Tres amenazas tienen a la universidad colombiana en la mayor crisis de su larga y meritoria historia. De una parte, la reducción de la demanda de educación superior —generada por la transición demográfica— y el desencanto de los jóvenes con el retorno de invertir en educación frente a las expectativas de vinculación laboral e ingresos. De otra, la competencia de nuevas organizaciones con capacidad de generar competencias, incluyendo los desarrollos de inteligencia artificial. Por último, la pérdida de los apoyos del Gobierno para subsidios a la matrícula y la financiación de la investigación.
Como si lo descrito anteriormente no fuera poco, la imposición del impuesto al patrimonio significará un choque al que —según los mejores conocedores del sistema educativo— difícilmente van a sobreponerse las más débiles. Porque la debilidad es evidente: de acuerdo con el Laboratorio de Economía de la Universidad Javeriana, desde 2015, 920.000 estudiantes han dejado de matricularse. Esta cifra supera la misma caída demográfica en la población en edad de acceder a la educación superior. El 2025 fue el año con la matrícula universitaria más baja en la última década.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo mantener vinculados a más de dos millones y medio de jóvenes entre los 25 y 35 años que no estudian ni trabajan, pero tampoco tienen mayor interés en ingresar a la universidad? Es posible que, sumado al envejecimiento de la población, en los próximos 50 años estemos enfrentando la mayor pérdida de capital humano de nuestra historia. Los jóvenes no están viendo un futuro en nuestra sociedad y es muy posible que —si se revisan las cifras de migración de los últimos años— encontremos que la proporción de esta población juvenil en la masa migrante supere su propia participación en la pirámide poblacional.
La universidad está perdiendo aceleradamente su monopolio sobre la generación y transmisión del conocimiento. La inteligencia artificial generativa hoy provee información en cantidades abismales y con velocidades antes imposibles. Muy difícilmente un profesor universitario puede competir con esas capacidades. Pero también la inteligencia artificial tiene hoy aptitudes para ejecutar protocolos de investigación a una mayor velocidad y a un menor costo aparente que la universidad.
Inevitablemente, surge la inquietud de si queda hoy algún espacio para la universidad en un futuro controlado por la cibernética, en el que muchos empleos y oficios están siendo reemplazados por modelos algorítmicos y automatizados. Ese es el escenario que seguramente muchos jóvenes visualizan en esa desesperanza que conduce a un oscuro futuro, en el que quede poco espacio para ellos.
Como sociedad, nos corresponde definir qué esperamos para el inmediato futuro de la universidad —no solamente la privada, sino también la pública—, hoy profundamente afectada por la limitación de recursos, pero muy especialmente por visiones gubernamentales en las que se pretende montarles competencia desleal con instituciones de garaje, sustentadas en una visión demagógica de la educación superior y en la que las consideraciones sobre la calidad parecen completamente irrelevantes.
Son las universidades las que deben salir del marasmo en el cual se encuentran y poner esta discusión esencial frente a la sociedad. Deben salir de la anomia e impulsar una discusión nacional sobre el papel que esperamos de ellas. De otra manera, nos encontraremos como una sociedad informada pero iletrada, en la que montañas de información estén disponibles, pero las personas no tengan la capacidad de analizarlas en su veracidad, pertenencia e implicaciones.
Y lo más grave del asunto es que encontremos seres sin capacidad para desarrollar las cualidades humanas y éticas que permiten la empatía y la construcción del bienestar social. Hoy son cientos los profesores que, de manera silente, han sido liquidados por las universidades privadas en Colombia, sin la más mínima consideración de lo que ello representa. Las universidades están siendo obligadas a hacerlo para poder sobrevivir, mientras el Gobierno divaga poniendo primeras piedras en nuevas universidades comunitarias imposibles o entregando contratos a dedo para la formación de doctores de pacotilla.
Este es un tema también esencial para el debate presidencial, porque el “shu, shu, shu” de la salud se trasladó a la educación superior en Colombia.
