OPINIÓN

David Ghitis

La Otan es una calle de una sola dirección

“Si hemos llegado al punto en que la alianza de la Otan significa que no podemos usar esas bases… entonces la Otan es una calle de un solo sentido”, Marco Rubio.
13 de abril de 2026 a las 10:56 a. m.

La Otan, creada en 1949 como alianza de defensa colectiva contra la amenaza soviética, se fundamenta en el principio de que “un ataque contra uno es un ataque contra todos”, artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. Ese compromiso de solidaridad mutua fue el alma de su razón de ser durante la Guerra Fría. Sin embargo, en las últimas décadas —y de manera más visible en los últimos años— esa solidaridad se ha vuelto cada vez más unidireccional, con Estados Unidos asumiendo el rol de garante principal mientras muchos aliados europeos ofrecen apoyo condicional o selectivo.

Un ejemplo histórico ilustra el contraste. En 1982, durante la Guerra de las Malvinas, Washington prestó a Reino Unido inteligencia, combustible (casi 7,5 millones de litros), reabastecimiento de misiles y apoyo político decisivo, a pesar de irritar a toda Iberoamérica. Ronald Reagan priorizó la solidaridad con un aliado de la Otan. Cuarenta y cuatro años después, la dinámica se invirtió: en 2026, España cerró su espacio aéreo a aviones militares estadounidenses involucrados en operaciones contra Irán y bloqueó el uso de las bases de Rota y Morón. Francia negó sobrevuelos de aeronaves con suministros destinados a Israel, Italia rechazó solicitudes similares en la base de Sigonella en Sicilia, y Austria, amparada en su neutralidad, denegó permisos de tránsito aéreo. Incluso el Reino Unido —tradicional aliado incondicional— limitó el uso de sus bases a misiones estrictamente defensivas.

Esta asimetría no es nueva, pero se ha acentuado. Históricamente, EE. UU. ha apoyado operaciones europeas en Chad, Kosovo (1999), Libia (2011) y, más recientemente, ha cargado con gran parte del peso logístico en Ucrania. A cambio, cuando Estados Unidos ha necesitado apoyo —como en la protección del estrecho de Ormuz o en el actual conflicto con Irán— la respuesta europea ha sido tibia, matizada o directamente negativa. Italia, Francia, Grecia y otros países rechazaron unirse a una coalición naval para reabrir el estrecho pese a que el cierre afecta directamente al suministro energético europeo. Alemania lo resumió con franqueza: “Este no es nuestro conflicto. No lo hemos iniciado”.

La incoherencia alcanza niveles preocupantes en el terreno moral. Mientras España, Francia y el Reino Unido restringían el apoyo logístico a Estados Unidos frente a amenazas iraníes, estos mismos países respaldaron —o al menos no bloquearon— la nominación de Irán al Comité de Programación y Coordinación (CPC) del ECOSOC de la ONU, un órgano que influye en políticas globales de derechos humanos, derechos de la mujer, desarme y prevención del terrorismo. Que democracias europeas faciliten que un régimen que lapida mujeres, ejecuta disidentes y financia grupos terroristas tenga voz en foros de derechos humanos, revela hasta qué punto la solidaridad atlántica se ha vuelto selectiva y cargada de contradicciones.

Mientras tanto, la amenaza no es abstracta. En 2026, un misil iraní fue interceptado por sistemas de defensa aérea de la Otan cuando se dirigía hacia Turquía, y drones iraníes atacaron una base británica en Chipre. Europa sigue necesitando la protección estadounidense, pero no siempre está dispuesta a corresponder cuando Washington pide apoyo en escenarios que considera estratégicos.

Los datos de gasto en defensa refuerzan esta percepción. En 2025, por primera vez en la historia, todos los miembros de la Otan alcanzaron o superaron el umbral del 2 % del PIB en defensa, tras un aumento del 19-20 % en el gasto de Europa y Canadá. Sin embargo, las diferencias internas siguen siendo enormes: Polonia lideró con 4,48 %, seguida de Lituania (4 %), Letonia y otros países nórdicos y bálticos por encima del 3 %. En cambio, España, Portugal, Bélgica y Canadá se situaron exactamente en el 2 %. Estados Unidos, con un gasto de alrededor de 838-980 mil millones de dólares, representó entre el 59 % y el 62 % del gasto total de la Alianza. Más grave aún es la brecha industrial: pese al aumento del gasto, muchas cadenas de producción militar europeas siguen fragmentadas o desmanteladas, por lo que en un conflicto prolongado Europa dependería masivamente del apoyo logístico y de municiones estadounidense.

El resultado es una alianza que funciona bien cuando Europa necesita protección, pero que genera frustración en Washington cuando este pide reciprocidad. Marco Rubio, secretario de Estado y tradicional defensor de la Otan, lo resumió con crudeza: “Si hemos llegado al punto en que la Otan significa que no podemos usar esas bases para defender los intereses de Estados Unidos, entonces la Otan es una calle de una sola dirección. Tenemos tropas en Europa para defender a Europa. Pero cuando necesitamos que nos permitan usar sus bases militares, la respuesta es no. ¿Entonces por qué estamos en la Otan?”.

La Otan sigue siendo valiosa: ofrece a Europa seguridad frente a Rusia y a Estados Unidos una red de proyección global. Pero una alianza que opera como protectorado más que como sociedad de iguales corre el riesgo de erosionarse. Países como Polonia demuestran que es posible un compromiso serio y recíproco. El desafío actual es si el resto de Europa está dispuesto a pasar de la retórica de solidaridad a una contribución real, estructural y operativa, o si prefiere seguir delegando la factura de su seguridad en Washington mientras disfruta de los beneficios del Estado de bienestar.

La crisis actual no es solo sobre porcentajes de PIB, sino sobre la voluntad política de ser aliados en ambos sentidos: no solo quien recibe protección, sino también quien puede ser contado cuando llega el momento de darla.