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Opinión

  • | 2018/02/26 06:44

    Maniqueísmo

    El maniqueísmo es lo más común en la política. Al elector le basta escuchar una palabra -digamos “castrochavismo”, "Venezuela”- para imaginar un universo en torno a ella. Por eso ese elector se desilusiona tanto al confirmar luego, cuando el que era su candidato ocupa ahora el poder, que lo que ese político dijo no fue lo mismo que él entendió.

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Hay un ciudadano de a pie que se educa para salir adelante honestamente; es ese mismo que lleva a rastras las desigualdades sociales, la falta de oportunidades, las injusticias, la falta de justicia, la pobreza, el abandono estatal, la miseria en el campo; o son esos a quienes se les niegan los derechos individuales o los derechos humanos. Ese ciudadano no solo ansía el cambio: también quiere hacer parte de él. Por eso se deja llevar, idealista o romántico, por los cantos de sirena de quienes repiten en la plaza pública las palabras que, al oírlas, cree que se las dice a él directamente al oído. “Hay que dejar el pasado atrás, en adelante todo será mejor”.

Otros no creen igual, ora porque se han estrellado con esa realidad, ora porque crecieron en otra realidad. Estos últimos particularmente entienden el poder de la política como sinónimo de corrupción, incluyendo la del alma propia, pues no aprendieron a hacer más nada en la vida, salvo robarle al Estado. La corrupción, para ellos, es sinónimo de viveza e inteligencia; y la delincuencia y la violencia, cualidad antes que defecto. Se quejan de los otros, los que están descritos en el primer párrafo, porque “son débiles frente al crimen” e incluso entre ellos se preguntan si son capaces de votar por alguien que no haya matado nunca. “Un rey que no ha matado es un rey débil”, alegan que así lo acuñó la historia.

La realidad no es tan maniquea como aquí se plantea y hay en ella toda una gama de matices. Pero el maniqueísmo es lo más común en la política. Al elector le basta escuchar una palabra -digamos “castrochavismo”, "Venezuela”- para imaginar un universo en torno a ella. Por eso ese elector se desilusiona tanto al confirmar luego, cuando el que era su candidato ocupa ahora el poder, que lo que ese político dijo no fue lo mismo que él entendió. Esto sucede porque los politiqueros saben que cuando se explican demasiado las cosas, la gente desconfía. Lo más eficaz para ellos, entonces, es mostrarlas en términos de bien o mal; y lo más difícil, para el elector, es entender todas las sutilezas y las cosas intermedias que hay.

Lo peor es cuando el maniqueísmo se expresa desde el fanatismo religioso. Hay ‘personajillos‘ siniestros por ahí que se indignan por Dios y juzgan en Su nombre. Como si Dios les hablara a ellos, solo a ellos, y los designará sus voceros en la tierra. Estos líderes fanáticos, grandes manipuladores de su feligresía, toman cada vez más fuerza y, como una garrapata en el lomo de un perro, se aferran miedosamente al poder en Colombia.

En lugar de servir a la causa común, amañan la política a las causas morales personales. No es la ética y la legalidad lo que les importa. Tampoco es Dios ni sus preceptos. Solo les interesa el poder para usarlo en fines personales. Para lograrlo, queman, prohíben, señalan y estigmatizan lo que saben que incendia a los electores y el elector se deja “comprar” fácilmente cuando estos politiqueros montan un escándalo ‘moral‘ en los medios.

Convierten el quehacer de la política en oportunismo y burda propaganda de las consignas y dogmas que más les conviene, mientras se valen de la frase “la política es dinámica” para esconder sus propias incoherencias y su falta de principios, como cuando un día se muestran liberales y apoyan las libertades y los derechos individuales y años después se arrodillan por los votos, y en consecuencia por el dinero de la reposición de esos votos, ante quienes están en contra de esos mismos derechos y libertades.

@sanchezbaute

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