La razón de ser del Banco de la República es mantener el poder adquisitivo de los colombianos, es decir, evitar que los precios de los productos y servicios se disparen. Esta función protege a los ciudadanos de que el Estado desvalorice su patrimonio mediante la política monetaria. Sin embargo, la administración Petro ha puesto en riesgo esa protección al impulsar decisiones económicas de corte populista que han tensionado la estabilidad macroeconómica y forzado al banco central a actuar como bombero de una política fiscal imprudente.
El problema central es que, cuando el Ejecutivo adopta medidas de corto plazo para ganar adhesión política —a costa de la disciplina fiscal—, el Banco de la República termina asumiendo el costo técnico de corregir los desbalances. El aumento del salario mínimo en 23 % decretado por el Gobierno es un ejemplo paradigmático: lejos de ser una medida aislada de justicia social, se convirtió en un detonante inflacionario al elevar los costos laborales de manera abrupta. El resultado fue un encarecimiento generalizado de bienes y servicios expuestos a mano de obra, presionando al alza los precios y obligando al banco a subir las tasas de interés para contener la inflación. Es decir, la entidad técnica tuvo que corregir las consecuencias de una decisión política que, en muchos sectores, no estuvo acompañada de medidas compensatorias para aumentar productividad o financiar el ajuste.
La narrativa oficial que intenta responsabilizar al Banco de la República por el alza de las tasas es una maniobra política que busca desviar la atención. Es el gobierno el que, con políticas expansivas y gasto sin la debida contrapartida productiva, genera presiones inflacionarias. Culpar al banco por cumplir su mandato técnico es una estrategia para erosionar la autonomía institucional y, a la larga, debilitar los mecanismos de control que protegen el patrimonio de los colombianos. Cuando se politiza la crítica al banco central, se abre la puerta a que futuras administraciones presionen por decisiones que sacrifiquen la estabilidad monetaria en aras de beneficios electorales inmediatos.
Los ejemplos regionales son aleccionadores. En Venezuela, la subordinación del banco central al poder político derivó en emisión monetaria masiva y en una hiperinflación que destruyó el ahorro y la capacidad adquisitiva de la población. En Argentina, la presión recurrente sobre el banco central para financiar déficits y sostener gasto público ha generado episodios de inflación crónica que erosionan salarios y fomentan la dolarización de los ahorros. Colombia no está exenta de ese riesgo si se normaliza la práctica de responsabilizar a las autoridades técnicas por problemas originados en decisiones políticas.
La consecuencia social de estas dinámicas es clara: con inflaciones elevadas, las familias pierden el hábito de ahorro y buscan refugio en monedas extranjeras o activos reales. Si el Gobierno responde restringiendo el acceso a divisas o imponiendo controles, se generan mercados paralelos y distorsiones que agravan la crisis. Por eso la independencia del Banco de la República no es un lujo institucional, sino la última línea de defensa contra la desvalorización del patrimonio ciudadano.
La administración Petro, en su afán por consolidar una narrativa política, ha mostrado una preocupante tendencia a politizar las instituciones técnicas y a priorizar medidas de corto plazo sin un plan claro de sostenibilidad fiscal y productiva. Esa combinación —populismo salarial, expansión del gasto y confrontación con el banco central— es la receta para trasladar costos a los hogares y a la inversión privada. La crítica no es ideológica, es una advertencia técnica sobre las consecuencias previsibles de decisiones que ignoran la necesidad de equilibrio entre política social y responsabilidad macroeconómica.
Si el país quiere evitar los errores que han llevado a crisis en la región, es imprescindible que el próximo Gobierno— ya que este afortunadamente llega a su fin— asuma su responsabilidad fiscal, deje de instrumentalizar a las instituciones técnicas y diseñe políticas que aumenten la productividad y la inversión. Mientras tanto, el Banco de la República seguirá cumpliendo su mandato, elevando tasas cuando sea necesario para proteger el poder adquisitivo y enfrentando la incomodidad política que ello genera. Culpar a la entidad por las consecuencias de decisiones gubernamentales es una estrategia peligrosa que, de prosperar, terminará por debilitar las barreras institucionales que sostienen la estabilidad económica de Colombia.
