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Opinión

  • | 2020/05/16 02:00

    Por ti, Andrea

    La buena noticia, en un país plagado de impunidad, es que el 8 de mayo condenaron a Héctor Albeidis Arboleda, el verdadero nombre del Enfermero, a 40 años de cárcel.

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Durante seis meses conservó el feto de su hijo en un frasco con alcohol. Lo mantenía a escondidas en su morral; por las noches, en la caleta, cuando nadie la observaba, lo sacaba y le hablaba entre susurros. “Le decía lo triste y lo mal que me sentía por haberle perdido; le decía muchas cosas, qué sería si ya hubiera nacido. Mi ilusión era tenerlo y no me dejaron. Y así, muerto, lo quería tener”, me contó la exguerrillera. “En un combate lo perdí”.

Conocí la historia de Vanessa en 2017. Dos años antes, fui hasta un pueblo de Risaralda, limítrofe con Chocó, para entrevistar a otra joven, que no dejaba de pensar en las cuatro criaturas que su comandante no le permitió alumbrar. “A veces me encierro sola a llorar. Ya serían hombres y mujeres, hechos y derechos”, murmuraba.

Una más relató que había escogido el nombre de Andrea para su hija. “Ahora tendría 14 años”. Por azares del destino, logró camuflar su embarazo hasta el séptimo mes. Conocía el reglamento desde que ingresó, no olvidaba las palabras del comandante a las recién llegadas: “Acá se tienen que cuidar porque las que quedan en embarazo se ajustician o se mandan a abortar”. Pero estaba convencida de que esa vez harían una excepción, habían demorado en descubrirla y se apiadarían del bebé.

Hasta el día en que el comandante le ordenó acudir al Enfermero, el alias por el que conocían en las Farc, el ELN y el desaparecido EGR al desalmado que practicaba los abortos obligados a cambio de plata. A base de medicamentos, en menos de 24 horas, la muchacha expulsó el feto. “Estaba muy grande y una compañera, que hacía poquito había pasado por lo mismo, me la envolvió en una gasa y me la dio. La abracé y lloré. ¿Qué más hacía?”.

Al menos, rememoraba con una tristeza infinita, sepultaron a su hija. “Al bebé de la compañera, que estaba de cuatro meses, lo echaron al sanitario y la tubería daba a donde toman agua los animales. Las gallinas corrieron a cogerlo con el pico y los marranos iban tras ellas para quitarles los trocitos del bebé. Mi compañera lo vio todo. Quedó traumatizada”.

Debo admitir que hasta que no escuché los primeros relatos, nunca había reparado en el drama oculto de tantas guerrilleras, activas y desmovilizadas. Cubrí masacres, secuestros, desapariciones, ataques a poblaciones, asesinatos, reclutamiento de menores, desplazamientos... Pero jamás pensé que el mandato de las cúpulas guerrilleras de abortar los hijos de la tropa –algo que conocen la senadora de Farc Victoria Sandino y sus compañeros de bancada– sumiera en la angustia y depresión a centenares de jóvenes. Y que el dolor siga punzante pasados los años.

Todas ellas clamaban por asistencia psicológica y por justicia, en especial las que pasaron por las manos del Enfermero. La buena noticia, en un país plagado de impunidad, es que el pasado 8 de mayo condenaron a Héctor Albeidis Arboleda, su verdadero nombre, a 40 años de cárcel. Cabe anotar que se trata de una pena verdadera, no de ficción.

El mérito de ese triunfo judicial se debe, en gran medida, a un puñado de investigadoras de Pereira, respaldadas por su fiscal, que comenzaron a tejer el caso con un compromiso y rigor admirables. No resultó nada fácil seguir el rastro de decenas de exguerrilleras desamparadas que, con frecuencia, residían en veredas apartadas, temerosas al tratarse de desmovilizadas, y convencerlas de tragarse el miedo a represalias, ofrecer su testimonio y denunciar.

También dieron con el criminal, huido en 2003 a España, donde se había casado, y lograron la proeza de extraditarlo a Colombia.

Dada la indiferencia general hacia esas víctimas y la nula presión de las influyentes organizaciones feministas, pensé que jamás conseguirían su propósito. Me sorprendió que esas ONG, tan luchadoras y vociferantes cuando les provoca, se quedaran al margen, salvo honrosas excepciones.

No sé si les molestaba que centenares de exguerrilleras, algunas violadas por sus comandantes, ansiaran dar a luz en lugar de abortar. Por eso, supongo, pasaron de puntillas ante una condena ejemplarizante contra una bestia torturadora, y no celebraron el paso histórico de reconocer el horror que cientos de chicas sobrellevaron en silencio. Triste que esas víctimas tampoco ahora sientan el respaldo social por su dolor. 

El fallo, en todo caso, presiona a la JEP, porque no tendría sentido que al ejecutor de las órdenes le metan 40 años y los cerebros de la crueldad sigan frescos, muchos en el Senado pontificando sobre la igualdad femenina, y ni siquiera pidan perdón.

NOTA: Espantosa, imperdonable, la salvaje masacre de Álvaro Narváez Daza y su familia en el sur del Cauca. Las nuevas Farc-EP cada día son más fuertes y crueles. ¿Qué hace MinDefensa? 

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