OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

Nostalgia de Medellín

En tiempos turbulentos, visitar mi ciudad natal es fuente de felicidad y añoranza.
4 de abril de 2023 a las 10:45 a. m.

En el Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell escribe sobre la antigua ciudad fundada por Alejandro Magno en el 331 a. C., que fue centro de irradiación de la cultura helénica durante siglos:

“La ciudad… volvía a reclamarme. Si bien era cierto que algunas partes de la vieja tela se habían desgastado, otras, en cambio, aparecían restauradas… tuve tiempo de experimentar un doble sentimiento de familiaridad y alienación, de medir la estabilidad con relación al cambio, el pasado con el presente. Y aunque los vínculos con mis amigos no habían cambiado demasiado, penetraron ahora nuevas influencias… como las figuras de las mesas giratorias en las joyerías, nos mostrábamos, unos a otros, rostros siempre nuevos de nosotros mismos”.

Como Medellín es la ciudad de mi niñez y juventud, al retornar veo sitios teñidos por la pátina que el tiempo deja y los recuerdos florecen. Sentado durante varias horas en la zona de visitantes del Hospital Pablo Tobón Uribe, mientras aguardo, con esperanza y temor, noticias sobre un ser querido, me detengo a observar la amplia panorámica de la ciudad. Los ojos ven la realidad actual, la memoria evoca otras épocas.

Mirando desde occidente hacia oriente, veo una gran mancha boscosa integrada por el Jardín Botánico y el campus de la Universidad de Antioquia. En los años de mi niñez -años cincuenta de la pasada centuria- sólo existía en esa zona el Parque de la Independencia. Allí confluía en días festivos la gente pobre de la ciudad: obreros recién trasplantados del campo, servidoras domésticas, policías, empleados de bajo rango, jóvenes prostitutas que hacían la vida en el vecino barrio de La Bayadera, bello y exótico nombre que refiere a las bailarinas sagradas de la India.

Dos elementos del antiguo parque voy a recordar. Un pequeño lago central, que me parecía enorme desde la perspectiva infantil, en el que era posible remar en barcas de alquiler. En la imaginación de esos navegantes en las aguas de la ilusión, es probable que durante unos cuantos minutos la prosaica realidad de sus vidas fuera sustituida por reinos imaginarios en los que la juventud jamás se marchita y las carencias materiales han desaparecido.

El otro era un teatrino en el que rodaban películas habladas en español, principalmente mexicanas. Para un público en buena parte analfabeta, que no podía leer subtítulos, la lengua vernácula era importante, y esa cinematografía, que exploraba temas parecidos a los que nosotros padecíamos -violencia, pobreza, desarraigo- interpretaba bien los sentimientos del auditorio. La atracción que ejerce la cultura popular de México entre nosotros, en especial en los estratos populares, no se ha perdido. La música de las antiguas guerrillas farianas está influida por los corridos de la revolución mexicana de una centuria atrás. Los mafiosos suelen denominar sus fundos con nombres de origen azteca y adoran sus cantantes populares y telenovelas.

Quizás fue en ese pequeño recinto, que olía a perfumes baratos y a sudor, donde descubrí a Cantinflas, ilustre precedente del Chavo del Ocho y de Chespirito, que surgieron décadas después. En muchas de sus películas representó un personaje venido de abajo, pero ávido de ascender en la escala social. De allí ese lenguaje que, intentando parecer sofisticado, delataba sus humildes orígenes. Qué diferencia entre nuestros personajes populares, vencidos por el infortunio, y los superhombres que nos presentaban las películas y revistas venidas de Estados Unidos. Los nuestros hechos de barro terrenal; aquellos de acero.

El otro componente de la franja verde, visible desde mi punto de observación, es la arboleda que circunda el campus de la Universidad de Antioquia. Fue construido en los años sesenta de la centuria pasada de una sola vez y a partir de un diseño urbanístico integral. Estas características son excepcionales. De ordinario, en nuestro país y en otros, los recintos universitarios han sido edificados gradualmente, en función de sus necesidades de crecimiento.

Estos son hitos destacables de una ciudad que se ha dedicado, con fervor y constancia, a sembrar y cuidar árboles, lo cual explica la abundancia de su fauna aviar. Pocas ciudades de Colombia pueden emular con Medellín en este hermoso empeño. En una escala menor cabe mencionar a Neiva, situada a la vera del Magdalena, cuando el río no ha recibido aún las cargas contaminantes que lo tienen moribundo.

Ahora decido mirar más lejos, hacia el barrio Prado, que apenas puedo vislumbrar. Ochenta años atrás estaba habitado por familias adineradas que después migraron hacia otras zonas. Parte de las mansiones que entonces se erigieron han sido recuperadas y hacen parte de nuestro patrimonio arquitectónico. La casa de mi abuelo quedaba en el límite entre ese barrio elegante y otro de estrato popular. No es casual esta ubicación fronteriza. Mi abuelo materno, arriero de oficio, había sido desplazado, un par de décadas antes de mi nacimiento, por el transporte automotriz. Se ganaba la vida en la fábrica de textiles de la que sus prósperos parientes políticos eran propietarios. Debió ser duro para él pasar de empresario a empleado. Hondos eran sus silencios, le dolía un brazo que se había roto al caer de una mula, me enseñaba a jugar ajedrez…

La casa pequeñita de mis padres con ella colindaba. De allí salimos para Bogotá a perseguir un sueño de prosperidad que el fatídico 9 de abril de 1948 volvió trizas. Entonces a mi padre, derrotado, le tocó emplearse en una empresa familiar de los tíos de su esposa; a él, joven altivo, hijo menor de un terrateniente del Valle del Cauca, venido a menos en la crisis de los treinta.

Con los ojos del alma me desplazo desde mi atalaya en el Hospital hacia Envigado, Sabaneta y, finalmente, La Estrella, en donde la gente acomodada de mi ciudad tenía sus casas de veraneo. Elegantes las de los hermanos de mi abuela, modesta la de mi abuelo. Desde la colina en donde estaba situada esa pequeña casa campestre podía ver el curso natural del río Medellín poco antes de su viraje hacia la ciudad, ya canalizado y envilecido. En sus vegas abundaban los arbustos de guayaba, por las que competíamos pájaros y niños (avecillas de otro tipo), y era posible bañarse con cierta incomodidad; sus aguas eran frías y correntosas. Abundaban los exuberantes madroños; su fruto era de un amarillo intenso; su carne blanca y aromática; sus ramas nos abrazaban en silencio. Al parecer, como tantas otras especies, estos árboles se han extinguido. ¿Qué se hicieron las guamas, los mamoncillos, las grosellas, los anones, de la infancia?

Armados con pistolas de plástico, los hijos de campesinos y veraneantes jugábamos a policías y ladrones (entonces la diferencia entre buenos y malos era nítida, o así me parecía), inocentes de que la violencia real rondaba cerca. La descubrí con horror cuando vi un cadáver mutilado que transportaban en la banca trasera de un enorme auto negro. En épocas de Navidad, participábamos en la novena de aguinaldos, perseguíamos globos de papel, anhelando los regalos que nos traería el niño Dios, que ya para entonces era más generoso con unos que con otros. La niñez de Fernando Vallejo, mi casi contemporáneo, transcurrió en ese mismo ámbito. Con enorme riqueza literaria la dejó escrita en Los días azules, el primero, y, quizás, el mejor de sus libros. Por su ternura y poder de evocación son equivalentes suyos En busca del tiempo perdido, de Proust, y el Retrato del artista adolescente, de Joyce.

Este es el país de mi infancia y adolescencia del que he sido expulsado, ¡ay!, sin remedio.

Al igual que la vida, la remembranza y la escritura ocurren en el tiempo. Lejos de la ciudad que amo, ahora estoy en “La montaña mágica”. A tres mil metros de altura, me circundan el calor de los míos, la niebla y dos bosques de dioses tutelares: uno de árboles, otro de libros. En este preciso instante soy feliz.