¿Qué tienen en común una empresa que alquila infraestructura para inteligencia artificial, un banco nacido en Brasil y la posibilidad de una recuperación venezolana? Una pregunta que suele perderse entre los grandes anuncios: ¿qué convierte una promesa en prosperidad?
Esta semana conecté tres conversaciones: el nerviosismo alrededor de CoreWeave, las ideas de David Vélez sobre el futuro de la banca y una charla con un amigo venezolano. En las tres aparece la misma tensión. La tecnología abre posibilidades. El capital y las instituciones determinan quién puede aprovecharlas.
CoreWeave ofrece capacidad de cómputo para inteligencia artificial. Para atender la demanda, necesita comprar chips, asegurar electricidad y construir infraestructura antes de recibir todos los ingresos que espera de sus contratos.
Ahí aparece el reloj. Los ingresos futuros pueden ser enormes, pero los intereses se pagan hoy y la deuda tiene vencimiento. Tener clientes no elimina el riesgo de quedarse sin financiación.
La lección va más allá de una empresa: una tecnología puede transformar el mundo mientras algunos de sus primeros inversionistas pierden dinero. Acertar sobre el futuro y financiarlo bien son capacidades distintas.
David Vélez permite mirar la transformación desde el otro lado. Nubank muestra cuánto espacio existe para reducir los costos de la banca y ampliar su alcance. La inteligencia artificial puede hacer más barato atender a una persona, evaluar su situación y ofrecerle mejores decisiones financieras.
Las monedas también entran en competencia. Vélez plantea que el uso monetario podría concentrarse en muchas menos divisas. No hace falta que desaparezca el peso colombiano para que alguien prefiera ahorrar en dólares digitales.
Una persona puede recibir su salario en pesos, pagar impuestos en pesos y mantener parte de su ahorro en una stablecoin vinculada al dólar. La fintech facilita el acceso; la infraestructura cripto mueve el dinero; la inteligencia artificial ayuda a administrarlo. Para el usuario, la pregunta será cuánto cuesta y cuánta confianza ofrece.
La tercera conexión está en Venezuela.
Una conversación con un amigo me llevó a pensar en Polonia después de la caída del Muro de Berlín. Su transformación combinó apertura, empresas, inversión e integración con Europa. Tuvo costos y retrocesos. Su ventaja decisiva fue construir un marco que permitiera invertir con un horizonte cada vez más confiable.
Esa es la comparación útil para Venezuela. Antes de imaginar un auge, hay que preguntarse si será posible invertir, cobrar y reinvertir bajo reglas previsibles. Primero viene reparar servicios esenciales. Después, conectar empresas con crédito, infraestructura y mercados. La prosperidad exige sostener ese proceso durante años.
Llamo el arco del Caribe a una posibilidad regional: que la cercanía a Estados Unidos, la energía y la reorganización de las cadenas productivas abran nuevas oportunidades. Colombia podría participar. Pero la automatización reduce el valor de competir únicamente con salarios bajos. Electricidad confiable, seguridad jurídica, puertos y talento serán ventajas más duraderas.
CoreWeave necesita financiar la espera. Nubank aprovecha el costo de estructuras antiguas. Venezuela necesita condiciones para reconstruir.
Para Colombia, la pregunta es qué estamos haciendo para que estas transformaciones encuentren aquí dónde crecer.
El futuro no llega completo. Se construye con capital que pueda esperar, instituciones que merezcan confianza y empresas capaces de ejecutar.
