opinión

Alberto Donadio  Columna
Alberto Donadio - Foto: DAVID ESTRADA LARRAÑETA

Sergio Acevedo, in memoriam

Sergio fue un conversador formidable dotado de una memoria prodigiosa y una persona que seguía las noticias desde su temprana adolescencia en los años cincuenta.


Por: Alberto Donadio

Sergio Acevedo Gómez tomaba el teléfono en Bucaramanga y llamaba a un amigo en Medellín. En largas conversaciones creaban crucigramas. No los resolvían, sino que formulaban las preguntas. Me acuerdo de dos. Destino turístico favorito de los oftalmólogos. La respuesta era las cataratas del Niágara. El otro: papel para difuntos. La respuesta: parafinado. Hoy él es el finado. Sergio Acevedo falleció el 14 de febrero a los 76 años. Padeció durante más de un decenio el mal de Parkinson. Fue durante muchos años el director de la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma de Bucaramanga y el fundador de la escuela de música de la misma universidad.

En los años ochenta fue director de la Orquesta Sinfónica de Antioquia. Dirigió su primer concierto en Colombia en los grados de la Universidad de los Andes en 1976. Sergio hablaba alemán, pues había estudiado música en Viena y en Berlín, y hablaba italiano, pues se graduó como director de orquesta en la Accademia di Santa Cecilia, antiquísima institución en Roma. Antes de estudiar música en Europa, era en su juventud un maravilloso acordeonista. Decía que, contrariamente a lo que enseña el refrán, él sí fue profeta en su tierra. Bucaramanga lo acogió y lo admiró. Llevó los conciertos a los pueblos, a los parques y a las iglesias, y fue uno de los personajes más queridos en la Ciudad de los Parques. Repetía que Dios creó el mundo para oír a Mozart. Mi esposa, Silvia Galvis, fue amiga de Sergio desde la infancia. Vivían a una cuadra en el barrio Bolarquí. La casa familiar de Sergio es hoy la sede de la campaña a la presidencia de Rodolfo Hernández. Heredé de mi esposa la amistad con Sergio. No fue una amistad musical, pues soy negado para las notas, sino una amistad que giraba alrededor de las palabras.

Sergio fue un conversador formidable dotado de una memoria prodigiosa y una persona que seguía las noticias desde su temprana adolescencia en los años cincuenta. Se acordaba de los teléfonos de familias amigas en Bucaramanga cuando el número era de cuatro cifras. Recordaba nombres que cualquier persona habría olvidado. Por ejemplo a Alma Bonucci, la casera de una pensión donde se alojó en Siena en los años setenta, que lo despachó a las 24 horas porque él se bañó el día que llegó en pleno verano y se volvió a bañar al día siguiente, en lo que ella consideraba un gasto enorme de agua. Y se acordaba de la dirección de la pensión. Yo diría que era un mnemonista. Sergio citaba que durante el gobierno de Rojas Pinilla (1953-1957), cuando el general compró una hacienda en Córdoba llamada Berástegui, el pueblo la bautizó Robástegui. Recordaba a Sendas, una dependencia oficial llamada Secretaría Nacional de Asistencia Social, a cargo de la hija de Rojas Pinilla, y cómo la gente decía “No le den dinero a Sendas porque Sendas son las sendas que conducen a las haciendas del general”.

Recordaba los parlamentos de la obra de teatro de Campitos sobre los hatos del general, Don Próspero Vaquero, que se presentó en Bucaramanga y en todo el país en esos años de la dictadura. Una vez lo llamé para decirle que me había encontrado una fotografía de 1959 en que aparecía el expresidente Darío Echandía y a su derecha una señora. No estando seguro de si Echandía era casado se lo pregunté y me dijo que por supuesto era casado, con Emilia Arciniegas. Cuando le preguntaban cómo hacía para acordarse de detalles tan lejanos en el tiempo, contestaba que siempre fue revistero. Fue también un gran lector. Leyó Rayuela de Cortázar muchas veces. En la página final de las novelas iba escribiendo con un garabato cuántas veces había leído el libro. Cuando era estudiante en Viena y se encontró a bocajarro con Julio Cortázar en la calle, quedó paralizado y no acertó a hablarle. Después pensó que lo que le habría dicho era: Giulio, ti amo. Luego lo trató cuando se encontraron en un concierto y Cortázar le escribió tres cartas, que para Sergio eran un tesoro.

No fue, pues, casual que el último concierto que Sergio Acevedo dirigió se hizo en homenaje a Cortázar. Se realizó en 2014, año del centenario del nacimiento del escritor y de los 30 años de su muerte. El concierto fue una coedición musical con la Big Band de jazz del maestro Óscar Acevedo, hermano de Sergio. En enero vi a Sergio por última vez. Estaba de visita su hermana Ilse, que vive en Atenas. En los últimos 12 años tuve el deleite de reunirme con un contertulio culto y cultivado como Sergio Acevedo. Sus últimas palabras se las dirigió a su hermana: cierre las ventanas porque va a llover. Y luego vino la lluvia.