura del pecho, una estampita de la Virgen. Sus manos jugaban nerviosamente con una pelota de tennis.
"¿Estaban allá?" nos preguntó haciendo una referencia a nuestra permanencia en Beirut occidental. "Sí, somos periodistas" le respondimos. Nos extendió su mano y, golpeándonos suavemente en el hombro, dijo con una tímida sonrisa de adolescente y su mirada profunda: "Hoy no podemos hablar largo. Siempre hay problemas. Pero vengan para mi posesión y les doy una entrevista amplia. Ahora lo mejor es que sigan su ruta hacia Damasco. A bien Tot", se alejó, lentamente, jugando con su pequeña pelota de tennis.
Cuando me despedí de él, jamás pensé que una semana después sería brutalmente asesinado. Pensaba en las palabras de su "Canciller" Pakradoumi, quien nos decía, al despedirnos en la puerta del Cuartel General de la Falange: "Ya verán ustedes, Béchir va a ser un gran presidente". Al fondo, a una distancia de unos diez metros, el Sheik continuaba jugando con varias milicianas. "Increíble que este 'belao' sea el nuevo presidente de El Líbano" comentamos.
Hoy ese cuartel general está en ruinas; bajó sus escombros quedaron los cuerpos atrozmente destrozados de quien iba a ser el presidente número 8 de El Líbano, y de dos de sus más próximos colaboradores, Nader y Pakradoumi.

HACIA EL PODER
Al morir, Gemayel tenía 34 años y se disponía a ser el más joven presidente del mundo.
No alcanzó a posesionarse. Su vida se tradujo en una carrera hacia el poder que había comenzado apenas en 1975. De carácter tímido, y a veces retraído, era el hijo menor de Pierre Gemayel, uno de los fundadores del partido Kataeb, la Falange, creado en 1936 a imagen y semejanza del nazismo alemán de la época y de la falange española. Si bien Béchir se sentía orgulloso de su carácter derechista y de sus orígenes pro-nazis quería convertir a su partido en una cólectividad moderna, de corte populista occidental.
A los 27 años el joven Béchir era abogado en unó de los más reputados bufetes de Beirut.
A los 29 años era ya el jefe de la principal milicia cristiana maronita, que había creado en 1975 y que, entonces, componían unos seis mil hombres. A los 33 años se convirtió en el jefe máximo de las fuerzas libanesas no musulmanas y ahora ya cerca de los 35 años, se disponía a asumir, el próximo 23 de septiembre, un mes después de su elección, la presidencia de un país que desde 1974, ha sido epicentro de las más dramáticas y sangrientas crisis en el Medio Oriente. Si bien sus enemigos, lo acusaban de ser un "dictador en incubación" y un aliado firme y seguro de Israel, sus seguidores le definían como un nacionalista orgulloso obsesionado por dos sueños: ser presidente de la República y expulsar de su país toda fuerza militar extranjera.

EL QUE A CUCHILLO MATA...
La guerra y el terrorismo habían dejado hondas e imborrables huellas en su corazón y en el de su familia. En 1979 perdió, en un atentado dirigido contra su vida a Maya, su hija mayor de apenas dos años y medio. Gemayel era el epicentro de odios y rencores de sus propios aliados maronitas que lo señalaban como el autor de varias masacres célebres en El Líbano. Se le acusó de ser el responsable de la sangrienta matanza del 7 de julio de 1980 contra su socio político de la época, el liberal nacionalista Camille Chamoun.
Se le atribuyó también la autoría intelectual de la masacre de Ehden, el 13 de junio de 1978, cuando fueron asesinadas 33 personalidades no musulmanas, entre ellas Tony Frangié, hijo del expresidente de El Líbano, Soleimán Frangié. Además el Partido Liberal Nacional de Chamoun lo responsabilizó de la ruda desaparición de sus milicias, los Maradas, que se jactaban de ser los dueños del norte de El Líbano. En el sector palestino-musulmán las tropas de la falange, rosario en mano y con la estampita de la Virgen colgando de sus ametralladoras fueron las autoras de la más horrenda masacre de que se tenga noticia en El Líbano, desde su independencia, la de Tall. El Zaatar que era, en 1976, el más grande bastión de los palestinos fue arrasado y destruido por las santas milicias de Gemayel.
Era un hombre de guerra, temible y temido. Bajo sus consignas, orden y seguridad, como un cruzado del año dos mil, tenía bajo su completo control a Beirut oriental, donde habitan cerca de un millón de personas, entre ellas lo más selecto de la alta burguesía libanesa.
Su elección, el pasado 23 de agosto, que no fue producto del voto popular se produjo dentro de una caserna vigilada por sus milicias y bajo el patrocinio de las fuerzas de invasión israelíes. Sin embargo, fue aceptada por el mundo occidental que vio en ella el principio de una salida a la sangrienta crisis libanesa.
No se vislumbraba un futuro fácil en la tarea del presidente asesinado. Condenado antes de asumir el cargo por su pasado de guerrero implacable e insensible, al momento de su muerte, trabajaba con sus asesores en la conformación de un gobierno nacional con la participación de las cuatro grandes comunidades confesionales de El Líbano: Los cristianos, los druzos, los chiítas y los sunnitas. Su pasado pesó más que sus buenos deseos. ¿Murió en su ley? Inch Allah...
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