Mamá, ¿y si al darlo todo, estuvieras ganándolo todo?
Ser mamá conlleva desafíos y choques emocionales muy fuertes que, si lo eliges, se convierten en oportunidades de transformación personal y familiar.
Una madre, al sanar sus propias heridas a través de un ‘escáner del alma’, evita heredar sus traumas a sus hijos, convirtiendo su historia personal en un legado de luz y sabiduría.
El alma de una madre, como los más bellos diamantes, pasa por presión y altas temperaturas, poco a poco con las vivencias de la vida misma, su joya interior va siendo tallada para revelar su brillo. Las tareas cotidianas y los sacrificios de una madre no son cargas, aunque en ocasiones lo parezca, sino el proceso de ‘tallado’ que permite que tanto su alma como la de sus hijos brillen con esplendor interior.
¿Y si perder tu tiempo, tu espacio o la propia vida, al final es ganar?
En mi último libro ¿Y si perder es ganar?, señalo que el apego es una de las más poderosas fuentes de sufrimiento, por eso revelo como el desapego y la aceptación de los ciclos vitales son la clave para cultivar la paz interior.
Las madres ‘perdemos’ ciertas libertades o facetas de nuestra vida anterior al tener hijos, pero ‘ganamos’ una dimensión espiritual y un propósito más profundo que nos conecta con la vida, de una forma trascendente y llena de significado.
El silencio sagrado en medio del caos que vivimos las madres es fundamental para escuchar nuestra intuición y la voz del alma, cuando el ruido externo como la autoexigencia, el trabajo extenuante, las redes sociales, las críticas, las crisis de pareja y los conflictos familiares, la necesidad de encajar en los patrones que exige la sociedad, nos distraen de nuestro ser interior, por eso para regresar a nosotras mismas, es fundamental aquietarnos y detenernos para buscar ese silencio sagrado —aunque sea breve— para reconectarnos con nuestro propósito y encontrar respuestas en nuestro interior, en lugar de buscarlas en el ruido que en ocasiones tanto nos aturde.
Nadie nunca nos enseño el desafío existencial que supone el ser mamá, pues cargamos un montón de maletas con equipaje emocional, laboral y familiar que nos desborda y nos pone a nosotras mismas en el último lugar.
Hoy mamá, te invito a que decores tu propio jardín y no esperes a que te traigan flores; hoy tienes la posibilidad de elegirte a ti primero, recupera ese hobbie que tanto te gustaba, busca ese talento que te hace especial, ríete con tus amigas, abrázate y felicítate por lo bien que lo has hecho, pues nadie sabe cuánto vales, si tu no se lo enseñas.
El tiempo va pasando, los hijos van creciendo y de repente nos encontramos con el nido vacío, algunas tienen el desafío de reencontrarse con su pareja, otras voltean a verlo y se percatan de que se ha convertido en un extraño en casa y otras se encuentran con una cama solitaria y vacía, en esos momentos surge una cruel pregunta, ¿y ahora quien soy? Sigo siendo mamá, pero mis hijos ya no me necesitan, entonces llega el vacío y la soledad que golpean el alma.
El siguiente ciclo de vida, el de ser abuela, ese momento de la vida en el que nadie nos prepara para empezar una colección interminable de perdidas, nadie te acompaña cuando dejas de manejar porque ya no ves bien de noche, nadie te acompaña cuando te jubilas y el lunes ya no tienes a dónde ir y los domingos se tornan en días de melancolía y soledad, nadie percibe tu tristeza cuando vendes la casa en la que criaste a tus hijos, pues ver sus habitaciones vacías te desgarra el alma, cuando comprendes que ya no volverán.
Muchas madres se sienten olvidadas y en ocasiones abandonadas por hijos que se marchan a vivir su propia vida, en la que casi no tienen tiempo ni de llamar, por eso ser madre es a veces darlo todo por otras vidas, pero también perderlo todo por ellas.
Mamás, hoy inclinamos nuestra cabeza ante ustedes, algunas han sido abnegadas, serviciales, tiernas, entregadas, incondicionales y amorosas; otras han sido abandónicas, narcisistas, controladoras, exigentes, críticas y violentas, pero son de quienes hemos nacido y a través de quienes hemos llegado al mundo, son nuestras maestras espirituales. Por eso, si fueron ese ser tierno y amoroso, las abrazamos con la misma ternura con la que fuimos abrazados, o si quizás no fueron esa madre que soñamos tener, también así, inclinamos nuestra cabeza ante Dios y le damos gracias por sus vidas; si ya partieron de este mundo, hoy liberamos sus almas para que descansen en paz. Hoy las abrazamos y las bendecimos y les decimos, gracias mamá por tus luces y tus sombras, gracias por tu bendita humanidad.
Mi píldora para el alma:
“La sabiduría no es más que dolor curado, y cuando sanamos, entonces somos capaces de descubrir que, detrás de cada llaga de dolor, hay un milagro en gestación”.
Gracias, mamá, porque a pesar de todo eres mi milagro y por eso hoy te honro, hoy elijo sanar nuestra historia para que, en nuestras próximas generaciones, brille nuestra luz.
