¿Qué pasaría en Colombia de llegar Iván Cepeda a la Presidencia?
La humillación contra Antioquia, tierra de gente pujante, al tacharla de “la cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado”, muestra la intención de provocación que intentó hacer Iván Cepeda. Este exabrupto no admite matices ni lecturas tibias, porque fue un ensayo de toma guerrillera urbana en toda regla que nos transporta de inmediato al horror de Cali en 2021.
Movilizar a 1.200 indígenas con el único fin de sitiar la ciudad para el evento que tenía el 18 de marzo en el Parque de los Deseos, y que canceló con la excusa de agenda legislativa —reprogramándolo para el 28 de marzo—, tras ser declarado persona no grata por la Asamblea de Antioquia, es la prueba reina de que este proyecto no busca gobernar sino someter mediante la calle y la presión social. La combinación de todas las formas de lucha.
Si Cepeda llega a la Casa de Nariño, Colombia no estará eligiendo un presidente, sino entregando el acta de defunción de su democracia para entrar de frente en un modelo que en América Latina ya pulverizó naciones enteras, arrasó economías prósperas y aniquiló las libertades básicas sin necesidad de cerrar el Congreso de un día para otro.
No es que yo quiera exagerar ni infundir miedo, porque la historia por sí sola habla; es el espejo de Cuba y Venezuela, donde todo comenzó con la promesa de justicia social y terminó en el control absoluto del individuo, la persecución política sistemática y un pueblo mendigando migajas mientras la cúpula se atornilla en el poder.
Aquí no hay una opción moderada ni un político dispuesto al consenso, porque Cepeda es un ideólogo que no cree en los límites del poder, sino en dominarlos para aplastar al adversario. Su guerra personal y su obsesión contra el expresidente Álvaro Uribe son el eje de su existencia, y eso marca una línea de peligro mortal para la nación porque convierte el control del Estado en un instrumento de venganza y confrontación permanente que fractura al país entre quienes se someten y quienes se oponen.
Ese es el camino exacto que recorrió Chávez: tensionar a la sociedad, cambiar las reglas de juego sobre la marcha y tomarse las instituciones pieza por pieza, hasta que la gente reaccionó y se dio cuenta de que ya no tenía cómo defenderse porque el equilibrio de poderes había sido devorado. Con mayorías en la Corte Constitucional, influencia directa sobre el Banco de la República y control del aparato judicial, Cepeda tendría el camino libre para imponer una dictadura institucional que no dejaría piedra sobre piedra.
El asalto a la economía será brutal y sin rodeos, porque el sector privado es el enemigo declarado de este proyecto radical que desprecia la iniciativa individual. Cepeda es abiertamente contrario al modelo de libertad económica, y su visión apunta a desmantelar la participación privada en sectores estratégicos como la salud para concentrarlo todo en manos de un Estado ineficiente y corrupto. Cuando el Estado controla lo que comes y cómo te curas, el ciudadano deja de ser libre para convertirse en un rehén del poder político.
Quieren un empresariado arrodillado —al que utilizan como trampolín para llegar al poder y luego cambiar las reglas del juego— y una inversión extranjera en fuga para que no exista otra fuente de sustento que la voluntad del caudillo de turno. A esto se suma la persecución implacable a la libertad de prensa, uno de los pilares fundamentales de la democracia . Para Cepeda, el periodismo independiente es un estorbo que buscará asfixiar mediante el acoso judicial hasta que solo quede el silencio o el aplauso obligado. La oposición no tendrá ningún tipo de garantías y será perseguida y encarcelada si no la pueden doblegar. Muchos se irán al exilio.
Por otra parte, la situación de seguridad está agonizando, porque hoy Colombia ya carga con más de 320.000 hectáreas de coca y territorios donde el Estado es una figura decorativa frente a las estructuras narcoterroristas que mandan a sangre y fuego. Imaginar este escenario con un gobierno que no enfrenta a los criminales sino que convive con ellos bajo el disfraz de una paz total, que no es más que una claudicación abierta del Estado, es aceptar que el país será entregado al crimen organizado.
Las Fuerzas Militares quedarán en una posición crítica, porque un proyecto de esta naturaleza no tolera una Fuerza Pública independiente y profesional; la van a purgar, la van a desmoralizar aún más y la van a alinear con su ideología hasta convertirla en una fuerza sometida a la cúpula gobernante, no para proteger al pueblo sino para sostenerla en el poder.
En mi concepto, este peligro no es solo una percepción política, sino una realidad que muchos prefieren no ver y que estoy en el deber de advertirle al país. Voces como la del constitucionalista Mauricio Gaona lo han señalado con precisión. Como él advierte, este no es un momento cualquiera de nuestra historia; es un punto de quiebre donde no solo se decide quién será el próximo presidente, sino qué sistema de gobierno escogeremos los colombianos. La advertencia es clara: al votar por este tipo de liderazgo, existe el riesgo real de estar eligiendo al último presidente verdaderamente democrático. Hay momentos en la historia de una nación en los que el carácter de sus votantes define el destino de su democracia y, si Colombia cede ante este radicalismo, no habrá retorno. No estamos ante un cambio de Gobierno, nos enfrentamos a la posibilidad real de perder el país tal como lo conocemos.
¿Es Iván Cepeda un peligro para la democracia de Colombia? Sí, lo es. ¿Es un peligro para las libertades? También. Y hay que decirlo sin rodeos: al lado de este radical, Petro se queda corto, en pañales. Cepeda no improvisa, no duda, no titubea. Tiene una visión ideológica firme, disciplinada, que le corre por las venas y un proyecto político claro, diseñado para concentrar el poder y llevar al país por un camino del que después será extremadamente difícil regresar. Esto no se puede tomar como un juego. Estamos ante el riesgo real de que Colombia termine atrapada en una dictadura que no se desmonta con votos, sino que se enquista.
A votar bien el próximo 31 de mayo. Estamos advertidos.
