Desde esta perspectiva moral me preocupan tres temas fundamentales:
1. Muerte de menores de edad en operativos militares. Las recientes acciones contra grupos armados ilegales han generado resultados positivos que la opinión pública, con razón, aplaude. El clamor por seguridad puede haber sido el factor determinante del triunfo de Abelardo De La Espriella.
Como lamentablemente en algunos casos han muerto menores de edad, ha surgido de nuevo un complejo debate: como esos grupos ilegales deliberadamente los utilizan como mecanismos de protección, si las tropas se abstienen de actuar, el resultado previsible consistirá en que aumenten los secuestros de quienes requieren especial protección. Infantes y adolescentes son víctimas, no criminales. Pero, si actúan, puede suceder que mueran inocentes. Es lo que en lenguaje castrense se denomina “daños colaterales”. ¿Será posible una tercera vía?
En un país imaginario, un grupo terrorista coloca una bomba de tiempo en la presa de una hidroeléctrica; se sabe que la energía liberada por su estallido provocará miles de muertos, entre ellos muchos niños. La policía captura a uno de los delincuentes, quien se niega a suministrar la información para desactivarla. El primer ministro, abrumado por la inminencia de la tragedia, pregunta qué puede hacerse.
Le dicen que interrogue al detenido con técnicas que dobleguen su voluntad para hacerlo confesar inyectándole una droga de “la verdad”; de lo contrario, el apocalipsis será inevitable. De nuevo indaga: ¿es ello posible sin poner en riesgo la vida e integridad del prisionero? La respuesta es afirmativa.
Vira entonces hacia su consejero legal, quien le recita lo siguiente: que la “Convención Interamericana para prevenir y sancionar la tortura” cierra el camino; “se entenderá también como tortura la aplicación sobre una persona de métodos tendientes a anular la personalidad de la víctima o a disminuir su capacidad física o mental, aunque no causen dolor físico o angustia psíquica”. La perplejidad de ese mandatario hipotético sube de punto cuando le advierten que la solución jurídica para evitar ese apocalipsis sería diferente si los terroristas fueran sorprendidos cuando realizan la instalación de la bomba, caso en el cual la ley autoriza causarles la muerte, si fuere necesario.
En síntesis, la normativa jurídica, leída al pie de la letra, condena a ese angustiado líder a la inmovilidad. Al enfrentar el dilema entre dos males, el de torturar a un individuo, así no se ponga en riesgo su vida ni se le cause sufrimiento, o permitir que ocurra un genocidio, tiene que escoger la peor opción y cruzarse de brazos, mientras que la avalancha de agua, lodo y piedra que pronto sucederá arrasa con multitud de inocentes. Esta conclusión es inadmisible.
Michael Ignatieff, un distinguido profesor canadiense, ha escrito un libro —El mal menor— que se ocupa de estos problemas. En su opinión, para evitar el mal supremo, por ejemplo, la destrucción de una sociedad democrática o la muerte de multitud de inocentes, es legítimo supeditar ciertos derechos individuales en aras del bien común, siempre que esas acciones sean recurso de última instancia y se garantice control posterior, tanto político como judicial.
Creo que vale la pena discutir con serenidad este tema, tal como lo pidió el presidente el domingo. Quizás seamos capaces de encontrar una solución intermedia que permita actuar, bajo condiciones severas y realistas, a nuestro estamento armado en ciertas situaciones complejas, tales como las muertes no intencionales de menores de edad.
2. Exhibición de cadáveres. Muchos con beneplácito (otros con horror) hemos visto a nuestro presidente dirigirse al país teniendo enfrente unas bolsas que contienen los cadáveres de unos delincuentes recién abatidos. Esta manera de proceder carece de antecedentes en nuestro país y en otros países civilizados, porque viola el principio de sacralidad de la muerte que todas las religiones reconocen. La muerte a todos nos iguala, no importa qué hayamos hecho en vida; el respeto al cuerpo que habitamos es la postrera dignidad que todos merecemos.
El derecho internacional humanitario, los tratados sobre derechos humanos y el Código Penal prohíben exhibir cadáveres como trofeos o símbolos de victoria y manipularlos para fines políticos o comunicacionales. Que es exactamente lo que nuestro presidente —un católico ferviente— realizó hace poco. Le recuerdo que Jesucristo, aunque fue ejecutado como un criminal, fue amortajado y enterrado conforme al rito judío.
3. Derechos humanos de los delincuentes. Lo he escrito con anterioridad, pero, por su importancia suma, lo repito. La guerra es una tragedia que nos acompañará hasta el fin de los siglos. Moderar sus trágicos efectos fue el propósito del derecho internacional moderno desde sus albores en el siglo XV.
Francisco de Vitoria, uno de sus primeros exponentes, sostenía que la guerra, aun cuando se declare justa, debe someterse a límites morales y jurídicos que preserven la humanidad del enemigo. Afirmó que todos los pueblos comparten una misma dignidad natural y que, por tanto, la fuerza nunca autoriza la crueldad. Aun en la guerra, la humanidad no se suspende, sino que se vuelve más exigente. No obstante, reconoce que, como en ella se persigue vencer al enemigo, es legítimo darle muerte en el fragor del combate. De ahí la importancia de tener claro en qué consiste la guerra y cuáles son los medios prohibidos y cuáles los lícitos.
Trump considera que las actividades derivadas de la producción y comercialización de narcóticos son actos terroristas que ocurren en medio de una guerra; de ahí concluye que se puede matar sin fórmula de juicio a quienes se supone que transportan drogas por los mares adyacentes a Colombia. La academia jurídica, tanto en Estados Unidos como aquí, rechaza de plano esta postura. Me parece que el Gobierno nos debe una explicación rigurosa sobre su adhesión al Escudo de las Américas, pues allí se estipula que narcotráfico y terrorismo son una y la misma cosa.
Briznas poéticas. En el siglo VI a. C., Safo de Lesbos escribió este breve poema que parece trivial. No lo es. Es el más antiguo poema lírico que conocemos. Como las mujeres carecían de la experiencia de la guerra, no podían narrar epopeyas como lo hizo Homero en la Ilíada. Su única alternativa era escribir sobre el amor:
“Dicen algunos que nada es más hermoso sobre la negra tierra
que un escuadrón de jinetes, o de infantes o de naves.
Pero yo digo que lo más bello es la persona amada”.
