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SOS: sacaron al Ejército y dejaron pueblos en manos del ELN y gaitanistas

Los pocos policías se resguardaron en la estación. Debieron interpretar el papel de convidados de piedra que les asignó el Ejecutivo.

Salud Hernández-Mora
17 de febrero de 2024

Hacía más de un mes que no aparecía el Ejército por el pueblo. Y cuando la población lanzó un grito de auxilio, tampoco atendieron las súplicas de inmediato. No tenían suficientes soldados en el área, se excusaron. Tiempo atrás existieron bases cercanas, pero este Gobierno las desmanteló. Pese a los aparentes obstáculos, prometieron que en 24 horas los mandaban.

No cumplieron. Demoraron cinco días en llegar.

Fue el 8 de febrero cuando los pobladores volvieron a vivir escenas que creían superadas. A las 2:50 de la madrugada escucharon los primeros disparos. El enfrentamiento, que los despertó y aterrorizó, duró hasta las 5:20.

Cuando todo quedó en silencio, el ELN clamó victoria. Habían matado a dos enemigos y el resto, ocho o nueve troperos de las AGC (Autodefensas Gaitanistas de Colombia), huyeron con un herido a cuestas.

“Nos sacaron de las casas y nos dijeron que desocupáramos. Que iban a darse bala con los otros, que ese territorio es de ellos y lo van a recuperar”, me cuenta un vecino en el albergue de Norosí que improvisó la alcaldía.

Los 470 desplazados de la vereda La Sabana, decenas de niños entre ellos, anhelaban retornar de inmediato. Solo esperaban que el Ejército retirara los explosivos que dejó la guerrilla y los acompañara mientras recuperaban la serenidad.

“Nos violan el derecho a la paz, a la tranquilidad. Hay personas traumatizadas”, comentó un señor que, como todos con los que hablé en el transcurso de una semana, pidió anonimato por miedo a represalias.

Después del ataque, la veintena de guerrilleros caminaron hacia la cabecera municipal, situada a poca distancia. Cruzaron las calles con descaro, hasta abordar un camión de estacas que los aguardaba.

Los pocos policías se resguardaron en la estación. Debieron interpretar el papel de convidados de piedra que les asignó el Ejecutivo.“Respetamos el cese al fuego porque no atacamos a la fuerza pública”, alegaron los elenos con el aire de superioridad que otorga saberse intocables y poderosos.

Aparte del drama humano, para la alcaldía supone un gasto considerable, dado su raquítico presupuesto. “Solo de pañales para los niños hubo que adquirir cien pacas. Más las comidas y las colchonetas”, señaló un funcionario.

Norosí, enclavado en las estribaciones de la serranía de San Lucas, fue feudo del ELN hasta que las ACG los expulsaron hace tres años. Desde diciembre pasado, van unos 25 asesinados y el temor general es que, si lo convierten en campo de batalla, el número crecerá. Y no sienten que en Bogotá preocupe su suerte.

Lo mismo piensan en su vecino Tiquisio. “El Gobierno nos abandonó”, claman voces entre susurros. Tenían una base del Ejército con unos 60 efectivos, pero la cerraron. Los dejaron con unos diez policías, tan decorativos como sus colegas de Norosí. Sin militares que los acompañen a realizar operativos contra los grupos criminales, imposible cumplir su misión constitucional.

Además de que tampoco reciben denuncias. Los problemas de cualquier tipo, me cuentan los vecinos, los resuelven rápido las AGC. “No hay ladrones ni riñas”, murmura un comerciante.

Multan con un millón tanto al que pega como al que recibe, así que todos las evitan. Y eran frecuentes porque muchos se toman lo que ganan en la minería de oro u otro trabajo. “Solo se beneficia Bavaria”, apunta un minero con sorna.

A los delincuentes los advierten una primera vez; a la segunda, los expulsan del pueblo. Si vuelven y reinciden, “se mueren”.

Y dar con los gaitanistas es sencillo, no se esconden. Sin militares a la vista, nadie los captura.

La única diferencia entre los yugos de las AGC y del ELN es el trato que dan a los drogadictos. “Los gaitanistas los permiten porque ellos venden el vicio. El ELN, no”, explica un lugareño. Es decir, los eliminan cuando practican la llamada “limpieza social”.

Aunque haya quienes crean que la mayoría acepta ceder institucionalidad a cambio de seguridad, escuché un sinnúmero de voces indignadas por el desprecio gubernamental. No entienden que saquen a los militares y los dejen en manos de las bandas criminales.

Si bien es cierto que el ELN y los gaitanistas siempre controlaron la serranía de San Lucas junto a las Farc, los pobladores necesitan sentir cerca el Ejército, así sea como mera tabla de salvación. Y pude comprobar que no es cierto que hayan desplegado soldados por el monte y los caminos, como alegan las cúpulas castrenses. En una semana en mototaxis, nunca vi un soldado. Incluso me desplacé con gaitanistas, que no tomaban precaución alguna, en mi frustrado intento en concertar una entrevista con los altos mandos.

¿Por qué sacaron a los militares? Insisten en preguntar, aún desconcertados.

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