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Antonio Caballero
Antonio Caballero. Bogotá Julio 15 de 2020. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Arcadia. - Foto: Juan Carlos Sierra

Horror al vacío

A Duque lo vemos a diario en todas partes, y sin embargo no existe. Ya ni siquiera su “presidente eterno”, que lo nombró, lo menciona, por no desacreditarse más todavía.

Por: Antonio Caballero

Faltan casi dos años para las elecciones, pero ya los precandidatos presidenciales se apiñan por docenas en la disputa, desde todos los sectores políticos. Son los más variados, hombres y mujeres: el inevitable Gustavo Petro, Sergio Fajardo, Paloma Valencia, María del Rosario Guerra, Jorge Robledo, Juan Fernando Cristo, Carlos Holmes Trujillo, María Fernanda Cabal, Rafael Nieto, Roy Barreras, Ángela María Robledo... Como si la silla presidencial ya estuviera vacía. Como si Iván Duque no existiera.

Y es que no existe. Bajo su mirada impasible y ante su estolidez inmutable siguen matando gente por todos los campos del país, por política o por tierras, y en las ciudades por excesos de la policía o por robar bicicletas; y al presidente Duque no se le ocurre más remedio que disfrazarse de policía él mismo. Como para asustar a los niños en vísperas de la fiesta infantil del Halloween. O, como lo vimos en el Chocó, vestirse de verde militar, imitando a Nicolás Maduro o a Melania Trump, por ver si así resulta más convincente. Lo vemos acartonado todas las tardes, haciendo así con las manos para darles “contundencia” (una de sus dos palabras favoritas, con la de “claridad”) a sus demás aburridas palabras, en su programa obligatorio de televisión, copiado del Aló presidente de Hugo Chávez. Lo vemos en las fotografías de los periódicos, sentadito muy formal en una sillita dorada del Palacio de Nariño que tiembla bajo su peso, con las manos cruzadas sobre la barriga. Lo vemos a diario en todas partes, y sin embargo no existe. Ya ni siquiera su “presidente eterno”, que lo nombró, lo menciona, por no desacreditarse más todavía. Y según las encuestas sus cifras de aceptación bajan, bajan. Es tal vez lo único que, en esta época de matanzas y corrupciones desatadas, reconcilia un poco con la colombianidad: ver que los colombianos se dan cuenta de que el presidente Duque es solo un monigote que no existe.

Por eso hay tantos precandidatos presidenciales: porque no hay presidente. La política, como la naturaleza, le tiene horror al vacío.

Y es que Álvaro Uribe, el jefe de pista que maneja el retablo de las maravillas con sus títeres de turno, se equivoca al escogerlos. Se equivocó con Juan Manuel Santos, que le salió respondón y rebelde: una especie de Pinocho de madera ante su padre Geppetto, el fabricante de marionetas. Se equivocó con Óscar Iván Zuluaga, fiel hasta la médula a su jefe, pero incapaz de despertar el menor entusiasmo. Y se equivocó también con el inexistente Iván Duque, un candidato de inflar de quien nadie sabía que existiera antes de convertirse en “el que dijo Uribe” para los seguidores del expresidente.

De todos los precandidatos el mejor, sin duda, es Jorge Enrique Robledo, que acaba de escindirse del Polo Democrático con su pequeño partido, el Moir, para fundar un movimiento nuevo con el nombre de Dignidad. Hace unos años lo critiqué aquí mismo por lanzarse, dividiendo a la izquierda. (Y él me acusó, en respuesta, de estar a sueldo de Santos). Pero hoy la izquierda, y la posibilidad aritmética de la suma del centroizquierda, está aún más dividida que entonces, y la ambición devoradora y excluyente de Gustavo Petro parece hacer imposible cualquier posibilidad de unión. En cambio Robledo, pese a su sectarismo, es el más serio de los precandidatos presidenciales. No tiene la labia de Petro, ni los antebrazos desnudos de Fajardo bajo su suéter arremangado hasta los codos. Pero tiene la inteligencia, la coherencia y la honradez, que son virtudes cívicas que bastante hay que echar de menos en Colombia.

Nota sobre otra cosa. No podría asegurarlo, pero estoy convencido de que los antitaurinos no hacen obras de caridad: les basta con prohibir lo que no les gusta. Los aficionados taurinos colombianos, en cambio, han solido intentar ayudar a los abandonados en momentos de tragedias o desastres. Así, y con motivo de la pandemia actual, acaban de organizar un festival taurino benéfico en favor de la Fundación Efap (Fútbol PaZífico), que mediante la promoción de la educación y el deporte defiende a los jóvenes del Pacífico colombiano para que no caigan en manos de organizaciones criminales. Se llamó Olé al Hambre y se celebró el domingo pasado en la plaza de tientas de la ganadería Mondoñedo, con seis toros donados por otros tantos ganaderos de bravo y seis toreros generosos que dieron una gran tarde de toros.