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Opinión

  • | 2020/07/02 04:38

    ¿Somos un país de narcos, ladrones y matones?

    Que se igualen con Popeye y todos los de esa calaña, que se igualen con los que matan civiles para hacerlos pasar por combatientes de cualquier bandera, pero que no pretendan envilecer a la sociedad, indicando desde altísimas esferas que todos somos o hemos sido iguales.

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El diario ‘La Crónica del Quindío‘ del domingo anterior cuando se celebró el día del padre, abrió su página principal con el titulo: “Lehder el Alquimista” (ver) en  el que cuenta la historia del narcotraficante liberado a sus 70 años, luego de permanecer 33 en cárceles de Estados Unidos. 

Un título debajo del anterior decía: Feliz día a todos los padres laboriosos y añadía: "La Crónica le desea un día cargado de bendiciones a los padres que a diario salen a trabajar por sus hijos". 

Este hecho retrata bien al país y a nuestra sociedad.  

La asociación íntima entre criminalidad y poder, la contemporización social con el crimen aún prevalente continúa controlando regiones y en el plano nacional subsiste en diversos escenarios de lo público y lo privado.

Esa realidad parece justificar la conducta de quienes cuestionados por su amistad y actividades ligadas al mundo del tráfico de drogas quieren hacernos creer que aquí todos somos narcotraficantes o le debemos nuestro pasado y futuro al narcotráfico. 

Se equivocan “distinguidas señorías”. Colombia y los colombianos no somos narcotraficantes. 

Verdad sabida es que la economía colombiana ha tenido momentos de mayor o menor involucramiento con negocios ilegales, no solo de drogas como la marihuana o la cocaína, sino del contrabando de mercancías, especulaciones financieras que no son otra cosa que robos desvergonzados y corrupción pública como fuente de riqueza. 

Con todas las letras hay que decir que buena parte de las elites articuladas al poder nacional, regional y local -enquistadas en el poder público- construyeron una lógica de poder delincuencial que les permite ejercer esa conducta desde las altas esferas sin asumir responsabilidad política ni penal alguna.

Los casos se repiten un gobierno tras otro en municipios, departamentos y en el nivel nacional. Pero no nos equivoquemos: ni todos los servidores públicos, ni toda la dirigencia social y económica son corruptas. Las generalizaciones no son más que el manto adecuado para encubrir responsabilidades individuales. 

A la par que la lógica de quienes quieren imponer la idea de que aquí todos somos igual de criminales y por tanto quienes han gobernado con prácticas aberrantes están justificados para mantenerse en el poder, se viene acumulando un consenso sobre la necesidad de cambiar las élites - que no es lo mismo que cambiar de rostros en los carros oficiales.

Existe una ola creciente que busca cambiar la lógica de poder imperante. 

Esos vientos son los que de manera intensa, enloquecida si se quiere, enfrentan a la opinión pública cada vez con mayor fuerza y determinación. Es como si una fuerza sobrehumana se estuviese desatando. 

Por ello asusta tanto. 

Por ello los poderosos repiten y gritan una y otra vez que todas las violencias son iguales, que no ha habido dignidad en las confrontaciones, que todos los que pugnan están asociados al paramilitarismo y al narcotráfico. 

Por eso gritan que aquí no hay diferencias. 

Allá ellos. Que se han igualado con Popeye y todos los de esa calaña, que se igualan y nombran héroes a los que matan civiles para hacerlos pasar por muertos en combate, pero que no pretendan envilecer a la sociedad, indicando desde altísimas esferas que todos somos o hemos sido iguales. 

No es lo mismo el que se roba unas elecciones para preservar el poder y heredarlo a sus hijos y los de sus amigos, que aquellos que se alzan para enfrentar ese atropello antidemocrático. 

Que no se equivoquen tampoco quienes afirman que no existen fortunas medianas, pequeñas y grandes fruto del esfuerzo individual, familiar o del trabajo honrado en el marco de la democracia y la legalidad institucional. 

El debate no debe esconder las llagas, pero no puede animar a meter a todos en la misma bolsa de corruptos y asesinos para robarnos el futuro. 

Es posible, viable y necesario construir una sociedad sin falsos positivos, sin asesinar los líderes, sin esconder las deficiencias de la democracia construyendo un enemigo del país, un diablo a quemar de cuando en vez. 

Es posible consolidar liderazgos  que no tengan como socios de vida aliados y compinches en la frontera del código penal.

Como sociedad no estamos condenados a la lógica del odio y la virulencia por el pasado. Somos capaces de construir futuro sumadas las nuevas y las viejas generaciones, si juntamos la capacidad que nos ha permitido sobrevivir a pesar de las prácticas delincuenciales de buena parte de las élites y su cultura de poder mafioso.

Tal vez eso es lo que reclama y busca la creciente ola que exige cambios y rechaza maquillajes para no ser más un país en en cuya élite han florecido los narcos, ladrones y matones.

@alvarojimenezmi

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