Tomar el camino de la desobediencia civil, con el propósito de erosionar la credibilidad del nuevo gobierno hasta que eventualmente caiga y se abra un momento refundacional, tiene un cierto parecido a la acción subversiva; a lo que en el fragor de la ola de violencia que vivimos a mediados del siglo pasado se llamó la “acción intrépida”, que tantos muertos causó. Pienso que ese no es el objetivo que ahora persigue el Pacto Histórico, pero puede ser el resultado.
El grado de crispación y antagonismo visceral que padecemos puede dar lugar a una ola de acciones violentas, incluso sin que ningún dirigente de la oposición las promueva. El alzamiento popular suscitado por el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948 fue espontáneo. Aterrados por la fuerza del alzamiento, sus copartidarios del Partido Liberal acudieron ante el presidente Ospina, del que eran opositores, para ofrecer su concurso con el fin de restablecer el orden.
Si las movilizaciones callejeras, que pueden ser el instrumento para masificar la desobediencia civil, no prosperan, una razón para que así suceda tal vez sea que la amplia cauda que siguió al Pacto Histórico en los eventos comiciales de este año sufra una reducción significativa. Muchos de esos seguidores no son revolucionarios a la vieja usanza. Los tiempos de “la hoz y el martillo” quedaron atrás.
Como creo que para Colombia no es conveniente seguir en una situación de extrema pugnacidad, anhelo que los dirigentes del Pacto Histórico adopten una política para la promoción de su plataforma ideológica que no sea la desobediencia civil.
Ese nuevo instrumento podría ser el “Patriotismo Constitucional, una propuesta difundida por Jürgen Habermas, filósofo alemán cercano al marxismo, muerto hace poco. La idea surgió entre las élites intelectuales de su país, las cuales, después de la tragedia que fue el nazismo, encontraban difícil hacer confluir sus sentimientos patrióticos en torno a la nación germánica. En búsqueda de un factor idóneo para recuperar la convergencia emocional de sus compatriotas, al menos mientras esas heridas se cerraban, propuso el “Patriotismo constitucional”.
En su opinión, las identidades políticas deben basarse en principios universales y procedimientos democráticos, no en rasgos étnicos, culturales o históricos particulares. Encontró que la fidelidad a las constituciones liberales y democráticas era adecuada para recuperar y fortalecer la adhesión de los ciudadanos en torno a valores comunes. Precisamente los que encarnan en un cierto ordenamiento constitucional.
Nuestra Constitución de 1991 fue producto de un amplio consenso, del cual hizo parte el M-19, un movimiento guerrillero desmovilizado que hace parte de la coalición actual de fuerzas de izquierda. Ese contrato social, plural e incluyente, es un escudo suficiente para que ese sector de la vida política nacional haga valer sus derechos e intente recuperar el gobierno en el cuatrienio que comienza en 2030.
Por comprensibles razones, el candidato Cepeda se comprometió a ser fiel apóstol del evangelio petrista. Mantener esa posición no será tarea sencilla, y menos todavía lograr que sea atractiva para el electorado. En la medida en que transcurra el tiempo, se irá viendo con mayor claridad la ruina del Fisco y el costo de reparar el sistema de salud. Muy probablemente padeceremos también una crisis energética. A esto se puede añadir que recuperar el crecimiento y frenar la inflación no sucederán de un día para otro.
Cepeda debería desarrollar su nuevo liderazgo como jefe de la oposición en el Senado, una figura que puede ser muy poderosa. El gobierno entrante le dará a Cepeda y a su poderosa bancada parlamentaria muchísimas ocasiones para impugnar sus iniciativas y decisiones. Esta estrategia luce más promisoria que la desobediencia civil. Y no se parecería al paradigma de la vieja izquierda de “combinar todas las formas de lucha”, ya no entre votos y armas, sino entre debates parlamentarios y obstrucción callejera.
Es igualmente adecuado que los sectores de izquierda establezcan, como se ha anunciado, un “gabinete en la sombra”, figura que es ampliamente utilizada en el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. En esencia, consiste en que el principal partido de la oposición conforma un equipo paralelo al gabinete de gobierno con el propósito de vigilarlo y cuestionarlo, y poder presentarse como una alternativa adecuada para gobernar en el ciclo siguiente.
Vale la pena recordar que en nuestra región contamos con modelos de coexistencia civilizada entre sectores antagónicos. Los más notables ocurrieron durante los gobiernos de José Mujica en Uruguay y Gabriel Boric en Chile. Estas experiencias son valiosas. Cepeda y los suyos deberían tomarlas como referentes.
La utilización de reglas y modos de comportamiento para fortalecer la oposición que opera dentro de la legalidad puede avanzar mucho más. El presidente Barco lo intentó, ofreciéndole al Partido Conservador, al que había derrotado en las urnas, una participación en los ministerios inferior a la que este esperaba. Su propósito implícito consistía en que rechazara esa oferta y tomara el camino de ser oposición. Fue lo que sucedió. Lamentablemente, el experimento no tuvo continuidad.
El gobierno siguiente, encabezado por César Gaviria, retornó al esquema tradicional de responsabilidad compartida entre los partidos liberal y conservador; así fue diluyéndose el vigor de esas formaciones partidarias, hoy carentes de programas propios. Su objetivo es “acercarse al sol que más alumbre”.
Una oposición inspirada en el Patriotismo Constitucional solo es posible si tiene en frente un gobierno leal que la entienda como un elemento básico del juego democrático. El “fair play” es indispensable en el deporte tanto como en la política. Sus exigencias son múltiples: no corromper a los adversarios, procurar que sus espacios en el Congreso sean respetados, darle información oportuna sobre el objetivo de sus propuestas y algo simple e indispensable: superar la estrategia de insultar al rival.
Con tibio optimismo anhelo que el próximo cuatrienio sea exitoso. Que así suceda en mucho depende de la conducta tanto del gobierno como de la oposición.
Briznas poéticas. Imagino a Wislawa Szymborska sonriendo desde el otro mundo mientras nos mira leer este fragmento suyo:
La realidad no se disipa
Como se disipan los sueños.
Ningún murmullo, ningún timbre
La dispersa,
Ningún grito ni estruendo la desgarra.
Son opacas y confusas
Las imágenes de los sueños,
Lo que se deja explicar
De muchas maneras diferentes.
La realidad es realidad
Y ese es su mayor misterio.
