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Columna de opinión Julio Londoño
Columna de opinión Julio Londoño - Foto: Juan Carlos Sierra

Entre el triunfo y la derrota

“La derrota tiene algo de positivo, nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo de negativo, jamás es definitiva” (José Saramago)


Por: Julio Londoño Paredes

La historia está colmada de personajes que han generado la adoración de algunos y el odio de otros, sin términos medios. Varios de ellos han pasado de la exaltación y la gloria a la cárcel y al destierro. Naturalmente que Colombia no es una excepción.

El general Tomas Cipriano de Mosquera, ocupó varias décadas de la historia política de nuestro país en el siglo XIX. Como enviado especial de Colombia, firmó el 11 de agosto de 1830 con el canciller del Perú, Carlos Pedemonte, el acuerdo denominado “Protocolo Mosquera-Pedemonte”, mediante el cual se establecía que la frontera entre la Gran Colombia y el Perú era el río Amazonas.

Ese sería el gran argumento del Ecuador para exigir posteriormente todos los territorios que hoy en día pertenecen al Perú. 

Sin embargo, Mosquera que no era ningún arcángel, sabía muy bien que cuando en nombre de la Gran Colombia firmó el Protocolo, ya el país se había disuelto. El acuerdo nunca salió a la luz pública ni fue puesto a consideración de los congresos.

Es más, los peruanos afirman que el Protocolo, fue redactado por el mismo Mosquera y dejado “discretamente” en los archivos de la embajada, para luego alegar que tenía plena vigencia. Más tarde mediante la constitución de Rionegro de 1863 impuso el federalismo.

Posteriormente, siendo otra vez presidente y cuando había estallado una guerra entre España y el Perú en la que Colombia se había declarado neutral, un diario estadounidense, divulgó la noticia de que Mosquera había concertado sin autorización del congreso colombiano, un acuerdo mediante el cual había adquirido en los Estados Unidos el vapor “Rayo”, para cedérselo secretamente al Perú.

Ese hecho se constituyó en el pretexto para un golpe de estado. En mayo de 1857, uno de sus hombres de confianza, el general Santos Acosta, segundo designado a la presidencia, lo encabezó. El congreso resolvió su destitución, encarcelamiento y posteriormente su destierro.  En 1871 regresó y fue elegido presidente del Estado Soberano del Cauca y en 1876, senador.

Años más tarde, en 1909, otro de los grandes personajes de Colombia, el general Rafael Reyes, que había asumido la presidencia después de la Guerra de los Mil Días, calificado por sus amigos como “gran héroe de la patria” y por sus detractores como autoritario dictador, especialmente después de que ordenó fusilar a los autores de un atentado en su contra. se vio obligado cinco años después a renunciar, también por la concertación de dos tratados, esta vez uno con los Estados Unidos y otro con Panamá, mediante los cuales se reconocía la independencia de Panamá y se normalizaban las relaciones con Washington.

Otros líderes afrontaron situaciones parecidas. En 1953 el poderoso Laureano Gómez, presidente de Colombia y jefe de una de las alas del partido conservador, acusado de haber promovido la violencia partidista, fue derrocado por un golpe de estado y tuvo que marchar al exilio. Luego con Alberto Lleras forjaría el Frente Nacional.

El 10 de mayo de 1957, el general Gustavo Rojas Pinilla, proclamado por algunos como el salvador de la república tuvo igualmente que salir del país, luego de que su gobierno comenzó a deteriorarse a raíz de la absurda muerte de estudiantes el 8 y 9 de junio de 1954. Sin embargo, aspiró luego nuevamente a la presidencia, que no alcanzó por el oscuro proceso del conteo de votos.

Cosas de la política. Como dice José Saramago “La derrota tiene algo de positivo, nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo de negativo, jamás es definitiva”

(*) Decano de la facultad de estudios internacionales, políticos y urbanos de la universidad del Rosario.

 

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