Home

Opinión

Artículo

Pablo Federico Przychodny JARAMILO Columna Semana

Opinión

Infierno grande en un pueblo chico llamado Jamundí

Durante los peores años del conflicto en nuestro país, nunca los jamundeños habían sentido y vivido la crudeza de las acciones terroristas y los caleños tampoco se habían visto confinados en la ciudad, evitando salir a los balnearios y sitios turísticos de la zona.

Brigadier general (r) Pablo Federico Przychodny Jaramillo
24 de junio de 2024

Estoy sentado en el rincón preferido de mi casa, escribiendo esta columna y alcanzo a escuchar a lo lejos varias detonaciones. Después de tantos años en el Ejército aún no me acostumbro a ese sonido. Es difícil saber si es pólvora lanzada al aire motivada por alguna celebración en la distancia o es que otra vez los violentos siguen demostrando su fuerza tomando a la población de Jamundí como su objetivo. Esta semana que termina, será el cuarto ataque que ocurre en un pueblo, desconocido para la mayoría de los colombianos, pero que por acción de los violentos está dejando de serlo. Me llama la atención que hoy, así como desde hace algunos días no escucho a los helicópteros pasar.

Jamundí es un pequeño municipio ubicado a tan solo 13 kilómetros de la capital del Valle del Cauca, quince minutos de recorrido en vehículo. Su población ha crecido notablemente en los últimos cinco años, alcanzado una cifra estimada en unos 180.900 habitantes, según el DANE, dado que la alcaldía de Cali encontró en él, el sitio ideal para instalar a las comunidades que ha tenido que reubicar, en virtud de la recuperación del jarillon de la ribera del río Cauca y a otras comunidades marginales, pero también dado que Cali ya no tiene para donde expandirse y Jamundí ofrecía una opción favorable para el desarrollo de complejos habitacionales que la convirtieron en el dormitorio de mucha gente que trabaja en la capital del departamento.

Hoy la incertidumbre agobia a quienes habitamos en esta comunidad. El popular cholado, que atraía a miles de caleños y convocaba a los jamundeños a los parques y plazas, se derrite en las neveras, entre el calor implacable del clima y el de las bombas que revientan en sus calles y veredas, mientras los pobladores se encierren en sus casas desde tempranas horas. Los restaurantes y almorzaderos que recibían a cientos de personas los fines de semana miran impotentes como la soledad se convierte en el panorama normal, cuando no hace mucho sus clientes esperaban pacientemente la disponibilidad de mesas para degustar el sancocho y el fiambre; hoy el miedo no los deja llegar.

¿Qué está pasando en Jamundí?, ¿por qué los terroristas de las disidencias de las FARC se han encarnizado con esta comunidad trabajadora del sur del Valle del Cauca?. Lo que está pasando hoy era previsible. Más de una veintena de atentados, ataques y hostigamientos, en menos de dos años, sumados al gran número de retenes ilegales y asaltos a los deportistas que solían usar la ruta de la parte alta del municipio para hacer deporte; en uno de esos retenes fue asesinado un Mayor retirado del Ejército, cuando hacia prácticas de ciclo montañismo.

Las informaciones reiteradas sobre la presencia habitual de miembros de las disidencias y de miembros de los carteles de Sinaloa y de Jalisco llegaron al conocimiento de todos, incluso de las autoridades municipales y militares, las cuales optaron por desestimar dichos indicios y en un giro inexplicable de las políticas de seguridad, se les abrió el territorio para que estos actuaran con libertad. La medida que más contribuyó a la pérdida del control territorial fue el retiro de las unidades del Batallón de Policía Militar, que controlaba los ingresos al municipio, casi al mismo tiempo que el gobierno anunciaba su inconsulto y descoordinado cese al fuego, simultáneamente con cinco organizaciones terroristas y delincuenciales, paradójicamente dentro de su intención de la paz total.

Los violentos tuvieron más de un año para hacer el proceso de intimidación y consolidación del área, tanto en la parte urbana como en la rural; iniciaron con la instalación de numerosas pancartas alusivas a la organización de las FARC, no solo en Jamundí, en Cali también; de igual manera la instalación reiterada de retenes sobre las vías terciarias, exigiendo a las personas el carné de las juntas de acción comunal para verificar que en efecto fueran residentes de la región. Intensificaron el cobro de multas y obligaron a la realización de trabajos forzados durante algunos días a quienes no pagaban, como lo había denunciado la Defensoría; por supuesto, la extorsión a residentes, visitantes y comerciantes se convirtió en pan de cada día.

Ellos, los terroristas, ya están ubicados estratégicamente en la región y la tardía llegada del Batallón Pichincha, para cubrir las áreas que abandonara la Policía Militar, está lejos de mostrar un pronto cambio en la sensación de inseguridad que tenemos los habitantes, ya no solo de Jamundí, sino también de la capital del departamento. Precisamente al momento de escribir esta nota, dos pelotones de esa unidad militar han sido los objetivos de los ataques de esta tarde y ya reportan varios soldados heridos.

La realidad es que Jamundí se convirtió en la nueva área base de las estructuras terroristas, los que expandieron sus cultivos ilícitos desde el norte del cauca hasta las estribaciones de la cordillera occidental en el sur del Valle del Cauca, gracias a la política de no erradicación impulsada por el gobierno Petro. El municipio caucano de Santander de Quilichao, desde donde se proveían su apoyo logístico y servía de área de descanso, ya no ofrece las garantías necesarias, en virtud de las operaciones de control militar que el Ejército Nacional viene haciendo sobre los corredores del Micai y del Naya. Lo anterior indica que el corredor definido por el cañón del río Pance, el Queremal y Buenaventura es la autopista renovada para el movimiento de la droga, de allí que la ofensiva de los terroristas se concentre prioritariamente en la parte rural del municipio, para aliviar la presión militar en las partes altas y moverse con libertad.

Durante los peores años del conflicto en nuestro país, nunca los jamundeños habían sentido y vivido la crudeza de las acciones terroristas y los caleños tampoco se habían visto confinados en la ciudad, evitando salir a los balnearios y sitios turísticos de la zona, e incluso a los que tradicionalmente se visitan en la vía al mar. Ya se han realizado varios consejos de seguridad, siempre los hace la administración cada vez que ocurre algo, y producto de ellos, se han traído unidades militares desde otras regiones del país para reforzar el pie de fuerza, incluso unidades de fuerzas especiales y vehículos blindados, lo que significa que se está dejando sin seguridad a otras regiones, para apagar el “incendio” de Jamundí.

Las autoridades de gobierno, pueden traer cualquier cantidad de soldados y de policías; colocar dos o tres en cada esquina y saturar el área, pero sin inteligencia y sin logística poco se podrá lograr. Estarán condenados a desgastarse en las calles sin un efecto real en el combate contra las organizaciones armadas ilegales. Debo decirlo… existe una enorme falta de presupuesto para soportar el incremento en la cantidad de combustible que se consume y que es necesario para mantener operativos los vehículos; no se cuenta con medios para afrontar el empleo de drones contra la fuerza pública, existe una restricción preocupante en el uso de los medios aéreos, existe una deficiente y descoordinada estructura de inteligencia; es precisamente en este último aspecto en el que se debe hacer el mayor esfuerzo, pues Jamundí, como reza el dicho, es un pueblo pequeño que se ha convertido en un infierno grande; aquí conviven narcos y terroristas con delincuentes de oficinas de cobro y de otros negocios ilícitos, pues este municipio, en verdad de a puño, hoy es un buen escondedero.