OPINIÓN

Francisco Santos

Gloria Steinem: lo bueno y lo malo

Deja una herencia de excesos que llevaron a una discriminación reversa, una omisión de logros y una victimización excesiva.
5 de septiembre de 2026 a las 4:54 a. m.

Murió esta semana uno de los íconos del feminismo mundial, Gloria Steinem. La verdad, hay que reconocerle su activismo sobre un tema del que pocos hablaban entonces, la discriminación con la mujer en temas como las condiciones salariales, acceso a altos cargos y, en general, igualdad entre los dos sexos en materia de oportunidades.

Como todo lo bueno que hizo, también deja una herencia de excesos que llevaron a una discriminación reversa, una omisión de logros y una victimización excesiva que, sin duda, acabó formando parte de los cimientos de la guerra cultural que hoy se libra a lo largo y ancho del mundo.

Recuerdo cuando fui becario en la Fundación Nieman en Harvard en 1991, al salir de mi secuestro, una de las charlas que nos dieron era sobre el feminismo y su lucha a cargo de la misma Steinem. Eso sí, me acuerdo de la emoción que sentí porque era un tema muy interesante y quería aprender sobre esa mirada al poder de la mujer.

La conversación fue fantástica hasta cuando le pregunté sobre la mujer en América Latina. La diatriba fue brutal; éramos todos los hombres latinos unos animales despiadados que manteníamos a la mujer en esclavitud. Me sorprendió la falta de grises en la discusión; todo era blanco o negro. Pedí la palabra otra vez y le hice varias preguntas.

¿Cuántas mujeres había en Estados Unidos como presidentas de bancos? Ninguna me contestó. Le dije que en Colombia teníamos entonces dos y una que había renunciado y ahora era canciller, Noemí Sanín. Las otras dos mujeres eran Leonor Montoya, en el Banco de Colombia, y Eulalia Arboleda, en la Corporación de Ahorro y Vivienda Colmena, que era prácticamente un banco.

Luego le pregunté cuántas mujeres eran miembros de la banca central en Estados Unidos. Ninguna me dijo y le dije que en Colombia había una, María Mercedes Cuéllar. Finalmente, le pregunté: ¿cuántas mujeres ha tenido Estados Unidos como ministra de Relaciones Exteriores o secretaria de Estado, como se le dice a ese cargo en ese país? Ninguna, me contestó. Colombia en ese entonces, le dije, tiene a la señora Sanín en ese cargo. Es más, Estados Unidos, apenas seis años después, tuvo su primera secretaria de Estado mujer, Madeleine Albright. Y si vamos al presente, nunca han tenido una mujer presidenta como sí la tienen México, Perú y Costa Rica hoy y la tuvieron Chile, Brasil y Argentina, para solo enumerar algunos de los países de la región con ese resultado electoral.

¿A qué viene esta conversación? A un punto crítico en la lucha por la igualdad o por la misma historia que hoy está tan manipulada y es tan maniquea, como entonces lo planteó la señora en nuestra discusión, que sin tener grises acaba generando más confrontación, menos colaboración, menos posibilidades de avance y, sobre todo, posiciones abiertamente opuestas que nunca logran nada y que se convierten en caballitos de batalla políticos que solo les sirven a los extremos.

Esa victimización, donde quien no piense como ellos es un victimario, comenzó a crearse con ese discurso de feminismo extremo que, no nos digamos mentiras, formaba parte de lo que Gloria Steinem decía y representaba. Obviamente, el discurso se radicalizó y la izquierda populista en nuestra región se hizo dueña de esa victimización y de esas víctimas, solo con objetivos políticos. El mejor ejemplo es Gustavo Petro, quien eligió como vicepresidenta a una mujer negra, a la que discriminó por su raza y por su sexo. Presidió el Gobierno más misógino de la historia moderna de Colombia; incluso se atrevió a decirle a su ministro negro que ningún negro le iba a decir a él lo que tenía que hacer, palabras más, palabras menos, en un consejo de ministros televisado.

Lo anterior no quiere decir que no haya aún un desbalance y un desequilibrio en la relación hombre-mujer y que el Estado y las leyes puedan arreglar en algo esa situación. Sin embargo, con el discurso de víctima-victimario se han cerrado las puertas a una discusión seria sobre el tema. Un ejemplo: la mujer médico a la que hoy se le hace muy difícil ser madre y tener una familia normal mientras cumple con su profesión. Me contaba ayer una cardióloga, que es profesora, cómo muchas de las estudiantes mujeres se retiraban precisamente porque su trabajo les impedía lograr esos objetivos humanos naturales. Y al otro lado, muchas decían no querer tener hijos para no acabar con su profesión que amaban.

Este es apenas un ejemplo de muchos, en los que la mujer tiene unas desventajas frente al hombre por su condición natural de madre, aunque muchas la quieran negar. Y ese es el tipo de problema que una legislación equilibrada y seria puede resolver de la mano de las empresas, de las universidades y de todo el sector económico de la salud. Lo mismo se podría hacer en tantos sectores, pero hoy está tan radicalizada la discusión que es imposible lograr un acuerdo o un consenso en esa materia.

De todas maneras, Gloria Steinem fue un ícono del feminismo, puso esa discusión sobre el tablero y visibilizó con éxito el problema. Hay que reconocerlo y sí, agradecerlo también.