OPINIÓN

Juan Carlos Flórez

El uribismo es el problema

El país necesita una derecha democrática, que sea capaz de sobreponerse tanto a la abrumadora corrupción como a la tentación de devolvernos al pasado a sangre y fuego.
5 de junio de 2021 a las 4:00 a. m.

En nuestra historia contemporánea uno de los problemas centrales ha sido el escaso compromiso de algunas fuerzas con la construcción de una sociedad no violenta, menos desigual y más democrática. Durante décadas, las extremas derecha e izquierda utilizaron todos los medios a su alcance para socavar la democracia, reduciendo el espacio de los sectores moderados de derecha e izquierda que no compartían que la utilización de todas las formas de lucha, elecciones y lucha armada, fuese el camino paraaclimatar en nuestro país un régimen democrático. Los crímenes de la guerrilla que tuvieron un siniestro giro con la masacre de Tacueyó, en la que jefes subversivos enloquecidos aniquilaron a sus propias huestes, como si de la Camboya del siniestro Pol Pot se tratase, empezaron a sembrar en el corazón de muchos izquierdistas la idea del sinsentido de la lucha armada a finales del siglo XX, actitud esta que se fortaleció con la llegada al poder, por la vía democrática, de muchos partidos de la izquierda no violenta en Latinoamérica. Eso les permitió ganar terreno a los sectores no guerreristas de la izquierda en las ciudades y contribuyó al aislamiento político de las guerrillas, que se formalizó en el siglo XXI, y del cual fue un preámbulo decisivo la Constitución de 1991, forjada por una guerrilla desmovilizada, el M-19, la derecha moderada capitaneada por Álvaro Gómez y la clase política tradicional representada fundamentalmente por el partido liberal. El grueso de la izquierda, en los siguientes años, se comprometió con la democracia, y sus triunfos electorales en Bogotá, principiando por la elección de Lucho Garzón, demostraron el potencial inmenso que se les abría a esos sectores por la vía pacífica.

Por supuesto, la desprestigiada vía armada continuó siendo el credo de las guerrillas, lo que condujo a la derrota política estratégica de estas, pues perdieron ya a finales del siglo pasado la más mínima posibilidad de aspirar a hacerse con el poder en el país.

La extrema derecha, que hizo el tránsito a la combinación de todas las formas de lucha en las últimas décadas del siglo XX, a través del paramilitarismo, vivió un proceso en contravía de lo que estaba experimentando la izquierda urbana. Esta última, tal y como ya señalé, se tornó en una fuerza política que rechazaba la violencia como arma política, mientras que se ampliaban y fortalecían las alianzas entre el paramilitarismo y la política a lo largo y ancho del país. La derrota estratégica de las farc hizo creer a la extrema derecha que Colombia aprobaba no solo su violencia como herramienta política, recordemos a los paramilitares convertidos en héroes en muchos medios de comunicación, clubes y en el congreso. También dicha fuerza política asumió que los colombianos le estaban dando la bendición a un proyecto social retrógrado, que negaba la reforma social y la democratización a cambio de una supuesta modernización económica, que preservaba el poder político del latifundio sobre las mayorías urbanas.

Las cabalgatas, con las que se inician buena parte de las fiestas en muchos pueblos y ciudades, son un símbolo de esa pervivencia del poder de las élites rurales sobre la vida urbana. Y quien mejor ejemplificó ese fenómeno fue el uribismo. Su caudillo creyó que el respaldo que había obtenido en su cruzada contra las detestadas farc, le autorizaba a liderar un proyecto extremista de congelamiento de Colombia en unas reglas de juego con las que se birlaba la posibilidad de modernizarnos socialmente y a cambio se hacían buenos negocios para unos pocos. Pero a medida que el pavor a las farc –el arma predilecta del uribismo para ganar votantes– se reducía, el país despertaba a la conciencia de que sin reformas de gran calado –por más que fueran aniquiladas, derrotadas o pacificadas las bandas armadas– no se superaría el terrible atraso social, la agobiante desigualdad. Cual Laureano Gómez de los años treinta y cuarenta del siglo XX, Uribe pensó que podía frenar el anhelo de cambio social. Tengamos presente que esa actitud de Laureano contribuyó a llevar al país a la salvaje guerra civil de mediados del siglo pasado, cuyos efectos de largo aliento siguen lastrando nuestra evolución hasta el presente.

El país necesita una derecha democrática, que sea capaz de sobreponerse tanto a la abrumadora corrupción como a la tentación de devolvernos al pasado a sangre y fuego. Y una derecha, si se pretende moderna, debe liberarse de la tentación uribista, así como la derecha se liberó y modernizó un tanto, tras la dictadura de Rojas Pinilla. Lo mismo se puede decir de la clase dirigente. ¿Va a seguir atada al uribismo cuando el país mayoritariamente rechaza ese proyecto político anacrónico?