OPINIÓN

Camilo Prieto Valderrama

Preocupante comportamiento del uso del gas natural en el sector industrial

Hay señales de desindustrialización que deben ser atendidas.
15 de enero de 2026, 11:00 a. m.

Entre noviembre y diciembre, la demanda industrial de gas natural en Colombia cayó un 23 %. La cifra, aislada, podría parecer un dato más en una estadística sectorial. En realidad, es una señal física de algo más profundo: no estamos viendo eficiencia, ni sustitución tecnológica, ni una transición energética en marcha. Estamos viendo destrucción de demanda inducida por precios. Cuando una industria reduce abruptamente su consumo de gas, no lo hace porque haya aprendido a producir acero, vidrio, alimentos o cemento sin calor, sino porque el insumo se ha vuelto económicamente inviable.

El detonante inmediato fue el cambio en el régimen contractual del gas. El 30 de noviembre vencieron contratos de suministro que durante años habían amortiguado la volatilidad del mercado. Con su expiración, una fracción significativa del gas empezó a valorarse bajo nuevas condiciones, más expuestas a tensiones de oferta y a referencias internacionales. El resultado fue rápido: los precios que se movían en un rango aproximado de 4,7 a 8,6 dólares por MBTU escalaron hasta niveles cercanos a 11,8. Para un hogar, esto es una factura más alta. Para una industria, es una alteración directa de su estructura de costos.

La razón estructural es bien conocida. Colombia ya no dispone de un excedente cómodo de producción nacional. Antes de que entren en operación nuevos recursos costa afuera, hacia el final de esta década, el país dependerá crecientemente de importaciones. Y el gas importado no es solo el mismo metano que se extraía en tierra, es una molécula que arrastra consigo licuefacción, transporte oceánico, regasificación, infraestructura portuaria y exposición a mercados altamente competitivos. Todo eso se paga. El precio final ya no se define en los yacimientos, sino en cadenas logísticas globales.

La industria es el primer sector en mostrar la fractura porque usa el gas no como un servicio, sino como un insumo productivo. El gas no solo calienta calderas; hornea pan, funde vidrio, sinterizan cerámicos, produce cemento, moldea plásticos, refina aceites, sintetiza fertilizantes. Cuando el precio del gas se duplica, no se ‘optimiza’ un horno de la noche a la mañana. Se paran turnos, se reducen volúmenes, se sustituyen insumos, se importan productos terminados. La caída del consumo es, en muchos casos, la antesala de la caída de la producción.

Desde una perspectiva sistémica, esto no es una anécdota de mercado, es una señal temprana de pérdida de competitividad energética. Las economías industriales modernas no se sostienen sobre discursos, sino sobre flujos estables de energía asequible. Cuando un país comienza a destruir demanda industrial por precio, no está avanzando en transición; está trasladando valor agregado al exterior, importando bienes que antes producía y encareciendo su canasta básica.

La cifra del 23 % no describe solo menos gas. Describe menos calor disponible para transformar materia. Y en una economía física, transformar materia es lo que llamamos producción. El debate, por tanto, ya no es si hay gas en el subsuelo, sino si habrá gas suficiente, confiable y económicamente accesible para sostener la estructura material del país durante los próximos diez años. Porque cuando la energía deja de fluir, lo primero que se enfría, no son los hornos, es la industria.