OPINIÓN

Erick Behar Villegas

‘La Odisea’, nuestra odisea

En nuestra tragedia en Colombia hay muchas odiseas cuyo clamor se hizo tan duro como silencioso este diez de agosto.
25 de agosto de 2026 a las 1:21 p. m.

Con curiosa sabiduría me dijeron alguna vez que ser colombiano es adverso. Pero serlo también implica vivir las pasiones y el sentimiento de forma algo desmedida. Implica saber lo que es ser feliz. Es padecer y sonreír, es experimentar ocasos y amaneceres y no perderse en la monotonía seca y fría que conozco de otros países. Esta generalización es un imposible, pero aun así, la hago en medio de este luto nacional.

Cada aumento que llega en la cifra de fallecidos y desaparecidos me duele. Los acompaño en su dolor con una sensibilidad mayor, quizá porque la tragedia golpeó las puertas de mi casa hace tres meses, cuando perdí a mi hija que iba a nacer muy pronto. A dicho dolor se sumó el maltrato de quienes pregonaban humanidad, pero se suavizó gracias a los que la practicaron sin tener que usar muchas palabras.

Cada historia se puede contar y es a su vez indescriptible. Cada situación de duelo se puede relatar e imaginar, pero no se puede simular en el interior de quien no la vive. Por eso pienso hoy al ponerle título a esta columna, no en una película, sino en una palabra derivada de una obra magistral que en cada era se reinterpreta. Pienso en una, en muchas odiseas.

En sexto grado tuve que leer La Odisea en el colegio San Carlos. Me obligaron, como a todo bachiller en su momento, y no me gustó la experiencia, pero sí las imágenes que producía mi mente. Pero no la entendí. Años después, cuando me interesé mucho más por Grecia y su idioma, la leí y tampoco la entendí del todo, porque creo que es más profunda que el alcance de mi imaginación y razón. Ahora, vi la película de Nolan y terminé en otro lugar muy distinto, uno que poco a poco conectó con una y muchas odiseas humanas.

Sobre la película hay mucho y poco que decir, además de que el cubrimiento en la prensa internacional ha sido masivo y será más nutrido que mi opinión. Pero, humildemente, en mi perspectiva de storyteller, solo puedo decir que su adaptación moderna, así su estética sea tipo Batman, como escriben en The Economist, es un viaje maravilloso por el arquetipo del héroe que padece en su interior. Es a su vez una pausa disfrutable para pensar cuán poco disfrutamos lo que por definición es escaso.

De ahí parto para pensar que en nuestra tragedia en Colombia hay muchas odiseas cuyo clamor se hizo tan duro como silencioso este diez de agosto. De la película, no de su estética, resalto que nuestra vida puede ser una odisea, una tortura en distintos momentos, pero que hay momentos en donde brilla el sol, en donde lo podemos corresponder con alegrías pequeñas.

Entre esas está el ser agradecido por un momento presente, por un gesto de generosidad, por poder ayudar y por ser conscientes de nuestro entorno. O bien, de una forma muy dura, podemos estar agradecidos por el simple hecho —no de estar— de sentirnos vivos. El día que cargué a mi hija en mis brazos cuando ella no tenía signos vitales y yo me acurrucaba frente a la cama del hospital, invisibilizado por lágrimas, ese día le dije silenciosamente que me hizo sentir vivo. De hecho, le agradecí. Hoy, pausadamente, a ella le escribo cartas que quizá verán el amanecer como un libro.

Por años me ha costado trabajo estar de acuerdo con M. García sobre Colombia como país de las emociones tristes, pero ahora que siento, de lejos y de cerca y una vez más, lo que es la tragedia, creo que esas emociones siempre están ahí, pero a veces son sometidas por la imponencia de la alegría y de otra muy grande: la esperanza. Creo que esta nos puede ayudar mucho. Y veo a ella en cada acción de ayuda y gestión, grande o pequeña. Desde nuestra pequeña empresa pudimos aportar nuestro grano de arena. En un plano muy distinto, cosas así nos pueden ayudar a sentirnos vivos y útiles para quienes lo necesitan más en este momento.

Y aquí regreso a Homero, Odiseo, Nolan y al storytelling. Este último se ha vuelto un instrumento poderoso a medida que me he ido adentrando en estos años en la psicología clínica, y el escritor argentino Jorge Bucay sabe bien cómo ponerlo sobre el papel, pues cuenta cuentos en sus terapias.

Dentro de cada uno de nosotros hay un héroe que cruza el campo de batalla llamado ‘la vida’, que cambia de disfraces, que aguanta más o menos barbarie y a veces es parte de ella, pero que puede permitirse dos cosas: una es trazar uno o más objetivos claros luego de abrir los ojos, y la otra es poder arrepentirse, como lo hace Odiseo al reconocer que violó la Ley de Zeus. Sucede que maltrató la bondad de la confianza que los troyanos sintieron. Recogieron el caballo, lo vieron como un regalo y luego entendieron que era su desgracia, su fin.

Sí, este Odiseo de la pantalla grande tiene su acento norteamericano y se distancia de lo que piden los críticos. Pero hace bien al recordarnos que, en un mar de Escila y Caribdis (los monstruos marinos y a la vez el dilema de los dos males), podemos intentar ser mejores, aun en contra de las tentaciones que surgen. Para él, estas eran quedarse con Calipso, Circe o escuchar a las sirenas y perecer.

Para nosotros, la oprobiosa tentación es optar por sucumbir ante las emociones negativas extremas, aun si nuestro contexto nos empuja a ello. Así como Odiseo luego se sube al barco con Penélope para navegar hacia la puesta del sol, creo que podemos imbuirnos de algo de esperanza para que las heridas sanen y entendamos que hay unas —las que nos hacemos mutuamente en la violencia propia de nuestro país— que no tienen por qué ser. Esa es una manera de navegar hacia la puesta del sol mientras nos sentimos vivos en nuestra odisea.