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Que vivan los ricos

Cuenta Mario Vargas Llosa que cuando fue candidato a la Presidencia de la República del Perú, al salir de un agasajo político de alto coturno en un lugar similar, imagino yo, a nuestro Salón Rojo del Hotel Tequendama, pero en Lima, en el cual acababa de presentar su plataforma económica, una señora de aspecto humilde, pero entusiasta, le gritó alborozada a su paso, pretendiendo alagarlo: “¡Que vivan los ricos!”. Comprendió él ese día, según su propio dicho, que perdería las elecciones. No había manera de que los más desprotegidos de la sociedad entendieran su propuesta económica de estirpe liberal.

Jesús Pérez-González Rubio
1 de febrero de 2018

Mucho me temo que algo similar les pueda pasar a nuestros doctores Vargas Lleras e Iván Duque quienes pretenden:

  1. Reducir el impuesto a las empresas. Nada más loable.
  2. Eliminar el impuesto a las rentas de capital por concepto de dividendos que hoy es de un tímido 5 y 10 por ciento. Prometen así un suculento regalo a las fortunas más grandes, para las cuales apoyar económicamente estas candidaturas puede ser desde el punto de vista del capital invertido, un gran negocio.
  3. Eliminar la renta presuntiva, nada más contraproducente para evitar la evasión fiscal.

El resumen de estas iniciativas es simple: más para los más adinerados y menos para la ciudadanía con necesidades básicas insatisfechas.

¿Son fiscalmente responsables estas propuestas dado el inmenso déficit fiscal del país que supera los 30 billones de pesos, aproximadamente 1,5 por ciento del PIB por encima de la regla fiscal? ¿Son responsables ante la magnitud de las mencionadas necesidades básicas insatisfechas a lo largo y ancho del país, pero sobre todo de las costas Caribe y Pacífica, el Chocó y el Cauca?

Se trata de un faltante presupuestal originado principalmente en la caída de los precios del petróleo. Pero también en el gasto desbordado en burocracia inútil para satisfacer apetitos clientelistas, en propaganda innecesaria de las entidades del Estado, solo útil para contribuir en la financiación de los medios masivos de comunicación, los más importantes de los cuales están en manos de los grupos económicos del país; financiación de exenciones tributarias a los beneficiarios de las zonas francas y los contratos de estabilidad jurídica, entre otros, y subsidios a la producción económica incapaz de competir exitosamente aun a nivel nacional con las importaciones.

Decía Schumpeter que la diferencia entre un empresario privado y uno público era que el primero arriesgaba su dinero y el segundo el dinero de los contribuyentes. En Colombia esta regla no opera porque aun los empresarios privados terminan arriesgando el dinero público y no el privado de ellos, ya sea a través del mecanismo de los subsidios o de la socialización de las pérdidas. Todo esto hay que corregirlo. Ojalá los candidatos se ocuparan de estos temas que son los que realmente le interesan a la ciudadanía.   

El ‘hueco‘ que dejarían medidas como las sugeridas por los candidatos, no se cubriría, como pretenden ellos, con un mejor recaudo, fruto de un mayor control a la evasión y elusión tributaria.  

Es justo aclarar que no todos los que compiten por los votos de lo que comúnmente se conoce con el nombre de extrema derecha están en la misma línea de pensamiento. La candidata conservadora Marta Lucía Ramírez tiene una posición radicalmente distinta: “Soy de la teoría de gravar mucho más progresivamente los dividendos de las personas que los de las empresas y reducir la tarifa de la renta corporativa…En Colombia, el 1 por ciento más rico de los colombianos, que es dueño del 20 por ciento de las rentas de la economía, solo paga el 8 por ciento de los impuestos. Eso es tremendamente inequitativo”. (El Tiempo, 22 de enero 2018, p.1.4). Sí, tiene razón, es tremendamente inequitativo, de un lado, y le resta capacidad al Estado para atender el gasto social, de otro.   

Evidentemente, hay que reducir aún más el impuesto a las empresas para hacerlas más competitivas a nivel nacional e internacional, en esta época de libre comercio. Pero no se debe  hacer sin condicionar estas medidas a la incorporación de las más modernas tecnologías al proceso productivo. Si no nos colocamos al más alto nivel tecnológico no podremos ser ni nacional ni internacionalmente competitivos, de donde parece apenas natural que la rebaja adicional de impuestos esté condicionada a la modernización tecnológica de las empresas, tanto más cuanto que sus posibilidades de expansión y en consecuencia de incorporación de nueva mano de obra depende de competir exitosamente en los mercados de Colombia y del mundo. Es lo que tradicionalmente ha faltado en el país. Nuestras empresas, en muchos sectores, se han acostumbrado al subsidio y a las exenciones tributarias y poco a la incorporación de las tecnologías de punta al proceso productivo. Es algo que pasa casi desapercibido.

Quizá podamos en el futuro, si elegimos bien entre los candidatos comprometidos con la equidad social como pueden ser, entre otros, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, superar la aguda observación de Gastón Jeze, quien decía que si se era clase dominante era precisamente para no pagar impuestos. Una Colombia que mire hacia el futuro en lugar de quedarse petrificada contemplando el pasado, exige más justicia en todo, incluida la justicia tributaria, para que haya más proyectos concretos de bienes y servicios que combatan la desigualdad, la pobreza, el desempleo, la falta de educación, de salud, de trabajo y de tierra. Y nada de esto tiene que ver con banderas de izquierda o de derecha, sino con proyectos específicos de  equidad y solidaridad.  

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Añadido: Valiente Claudia Morales, valiente Juliana Vargas, quien escribe: “La historia de las violaciones y los abusos sexuales en Colombia no nos ha dejado más alternativa que el silencio… Soy una de esas tantas mujeres que se dejó vencer por la inseguridad cuando la atacaron. Soy una de esas tantas mujeres que resolvió resistir en silencio ese ataque. Soy una de esas tantas mujeres que abrió los ojos esta semana”.   (El Espectador, 29 enero de 2018)

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