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Opinión

  • | 2018/09/29 16:15

    El peligroso sesgo antiempresa

    Cuando no es el Estado el que asfixia a las empresas con tributación y trámites, son los populistas de turno los que intentan pescar en río revuelto y parecen estar logrando su cometido en Colombia.

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¿En qué momento los colombianos decidimos odiar a los empresarios y aborrecer la generación de riqueza? ¿A qué horas fue que les comimos cuento a los políticos que demandan empleos de calidad pero que atacan y estigmatizan a quienes generan miles de plazas laborales dignas?

El desprecio hacia la iniciativa privada en Colombia está medido y debería preocuparnos. Cuando no es el Estado el que asfixia a las empresas con tributación exagerada y trámites desmedidos, son los populistas de turno los que intentan pescar en río revuelto y parecen estar logrando su cometido entre la gente. Según el más reciente estudio de opinión pública de la encuestadora Yanhaas, solo el 31,6 por ciento de los consultados dice confiar en la empresa privada. Para el director de esta firma, Oswaldo Acevedo –quien ha hecho esta encuesta por más de 10 años–, la cifra es verdaderamente preocupante si se tienen en cuenta otras mediciones como la del Edelman Trust Barometer, que muestra que la mayoría de ciudadanos en el mundo, incluso los de nuestra región, tienen más confianza en las empresas que los colombianos.

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Los empresarios –sobre todo los pequeños y medianos que generan el 95 por cierto de los empleos formales– deberían ser considerados como héroes en un país en el que las instituciones están diseñadas para hacerles la vida imposible y no para alentarlos. Según la Ocde, la tasa impositiva colombiana es mayor 9 puntos porcentuales a la de Europa, América Latina y el Caribe, y desde 2016 hasta hoy las entidades de la rama ejecutiva han producido más de 96.000 regulaciones, desde resoluciones hasta decretos, que elevan el nivel de inseguridad jurídica en nuestro país y le ponen cada día nuevas trabas al desarrollo empresarial, según datos contenidos en un informe de Fenalco.

Cuando no es el Estado el que asfixia a las empresas con tributación exagerada y trámites desmedidos, son los populistas de turno los que intentan pescar en río revuelto y parecen estar logrando su cometido entre la gente.

Si las empresas son el núcleo productivo de las sociedades y las impulsoras fundamentales del progreso colectivo, ¿por qué en Colombia tienen tan poco apoyo ciudadano? ¿Cómo se explica que cuando miden la imagen del Sena o de las cajas de compensación, ambas obtienen niveles de favorabilidad muy altos, pero solo tres de cada diez ciudadanos confían en las empresas privadas que es de donde salen los dineros para sostener dichas instituciones?

Tal vez porque los propios empresarios se metieron en su caparazón y se olvidaron de recordarnos a los colombianos lo importante que es su labor en nuestro país: en los ochenta, por miedo a los ataques de narcos como Pablo Escobar; en los noventa, por temor a la extorsión y el terrorismo de las guerrillas y los paracos, y, más recientemente, por pavor a los gobernantes que intentaron acaparar los gremios y que ejercían sofisticadas represalias contra aquellos que no estuvieran de acuerdo con sus políticas.

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Lo cierto es que dejaron que hiciera carrera esa narrativa en su contra usada por políticos que se han aprovechado de las inequidades sociales para tirarle el agua sucia a los negocios que generan utilidades lícitas.

En el mejor de los casos, los dirigentes gremiales se dedicaron a hacer lobby ante el Estado para favorecer los intereses directos de sus representados, pero se olvidaron de hablarle al país sobre el papel integrador que cumple el emprendimiento privado.

Hoy existe una peligrosa antipatía frente a la empresa que solo les hace bien a los populismos que quieren ser Estado y empresa al mismo tiempo con los nefastos resultados que ya conocemos. Churchill decía que “algunas personas consideran la empresa privada como un tigre depredador que debe ser fusilado. Otros la ven como una vaca que se puede ordeñar. No muchas personas la ven como un caballo sano, tirando de un carro robusto” y en Colombia, peor que eso, no confiamos ni en las empresas ni en los empresarios. De ahí, al abismo de un gobierno que busque nacionalizarlo todo y gritar “exprópiese” en cada esquina, me perdonan, solo hay un paso.

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