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Opinión

  • | 2007/06/23 00:00

    La verdad

    No pueden tratarse igual las declaraciones de un delincuente cuando se refiere a otro como él y cuando lo hace contra quien se reputa honesto

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Confieso que me pone incómodo leer declaraciones de criminales confesos en las cuales 'defienden' a alguien. Soy de aquellos convencidos de que habla bien de uno el que ciertos personajillos decidan insultarlo, agredirlo o amenazarlo. Que, por ejemplo, las Farc o los paras decidan tomar por blanco de sus iras a un político o a un periodista, debe ser motivo de orgullo para el objetivo. Aunque dé miedo, claro, porque es bien sabido que muchas veces esas cóleras trascienden el estado de ánimo y van seguidas del asesinato. Como sea, es buen síntoma que los delincuentes se molesten con lo que decimos o hacemos. Y preocupa cuando ocurre lo contrario.

En general desconfío de lo que afirman los bandidos y creo que sobre sus palabras debe tenderse un sano e indispensable manto de escepticismo e incredulidad. Casi siempre detrás de sus declaraciones hay pérfidas intenciones y afanes de manipulación. La calumnia y la injuria, además, son con frecuencia otra arma en el arsenal del delito.

Por eso no me gusta que haya salido Mancuso a 'desmentir' al también narcotraficante Ochoa Vasco en relación con el dinero que habrían recogido jefes paramilitares para supuestamente entregarlo a la campaña de 2002 de Álvaro Uribe. Y que lo mismo haya hecho Miguel de la Espriella, ahora ya confeso colaborador de las autodefensas. El Presidente no necesita de tales 'ayudas'.

Que delincuentes desmientan a otros delincuentes siembra dudas en muchos. Habrá quien diga que las semillas de las preguntas provienen de las afirmaciones mismas de los bandidos. Seguramente es así. Hay en el país un ambiente en el cual se da por cierta cualquier cosa que digan los criminales. Aunque habría que matizar diciendo que para el grueso de lectores, televidentes y radioescuchas, la credibilidad depende de que lo afirmado coincida con sus simpatías políticas o su ideología. Por eso no es inusual que frente a la misma declaración haya quien dé por cierto lo que reafirma sus convicciones y al mismo tiempo suponga que es falso aquello que no coincide con sus prejuicios.

El punto es que en principio quien debe merecer credibilidad es la persona que se tiene por honesta y recta. Para el caso que nos ocupa, deberían bastar los hechos. Verificar que hubo un conjunto de medidas para proteger las finanzas de las candidaturas presidenciales de la infiltración de dineros sucios. Y la explicación de Fabio Echeverri, gerente de las dos campañas de Uribe. Pero cuando se publicaron las declaraciones de Ochoa Vasco no se hizo referencia a tales salvaguardas y nadie le preguntó a Echeverri. No es buena práctica publicar lo que dice un criminal sin tener las versiones de las víctimas de sus acusaciones y sin exigir las pruebas de lo que se dice.

No estoy afirmando acá que debe darse por falso cualquier cosa que diga un bandido. O que no sea noticia. De hecho, con frecuencia son los testimonios de los miembros arrepentidos, o incentivados con beneficios penales, los que dan al traste con la actividad de los mafiosos. Pero no pueden tratarse como iguales las declaraciones de un delincuente cuando se refiere a otro de su especie y cuando se viene contra quien se reputa honesto. Y ciertamente no debería bastar un testimonio para acabar con honras y establecer condenas.

El punto es que el país quiere la 'verdad'. Conocerla es fundamental para perdonar, si fuera el caso, y, sobre todo, para no olvidar. Cuando olvidan, las sociedades se condenan a repetir su pasado. Si queremos dejar atrás la violencia de las últimas décadas, es indispensable saber la verdad y sancionar a los responsables. Pero la verdad no puede ser lo que afirmen los delincuentes. Debe ser la que establezcan las autoridades judiciales, en juicios en los cuales se preserven la presunción de inocencia y el debido proceso, haya controversia y se aporten las pruebas de lo que se dice.

A mi juicio, sólo entendiendo la verdad de esta manera será posible tramitar lo que falta del proceso de justicia y paz. Sólo así podrá eliminarse la tentación de enlodar a todos para generalizar las culpas. Y sólo así podremos superar los sobresaltos mediáticos que producen las declaraciones de los criminales y las de sus cómplices.
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