OPINIÓN

Margarita Ortega

La vida y su tumba’o

Uno se pasa la vida contando historias y termina sospechando que hasta la propia viene con dirección de escena.
18 de octubre de 2026 a las 12:22 p. m.

Hay cosas que uno no se espera. De pronto, de un día para otro, se suspende ese tiempo en el que presenté noticias todas las noches, después de pasar tanto tiempo, tanto años, contando lo que ocurre en un mundo empeñado en demostrar que la realidad no necesita guionistas y, entonces, la vida, en su sabiduría y generosidad, me regresa a la ficción, a la actuación, a ese oficio que también es casa, que también es hogar y justo, cuando mirar mejor, escuchar distinto, afinar de nuevo los sentidos y poner otras medidas en la balanza de la percepción para dejarse sorprender por otras ideas, por renovadas emociones, cuando hay que afinar el alma y re sensibilizarse frente al mundo en modo observación; quien lo iba a imaginar… aparece, de la nada, sin aviso y porque sí, porque este cuerpo es un rebelde sin causa, algo que me resultaba desconocido desde sus primeras instancias, es decir, nunca supe lo que era un dolor de cabeza y ahora descubrí, por imposición, el significado completico de la migraña y con aura. ¿Disculpen? ¿Esto venía incluido en el plan de estudios? Otra vez ignorante de esta movida. No solo aprendo todos los días, es que no pasa un segundo en el que no surja un nuevo ¿Y ahora cómo será esto? ¡Bendita mediana edad que jamás defraudas!

Desde hace unos días soy parte del club de los y las migrañosas. No sabía que éramos tantos. Es un nuevo club, de hecho, me he dado cuenta que entré tarde, cosas de las hormonas, porque en general el público que asiste a estas oleadas multisíntomas, todos sorprendentes, confirmo, entran incluso con la cédula recién expedida. Yo, como les cuento, entré tardíamente. En fin. He empezado a hablar con mujeres que conocen muy bien estos episodios y que, entre una cosa y otra, han aprendido a convivir con ellos. Ni me lo imaginaba. En medio de la novedad me paré frente al asombro y pensé en lo admirable que es toparse con esa manera de seguir con la vida sin convertir cada dificultad en una epopeya. Aunque, eso sí, hay que ser sinceros, la migraña no es precisamente una experiencia grata, es todo lo contrario, es como estar a un paso de verle los colmillos a Cancerbero y, en verdad, ojalá no hubiera llegado a esto que, con el paso de los días, y gracias a los médicos que me han cuidado con tanto esmero, ahora sé definir como estatus migrañoso. En este trastorno neurológico; el aura puede alterar la visión, la sensibilidad y el lenguaje. En mi caso, además del dolor, los sonidos se vuelven insoportablemente intensos, los olores parecen tener opiniones, el tacto reclama protagonismo y no concibo algunas cosas que el resto de los días son, simplemente naturales, y las ideas, que suelen obedecerme con cierta disciplina, de pronto salen a tomar café sin avisar. Perdón, café ya no puedo tomar, ahora soy la señora del té; entonces, mis ideas se reúnen lejos de mí, a la hora del té. Pero bueno, aquí viene lo verdaderamente curioso, la razón por la que escribo estas líneas. Durante años trabajé en la no ficción, en el periodismo, donde uno aprende a mirar de frente la crudeza de los hechos, sin cerrar los ojos. No se trata de volverse indiferente, pero para contar noticias todos los días, en un mundo como este, la verdad es que hay que encontrar una distancia que permita narrar sin quedarse viviendo dentro de cada historia, porque duele y el corazón se marchita. Por esa razón se aprende a regular lo que se siente para poder hacer el trabajo, día tras día.

Ahora que regreso a la ficción y actuar requiere lo opuesto: mayor sensibilidad, microscópica observación, atención al gesto mínimo, al silencio, al sonido que cambia una escena, a la memoria que despierta un olor, a la luz, y que hay que estar disponible para dejar que el mundo entre, justo en este momento de mi vida, ¡Jajajaja! Perdón, pero es tan mágico, tan irónicamente mágico que no puedo dejar de reírme con amor y hasta con ternura; mi biología decidió subirles el volumen a mis sentidos y a mis facultades físicas tan automáticas en el día a día, a decibeles que desconocía y no concebía como posibles. La luz, los sonidos, la piel, caminar… todo parece haber recibido una circular que dice: máxima atención, por favor.

¿No es una sincronía bastante sospechosa? Salgo de un espacio en el que debo contar la realidad y entro en otro donde tengo que imaginarla, encarnarla, hacerla respirar; y mi cuerpo, sin consultarme, organiza un seminario intensivo de percepción. El único inconveniente es que también interrumpe el hilo conceptual, así que la alumna y la profesora están teniendo, digamos, algunas diferencias logísticas. Que todo hay que decirlo. No voy a fingir que esto es cómodo, ni a declarar que la migraña llegó como un regalo envuelto en papel de seda. No. Me lo he pasado muy, muy mal, pero me asombra el momento, la coincidencia, sí, la coincidencia, esta manera tan desconcertante que tiene la vida de ponernos delante los interrogantes. Tal vez no haya mensaje alguno. Tal vez sea mi oficio el que me hace buscar el subtexto.

Uno se pasa la vida contando historias y termina sospechando que hasta la propia viene con dirección de escena. Por ahora, estoy aprendiendo qué me pasa y conociendo a mujeres que ya saben mucho de este territorio y, sobre todo, me estoy riendo en medio del dolor y aprovechándome de la oportunidad: justo ahora, vida, en este instante, ¿En serio? Hay que reconocerle a la vida qué sentido de humor, sí que tiene. La historia apenas empieza, de nuevo, y yo creyendo que iba a mitad de camino.